
Vista de sala. Exposición «Mitologías modernas: Ouka Leele & Co»
Mitologías modernas: la mirada histórica que la Movida necesitaba
Por M.Espinosa
La Sala Alcalá 31 de Madrid presenta la exposición «Mitologías modernas: Ouka Leele & Co.» hasta el 18 de octubre de 2026, y se perfila como uno de los eventos más destacados del verano en la capital. Bajo la dirección de Julio Pérez Manzanares, esta muestra explora el papel de la mitología en el arte madrileño de los años ochenta, presentando más de un centenar de obras de artistas como Ouka Leele, El Hortelano, Ceesepe, Carlos Franco, Sigfrido Martín Begué, Guillermo Pérez Villalta, Pablo Sycet, los Costus, Miluca Sanz y Patricia Gadea, entre otros. Pero, a diferencia de ser una simple antología de la Movida —algo que ya se ha hecho en múltiples ocasiones—, la exposición se propone como un análisis histórico de un periodo que, curiosamente, ha sido más mitificado que examinado con la perspectiva adecuada. Treinta y nueve años después de que Ouka Leele detuviera el tráfico en la Plaza de Cibeles para representar el mito de Atalanta e Hipómenes, esta muestra ofrece una nueva interpretación de aquella explosión creativa, finalmente liberada de las nostalgias y etiquetas que han complicado su entendimiento durante tanto tiempo.
El aspecto más distintivo de Mitologías modernas, es sin duda, su enfoque generacional. Pérez Manzanares, quien nació en 1983, no vivió esos años, y esa particularidad se convierte en su principal herramienta para abordar la curaduría. “Es la primera exposición sobre esa época que no está realizada por quienes la vivieron, lo que me permitió, y me debía permitir como historiador del arte, observar las obras como si fueran piezas de un contexto histórico”, comenta el comisario. Su meta es distanciarse de “ciertas mitologías personales o generacionales” y de las etiquetas que, hoy en día, “no está claro si son culturales, sociológicas o turísticas, como la famosa Movida”. Esta declaración de intenciones marca un quiebre con enfoques anteriores, que a menudo se habían quedado atrapados en una narrativa donde la autobiografía y la nostalgia ocupaban un lugar central.

Ouka Leele. Peluqueria (maquinilla), 1979.Colección de María Rosenfeldt, heredera del legado de Ouka Leele © Ouka Leele, VEGAP, Madrid 2026
La muestra ofrece una nueva forma de entender este período artístico, utilizando los relatos clásicos como una herramienta para interpretar un tiempo de gran transformación cultural. Pérez Manzanares no ha intentado presentar una visión completa del arte de los años ochenta, ya que es consciente de que hay muchos artistas importantes que no están representados en la exposición. Su objetivo es más específico: establecer conexiones entre los mitos y las nuevas formas de creación que emergieron en esa escena artística, investigando cómo los artistas de esa generación encontraron en los mitos un lenguaje para expresar su realidad.
La exposición comienza con «Rapelle toi, Barbara!» (1987), la icónica intervención de Ouka Leele en la fuente de Cibeles para representar el mito de Atalanta e Hipómenes, inspirándose en la obra de Guido Reni que había visto en el Museo del Prado. La fotografía resultante, coloreada a mano, se convirtió en un símbolo de toda una generación y ahora sirve como el punto de partida de un recorrido que explora la intersección entre fotografía, pintura y cultura visual, así como el renovado interés por los relatos mitológicos en un momento de profunda transformación cultural.

Ouka Leele. Rapelle-toi, Bárbara, 1987Museo de Arte Contemporáneo de Madrid © Ouka Leele, VEGAP, Madrid 2026.
Se destaca la museografía de la exposición que envuelve al visitante desde el primer instante. Al entrar, unas esfinges de Miluca Sanz dan la bienvenida, invitando a los asistentes a atravesar un túnel rosa que los lleva a una columnata circular, exactamente del tamaño de la fuente de Cibeles. En este espacio central, cinco televisores de tubo catódico proyectan las entrevistas que Paloma Chamorro realizó en La edad de oro a Ouka Leele, Ceesepe, Carlos Franco, El Hortelano y Sigfrido Martín Begué. Esta puesta en escena transforma la sala en un auténtico escenario teatral, resaltando la dimensión performativa del arte de aquellos años y sumergiendo al espectador en una experiencia que es tanto visual como documental.
La figura de Ouka Leele ocupa un lugar destacado en la muestra. Pérez Manzanares señala que, aunque la fotógrafa ha trabajado durante muchos años, “su imagen y la creación de su iconografía personal y de su estilo parecen haber quedado atadas a un momento”, algo que “en ocasiones ha jugado en contra de toda esta generación, vinculada a ese instante y a una etiqueta bastante difusa”. La exposición busca mostrar que detrás del trabajo de la fotógrafa hay un profundo esfuerzo intelectual, y no solo una cuestión de estar en el lugar correcto en el momento adecuado.
Ouka Leele se ha rodeado de pintores en lugar de otros fotógrafos de su generación, y esta decisión no es casual. Ella siempre ha sentido una fuerte vocación por la pintura, y su técnica, tanto en la composición como en el resultado final, evoca las obras clásicas. Esta elección curatorial resalta la naturaleza híbrida de su trabajo y lo coloca en un diálogo enriquecedor con la historia del arte, en vez de limitarlo a los confines de la fotografía documental.

Carlos Franco. Casa Panadería. Colección de Carlos Franco © Carlos Franco, VEGAP, Madrid 2026
Entre los artistas que acompañan a Ouka Leele en esta travesía, la obra de Carlos Franco brilla con luz propia. Parte de la Nueva Figuración Madrileña de los años setenta, Franco ha creado un lenguaje visual lleno de simbolismo, inspirado en la mitología clásica y el inconsciente. Su estilo se caracteriza por la yuxtaposición de imágenes y una exuberante paleta de colores que rinde homenaje a la rica tradición pictórica.
La presencia de Sigfrido Martín Begué en la exposición añade una dimensión única. Con formación en arquitectura, además de ser pintor y diseñador, su trayectoria artística se remonta a los inicios de la Movida madrileña. Su obra pictórica se mueve en el ámbito de la figuración, repleta de referencias a la arquitectura, la mitología clásica y el mundo onírico, donde se pueden encontrar paisajes habitados por seres fantásticos.
También se sintió atraído por el manierismo y la mitología, incorporándolos en sus creaciones y estableciendo un diálogo con la tradición que va más allá de la simple imitación; se trata de una reinterpretación y actualización. Como él mismo ha señalado, su obra tiene un carácter ilusionista, donde los elementos mitológicos se convierten en puntos de fuga que permiten múltiples interpretaciones.

Sigfrido Martín Begué. La luna. El hijo pródigo, 1981.Colección Massimo Caggiano – Roma. © Sigfrido Martín Begué, VEGAP, Madrid 2026
Guillermo Pérez Villalta es otra figura fundamental en esta constelación artística. Aunque se formó como arquitecto, su dedicación principal ha sido la pintura, y sus inicios artísticos están ligados al grupo de la Nueva Figuración Madrileña en los años setenta. Los temas de mitología clásica que aparecen en su obra pueden integrarse en una reflexión más amplia sobre la tradición y su continuidad en el arte contemporáneo.
El dúo de Enrique Naya (1953-1989) y Juan Carrero (1953-1989), conocido como los Costus, se destaca en la exposición por su enfoque iconoclasta y transgresor en la recuperación de la mitología. Su serie El Valle de los Caídos (1980-1987), que consta de veinticinco pinturas, es quizás el ejemplo más audaz de cómo los artistas de su generación emplearon el lenguaje de la tradición —en este caso, la tradición religiosa y monumental del franquismo— para desafiar sus significados. En esta serie, los Costus transformaron el monumento más emblemático de la dictadura en un imaginario lisérgico y barroco. Bibiana Fernández es representada como la Virgen del Carmen, Alaska se convierte en La Piedad y Tino Casal aparece como el mismísimo. Lo que podría parecer una simple provocación es, en realidad, una reflexión profunda sobre la memoria histórica y la posibilidad de resignificar los símbolos del pasado. Como ha señalado el comisario Pérez Manzanares, los propios artistas se cuestionaban en 1981, cuando comenzaron a trabajar en la serie, “qué hacer con Cuelgamuros”.
Patricia Gadea fue una de las pintoras más brillantes de su generación y una figura destacada de la postmodernidad madrileña a finales de los años ochenta. Su pintura emergió en un momento de experimentación y libertades, impulsada por la Movida madrileña y el ambiente de euforia que trajo la Transición.
Pablo Sycet se destaca como uno de los pintores andaluces más emblemáticos de la generación de los años ochenta. Su carrera artística comenzó a tomar forma a principios de esa década, cuando se aventuró hacia la abstracción en un momento en que la figuración estaba en pleno apogeo. Aunque a primera vista esta trayectoria podría parecer contradictoria con el espíritu de la exposición, en realidad añade una dimensión esencial: la de aquellos artistas que, a pesar de estar rodeados por un contexto que celebraba la figuración, se atrevieron a explorar nuevas formas de expresión.

El Hortelano. Homenaje a Van Gogh, 1983 @Blanca Morera. Colección particular herederos de El Hortelano. Foto de Guillermo Gumiel. ©El Hortelano, VEGAP, Madrid 2026
La inclusión de Ceesepe (Carlos Sánchez Pérez) y El Hortelano (José Alfonso Morera Ortiz) en la exposición completa el panorama de diferentes enfoques hacia el mito. Ceesepe, con su fuerte conexión al mundo del cómic underground y los fanzines, llevó a la pintura un universo lleno de referencias contraculturales, donde los mitos clásicos se reinterpretan a través de la estética de la viñeta y la cultura popular. Por otro lado, El Hortelano ofreció una perspectiva más lírica y romántica, donde la naturaleza y la introspección se convierten en el telón de fondo de una mitología personal.
Ambos artistas, junto a Ouka Leele, formaron un grupo de amigos que compartía una sensibilidad similar. Sin embargo, al observar sus obras desde la perspectiva histórica que ofrece la exposición, se revelan diferencias y matices que la etiqueta de la Movida había tendido a difuminar. «Mitologías modernas» se inscribe en un debate más amplio sobre la llamada Cultura de la Transición, un tema que ha sido objeto de diversas interpretaciones. No obstante, la exposición elude la confrontación y opta por un enfoque intermedio: analizar las obras en sí mismas, explorando su densidad simbólica y su capacidad para dialogar con una tradición que las trasciende. “Los mitos se transforman y cuentan otras historias, o cuentan las mismas de manera distinta”. En este sentido, la muestra no se asoma al pasado con nostalgia, sino con la firme creencia de que los mitos, cuando se narran adecuadamente, siguen siendo una herramienta poderosa para imaginar el futuro.
Al reunir a un grupo tan diverso de artistas —desde la teatralidad pictórica de Ouka Leele hasta la rica simbología de Carlos Franco, pasando por el ilusionismo arquitectónico de Sigfrido Martín Begué, la iconoclastia de los Costus y la crítica social de Patricia Gadea—, la exposición pone de manifiesto que la recuperación del mito en los años ochenta no fue un fenómeno homogéneo, sino un proceso plural y complejo. Cada artista encontró en los relatos clásicos un lenguaje para hablar de su tiempo, y al hacerlo, no solo interpretaron su presente, sino que nos dejaron un repertorio de imágenes que siguen resonando en nosotros décadas después.

