El arte de hacer sonar la respiración

Por Carlos Jiménez

A fuerza de saberlo olvidamos que solo puede cantar comme il faut quien domine el arte de la respiración. Por lo que es de agradecer al arte sonoro que nos haya des- cubierto esta verdad irreductible, mediante obras que, paradójicamente, en vez de cantar suenan.  Obras que deconstruyen el canto si se quiere, en las que la respiración se convierte en aliento entrecortado, en interjección, en lamento, en susurro o en cualquiera de las otras modalidades posibles de hacer sonar la respiración. Así sucede en Espejo en cal, la impresionante instalación sonora que Carlos Monleón expone actualmente en la sede de la colección OTR de Madrid. Aclaro que resulta siempre insuficiente referirse a una instalación en términos de “exposición”, porque todas – y en especial en esta de Monleón – lo que ofrecen es una experiencia inmersiva que subraya que la visión y la audición son inseparables del resto de actividades del cuerpo.

En Espejo en cal la oscuridad nos obliga a perder de vista el propio cuerpo y a centrar la mirada en las partes que la integran iluminadas por los chorros de luz que desgarran la oscuridad, mientras un flujo de sonidos ininteligibles nos va invadiendo por igual.  Vemos y escuchamos sin ver nuestro cuerpo, por lo que su desplazamiento por el recinto a oscuras se convierte en incierto, en problemático, en suma: en digno de atención. La atención que no habitualmente no solemos prestarle porque la automatización propia de los hábitos y las rutinas nos permiten pasar el cuerpo por alto. Tenemos un cuerpo ¡qué duda cabe!   Él está siempre con nosotros y a nuestra disposición, aunque no sepamos en realidad qué es, de qué está compuesto, como funcionan y se interactúan entre sí sus partes. Como tampoco sabemos por qué deja de funcionar. La conciencia del cuerpo es conciencia de un agujero negro: conciencia de lo que entra y sale del mismo y poco más.  Solo el dolor nos obliga a romper esa indiferencia y prestar atención a esa interioridad que funciona siempre en la oscuridad, convencido de que solo un agente externo del conocimiento puede aclárala. Si al siglo XX lo marcó el descubrimiento freudiano del inconsciente, bien podría decirse que al siglo XXI habría que caracterizarlo como el siglo del descubrimiento de cuán inconsciente somos de nuestro propio cuerpo. Es el otro inconsciente.

El libro Neurociencia del cuerpo de Nazareth Castellanos es un compendio de las investigaciones realizadas hasta la fecha que han permitido este des- descubrimiento. Y Espejo en cal es un aporte al arte de hacer sonar la respiración que resulta congruente con dicho des-cubrimiento.  O por lo menos con la invitación de la propia Castellanos a reconocer a la respiración un estatuto artístico distinto al otorgado habitualmente al canto.  El subtítulo de su libro, “Como el organismo esculpe el cuerpo”, es una paráfrasis de una sentencia de Ramón y Cajal, “todo hombre puede ser escultor de su propio cerebro”. Que, dada su profesión, cabría interpretar como una invitación a remodelar el cerebro por medio del aprendizaje y del conocimiento científico.

Castellanos, en cambio, y en el pasaje “Respiración y memoria” de su obra, interpreta dicho esculpido en clave musical. “La respiración – afirma – forma parte de la orquesta de la experiencia, debe sonar con ella”. Y cita a continuación el poema Methesis de Eros de Clara Janés: “Los órganos de carne/emiten hondos sones/que se doblan y elevan como un junco”.  En ambas afirmaciones está implícito el acuerdo de ambas autoras con la tesis de Boecio, derivada de Pitágoras, de que existe una música callada, una música inaudible, que une al cosmos y al cuerpo humano con el canto y la música instrumental, donde dicha música se hace audible. 

La instalación sonora Espejo de cal encaja en esta perspectiva. Tanto por hacer arte haciendo sonar la respiración- como ya dije. Como por el hecho de que cada una de las dos partes que la componen tienen como protagonista una copia en resina sintética del conjunto de labios, cavidad bucal y esófago a escaneados en el momento de emitir un sonido. La imagen potente de las interacciones normalmente ocultas entre el cuerpo, la respiración y el sonido. Aquí obra sin embargo una diferencia crucial con la concepción que Boecio defiende de la música y la puesta en práctica por Monleón.  Para Boecio la música, en sus tres modalidades, es la puesta en obra de una armonía universal, cuya esencia es matemática. Aritmética, para ser más precisos.  El número es para Boecio la esencia del sonido.

Para Monleón la música también es matemáticas. Solo que en las matemáticas a las recurre no hay cifras sino códigos binarios, no hay adiciones y sustracciones sino el cálculo de probabilidades. En suma: suyo es lenguaje matemático del ordenador. Que opera en un universo en el que la armonía es una posibilidad y nunca una certeza, como en su obra no hay canto sino sonido.

El espejo de cal. Instalación multimedia Carlos Monleón, expuesta en el espacio OTR de Madrid. 27 de febrero. 6 de mayo.

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