Fernando Castro

Fabulaciones micro-museales en el instante del peligro.

Aurora Fernández Polanco y Pablo Martínez: En busca del pueblo. Cultura material y museos, Ed. Akal, Madrid, 2025. 283 páginas.

Por Fernando Castro Flórez.

Conviene tener presente, una vez más, aquella consideración de Adorno en la que indica que la palabra museal tiene connotaciones desagradables, puesto que describe objetos con los que el observador no tiene ya una relación vital y, acaso, están en proceso de extinción. Hay algo más que un juego fonético o una etimología peregrina que vincula museo con mausoleo. Ese impresionante monumento de la disuasión cultural, cúspide de la joyería política contemporánea, asume el proyecto de exhibir y catalogar cualquier cosa (pensemos en el Guggenheim Bilbao donde sepultaron una escultura de Serra bajo un bazar de motocicletas para recibir, más adelante, con sobredosis de glamour los actos de beatificación artística de Arman), continuando la tradición de aleatoriedad (en el copiar delirante) de Bouvard y Pécuchet que llegaron a la felicidad definitiva, tras la ansiedad taxonómica, en la exaltación que comporta la estadística: “no hay nada más que hechos y fenómenos” o, en parámetros museísticos, cifras de visitantes y presupuestos.  El Museo más que exponer consagra, asumiendo incluso aquello que, “radicalmente”, se le opone. “Entre la profanación (lo trivial) y la sacralización (la vitrina), la diseminación (la vida), y la concentración (la colección), la radicalidad y la promoción, se opera –escribe Regis Debray en su Introducción a la mediología- una especie de movimiento de ida y vuelta en el que la última palabra seguirá siendo la del Medio, que convierte a la anticultura, la cultura y lo escupido en agua bendita. El Museo, vencedor por puntos. The show must go on”.

            Aurora Fernández Polanco y Pablo Martínez han realizado una fascinante deriva (empleo este término con todas evocaciones “situacionistas” que tiene) por los museos “menores” madrileños, teniendo siempre presente esa analogía (malvada y brillante) del museo con el mausoleo. Las conversaciones y paseos de esta brillantísima catedrática y este educador que ha sido capaz de introducir dinámicas diferentes en espacios como el CA2M o el MACBA nos ofrecen recorridos o punctualizaciones (en el sentido barthesiano) de colecciones museísticas heterogéneas, siempre tratando de escapar de la imposición del poder establecido que está “cimentada” en el Museo. Generan, con enorme entusiasmo vital y estilístico, una “indagación proactiva” para discutir lo que muestra y lo que oculta ese tipo de espacios que parecen tener la atmósfera de templos en tiempos descreídos. Lo que hacen es pensar con los museos desde la complicidad, la conversación y el respeto.

            Este libro plantea una “historia desde abajo”, tal y como la que reclamara E.P. Thompson en el referencial ensayo que publicó en 1966 en The Times Literary Suplement. “En realidad –escriben en la introducción de este libro Aurora Fernández Polanco y Pablo Martínez-, pensar los museos “desde abajo” tendría que incluir tanto a la gente corriente en cualquier manifestación de sus formas de vida como sus producciones de “otras” culturas consideradas subalternas, pero también a los artistas “segundones” y, con ellos, las “artes menores” y las copias”. Plantean, por tanto, una suerte de arqueología de la modernidad a contrapelo en la que es fácil encontrar la “influencia” benjaminiana. También hablan de la necesidad de repensar las instituciones museísticas teniendo en cuenta la crisis ecosocial, la tensión entre progreso y desarrollo en el moderno Estado español, las dinámicas de la práctica curatorial y los saberes museológicos, las epistemologías feministas y la crítica decolonial.

En la primera parte del libro formulan una perspectiva crítica más que una “metodología” (un término erosionado por las inercias academicistas) en la que subrayan el interés que tienen no tanto en las “temáticas” (la idealización propia del devenir histórico-estético) cuanto por la materialidad artística. Ese “fervor por lo concreto” o lo “pequeño” (un término que asumen a partir de planteamientos de la historiadora María Rosón) podría ponerse en relación con la reivindicación de la “literatura menor” planteada por Deleuze y Guattari en su brillantísima aproximación a Kafka.

La búsqueda del “pueblo” (recordando aquellos “pueblos expuestos” que investigara Georges Didi-Huberman, una referencia central para estas investigadoras) a través de los museos madrileños, tal y como confiesan, les llevó a situaciones “tremendamente incómodas” como, por ejemplo, en la visita al Museo de América o el de Antropología. El debate sobre la descolonización de los museos, tan distorsionado o bloqueado en nuestro país, adquiere un tono estupendo en las páginas en las que revisan las aportaciones de Clementine Déliss en El museo metabólico (Ed. Caniche, Bilbao, 2023) o Françoise Vergès en Programa de desorden absoluto. Descolonizar el museo (Ed. Akal, Madrid, 2024). Como acertadamente apuntan, los museos occidentales no han sido meros receptores del expolio colonial, sino agentes fundamentales para su implementación. Añadirán que si la historia del museo no puede desentenderse de la conformación colonial del capital-mundo, “tampoco puede obviar su papel en la moderna configuración de la relación entre naturaleza y cultura, partícipe también del extractivismo colonial”. El Museo es cómplice y artífice decisivo de la cultura fósil, en el sentido establecido por las investigaciones de Jaime Vindel.

Aurora Fernández Polanco y Pablo Martínez dan por sentado que el museo, tal y como estableciera Carol Duncan, genera “rituales de civilización”; espacio para ver y ser visto, ámbito de “capitalización cultural” (valga esta alusión a Pierre Bourdieu), el museo es, sin ningún género de duda, un dispositivo disciplinario que funciona coordinado con el panoptismo que Foucault describiera sistemáticamente en Vigilar y castigar. La deriva-crítica de En busca del pueblo es un recorrido por museos “menores”, apartados del foco mediático, algunos con escaso presupuesto, dispositivos que permiten realizar una genealogía diferente de la práctica museística, trenzando multitud de microhistorias en las que hay una querencia teórica de fondo hacia William Morris o la historiadora María Bolaños que en el Museo Nacional de Escultura en Valladolid realizó ejemplares exposiciones en las que reivindicaba la importancia de las copias en la estela del desmantelamiento benjaminiano del “aura”. “La historiografía hegemónica –apuntan Aurora Fernández Polanco y Pablo Martínez- ha encadenado gabinetes de curiosidades, cámaras de maravillas, galerías reales y museos públicos. Sin embargo, desde una perspectiva que concibe el museo como institución de la modernidad cultural dependiente de los combustibles fósiles, nos parece acertado interrumpir, con Tony Bennet, esa trayectoria lineal para vincular transversalmente museos con exposiciones universales, pasajes comerciales y escaparates, que desde el siglo XIX conformaron nuevos regímenes de visibilidad y articularon nuevas formas de subjetividad”.

            En la segunda parte del libro (casi 200 páginas que se leen con enorme placer), despliegan propiamente los “casos de estudio” que surgen de los recorridos y conversaciones en los siguientes espacios: Museo de San Isidro, Museo de Historia de Madrid, Museo Nacional del Traje-Centro de Investigación del Patrimonio Etnológico, Museo Nacional del Romanticismo, Museo de la Empresa Municipal de Transportes, Museo del Ferrocarril, Museo Nacional de Artes Decorativas, Museo de Artes y Tradiciones Populares, Museo Sorolla, Museo Cerralbo, Casa-Museo de Lope de Vega, Museo Lázaro Galdiano, Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Museo Nacional de Ciencias Naturales, Museo de América, Museo Naval, Museo del Aire y del Espacio, Museo Nacional de Antropología, Museo Geominero, Museo de los Bomberos, Museo de Escultura al Aire Libre, Museo Casa de la Moneda y La Imprenta-Artes del Libro. Son muchísimas las historias y los hilos sueltos de toda esta confabulación, imposible o innecesario resumirlas o parafrasearlas. Me interesa, sin embargo, subrayar la atención que prestan al último Museo del recorrido de este libro, la Imprenta Municipal, que no es, en ningún sentido, un “mausoleo” sino un espacio de trabajo, esto es, un museo-fábrica que mantiene vivas las técnicas editoriales. “¿Qué pasaría –preguntan con pertinencia y sagacidad Aurora Fernández Polanco y Pablo Martínez- si los museos en vez de contener solamente objetos para la contemplación se encargasen de mantener vivas ciertas memorias? ¿Y si en vez de conservar archivos de la memoria histórica se empeñasen en activarla, traerla continuamente al presente?”. Sin duda, tendrían pertinencia aquí las consideraciones de James Clifford del museo como zona de contacto, frente a las sublimaciones o fosilizaciones expositivo-archivísticas que son hegemónicas.

En el capítulo dedicado a la recreación “auténtico-teatral” de la Casa-Museo de Lope de Vega, indican que consideran absolutamente importante el artificio y añaden que nunca les ha interesado pensar las cosas “tal como fueron”, “sino que siempre viajamos al pasado con las preguntas del presente, conscientes de este instante de peligro en el que nos encontramos”. Aluden aquí, evidentemente, a la tarea del historiador materialista que, en el instante del peligro, tal y como advirtiera Benjamin, tiene que extraer una “imagen dialéctica”. En nuestra desquiciada época de tecnofeudalismo (expresión propuesta hace años por Varoufakis), todavía podemos aprender muchas cosas de los “mausoleos museales”. Los museos, tal y como precisan estas investigadoras, son espacios “tan problemáticos como potentes; contienen tanta disciplina como posibilidades de transformación”. Acaso, en esos ámbitos de “sublimación”, pueda brotar la “indocilidad reflexiva” que vinculara Foucault con la Ilustración y la crítica, pero también es crucial propiciar una gramática de los afectos y los pequeños gestos.

            En “el instante del peligro”, gracias a este libro que comienza citando a Bertolt Brecht, tenemos que construir mapas cognitivos (esa propuesta también en clave brechtiana que Fredric Jameson esbozó en las páginas finales de su capital ensayo de 1984 sobre el posmodernismo y la lógica cultural del capitalismo tardío) e incluso desplegar pedagogías contra-hegemónicas. No es casual que Aurora Fernández Polanco y Pablo Martínez reconsideren el papel de la Institución Libre de Enseñanza y el Museo Pedagógico Nacional (fundado en 1882) y, por supuesto, la crucial figura de Manuel Bartolomé Cossio, citanto también las reproducciones del “Museo ambulante” que formó parte del proyecto educativo del Patronato de las Misiones Pedagógicas.

La tarea que esbozan de forma conclusiva es la de replantear museos que no estén volcados únicamente a la vorágine turística, sino atentos a lo que llaman la complejidad del mundo actual: “la necesaria provincialización de Europa, el imprescindible cuestionamiento de la división disciplinar, la mutación cultural hacia formas de vida menos petrodependientes y tan austeras como justas. Museos donde se abren las fisuras que dejan entrar a los pueblos y que invitan por su modestia a ser intervenidos por las comunidades activas que los rodean. Figuritas, aperos, trajes, fósiles y hojas volantes que construyen un mundo desde abajo, suave y arraigado. Donde los pueblos salgan a nuestro encuentro, en vez de hallarse escondidos, a veces sometidos, en otras desmotivados”. Este libro hace que nos motivemos, haciendo visible la fuerza (política y crítica) de la amistad, mostrando el rendimiento experiencial de pensar con imágenes. Estas investigadoras citan, oportunamente, a la pensadora belga Vinciane Despret para quien “fabular no es en absoluto romper con la realidad, sino que es percibir, intensificar, volver perceptibles detalles insignificantes, posibilidades que no se han visto. Y darles una oportunidad”. En el epílogo de este apasionante libro, advierten que “es necesario atender a la potencia (histórica y política) de los rastros materiales del pasado y tener el coraje de realizar con ellos (entre ellos) nuestros propios montajes críticos y así reescribir los relatos de autoridad heredados”. Apostillan que es fundamental evitar tanto el didactismo ideológico como la nostalgia reaccionaria, intentando activar lo popular, posicionándose de forma crítica, pero también con “sentido del humor”. Demuestran, en cada página, el enorme placer que proporciona pasear, en una flanerie plebeya, por los museos, despojándose de inercias historicistas y retóricas estetizantes. La defensa lúcida y lúdica que hacen de “los espacios pequeños, de las cosas menores, de los cuidados y trabajos invisibles” es un ejemplo extraordinario de que se pueden contar la cosas (fabular, en definitiva) de otras maneras. La última frase, como todas las de este caleidoscópico texto a cuatro manos (en realidad, con muchas voces entretejidas de personas que han acompañado y participado en la conversación en los diferentes museos visitados), da mucho que pensar: “No hay museos pequeños ni objetos irrelevantes cuando la mirada está entrenada para resistir los olvidos programados”. Cuando parece que habitamos en el país de los lotófagos, (re)activar la memoria, pensar de otras maneras con-y-en los museos supone, vuelvo de nuevo a Benjamin que a través del Angelus Novus contempló ese progreso que es una catástrofe sin fin, “apoderarse de un recuerdo que relampaguea en el instante de un peligro”. Ahí está la tarea (crítica y política) de articular el pasado históricamente

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