Rafa

Micrologías domésticas: una antropología de la vida íntima

Alejandro Pérez Paredes. Bedroom Safari. Una antropología de la vida cotidiana.

La Caja Books. 200 páginas

Por Rafael López Borrego

Este libro, escrito por el joven Alejandro Pérez-Paredes, muestra en la lectura de sus páginas una oda a la vida cotidiana, un análisis filosófico y social de la rutina, de los espacios interiores, de aquello que no construye la historia porque no altera el devenir diario, pero donde cada pequeño detalle cuenta y, sin esos detalles sin importancia, algo se habría alterado.

Podríamos dividir el libro en diferentes temáticas que abren un amplio abanico de posibilidades de análisis. Comencemos por los conceptos filosóficos como la palabra oikeiosis que remite a la familiarización que sentimos con nosotros mismos, indudablemente remite al hogar porque es allí donde podemos entrar en contacto con el yo interior, sus necesidades y sus anhelos. Walter Benjamin aludía a las micrologías, esos detalles cotidianos a los que no damos importancia y que “refulgen destellos de los siglos”. La casa de uno remite a lo familiar, con lo que el término unheimlich tiene que aparecer, traducido por nosotros como siniestro, tiene una serie de connotaciones que imposibilitan una correcta comprensión cabal, quedémonos con aquello que era familiar pero que ya no lo es porque ese secreto que trataba de guardarse se ha revelado.

El hogar, esta palabra que alude al fuego, promueve una antropología de los cotidiano, con una serie de rutinas que se repiten a diario, un cuidado repetitivo. La tranquilidad que nos transmite lo cotidiano forma parte de una arquitectura psíquica compleja, lo extraño sería que esa rutina no pudiera repetirse. En ese lugar los objetos de todo tipo que usamos aparecen como extensiones de nosotros mismos, como prótesis que construyen el día a día sin darse importancia.

El ritual forma parte de las prácticas hogareñas, una suerte de magia doméstica que se practica en los espacios íntimos. La liturgia forma parte de la rutina cotidiana. En diferentes lugares de la casa se llevan a cabo ritos de iniciación y consolidación, espacios como el baño, la cocina, el dormitorio, el salón. El baño semeja un santuario, donde se realizan diferentes actividades como la limpieza del cuerpo o la expulsión de aquello que sobra, al mismo tiempo que sirve como lugar de arreglo y de intimidad, tras un pestillo que marca la diferencia entre lo que puede ser visible y lo que no consideramos como tal. El dormitorio será el lugar donde más horas se pasan realizando un acto donde la conciencia se pierde y ni siquiera existe la posibilidad de saber si, una vez dormidos, volveremos a despertar para poder salir de la cama con el pie de costumbre. El dormitorio como lugar de reproducción y descanso, de arreglo y lectura, ropa ordenada y colocada, espacios muertos y final del día.

La dimensión emocional también forma parte de la intimidad del hogar. Allí, en la tranquilidad de las habitaciones es donde realizamos la digestión emocional de aquello que nos sucede fuera, es el tiempo para asimilar las experiencias afectivas. Pero también es un lugar para el duelo, hay gente que hemos perdido y con ellos se ha alejado también una parte de nosotros mismos, vivir el duelo es la única manera de poder superarlo. Habitamos el presente, no en el futuro como muchos se empeñan en hacernos creer, desde ese presente es el lugar donde se puede asimilar el pasado, comprenderlo y aprender de él. El hogar es el lugar de la confesión íntima, donde sale a la luz todo aquello que nos avergüenza.

Los sonidos de la casa tienen también su papel es este elogio de lo cotidiano, desde las canciones de aquellos que se lanzan al estrellato en la ducha de casa, al silencio que no para de irradiar presencia, promoviendo una sensación de solitud que no deprime sino que se desea. El pequeño ruido de cada uno de los objetos que nos rodean, en la cocina, en el baño, en el clic de la lámpara LED del salón o en cada uno de los libros que forman parte de la biblioteca. Junto a todo ello el olfato, perdido en gran parte para el ser humano cuando los homínidos comenzaron a separarse del suelo para elevarse sobre dos patas, nos transporta a un espacio en el que se citan lo primitivo y lo mágico.

Pero esta arquitectura sensorial tan cuidadosamente construida no es eterna. Según las estadísticas no son los españoles los que más cambian de casa a lo largo de su vida, el sentido de pertenencia hace que nos sintamos vinculados a un lugar, donde el arraigo adquiere suma importancia. Aún así, alguna vez hay que realizar alguna mudanza y abandonar ese hogar de rutinas cargado de recuerdos. La mudanza es como un proceso de metamorfosis, de transformación identitaria, una manera de situarse de nuevo en la casilla de salida.

El libro está plagado de referencias culturales, en gran parte a autores clásicos, por ejemplo Platón o Aristóteles sin olvidar las enseñanzas de Heidegger acerca del sujeto o más bien del ser. Culturalmente nosotros los españoles estamos influenciados por los latinos. Los dioses del hogar: lares, manes y penates protegen nuestras casas, al tiempo que la diosa Vesta mantiene vivo el fuego que jamás debía apagarse, al mismo tiempo que protege a la familia, como núcleo principal de nuestra existencia.

Heráclito que estaba un día echando la siesta en su casa recibió la visita de unos forasteros que habían llegado allí admirados por la imagen que se habían formado de este sabio. Pero al llegar se lo encontraron durmiendo, tirado en la cocina de la casa. Al verlos Heráclito les dijo: «pasad, pasad, que aquí también nos esperan los dioses«. Es precisamente en ese lugar de lo íntimo donde se suceden las reflexiones que conforman este libro, allí se ensalza lo cotidiano, esos «detalles sin importancia» que habitualmente desechamos del relato de nuestras vidas. Pérez-Paredes reivindica filosóficamente lo que no nos parece relevante —una crema de calabacín, el ritual de la ducha matutina, el orden de los tarros de especias— como territorio legítimo de indagación estética y antropológica. Su propuesta es radical: tal vez estos gestos microscópicos sean tan fundamentales como esas acciones épicas que nos gusta transmitir a nuestros interlocutores, tal vez en la repetición de estos rituales sagrados que nos tranquilizan con su sempiterno «siempre igual» se juegue algo esencial de lo que significa ser humano en el siglo XXI.

Rafael López Borrego

Rafael López es licenciado en historia del arte por la Universidad de Salamanca y ha trabajado como docente en diferentes centros. También ha sido coordinador de exposiciones y actividades de un centro de arte contemporáneo y dirigió una feria de arte contemporáneo. Sus intereses se centran en el mundo del arte, la estética y el pensamiento contemporáneo. Tiene una canal de YouTube con 40.000 seguidores y miles de visitas mensuales.

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