Foto, L.F.Pérez

Néstor Reencontrado

Por Luis Francisco Pérez

Cuando en 1911 Richard Strauss acabó y estrenó su ópera El Caballero de la Rosa las críticas fueron tan crueles como demoledoras, y casi todas incidían en el mismo argumento: ¿Cómo es posible que después de componer dos geniales gritos de vanguardia musical expresionista, como fueron las óperas Salomé y Electra, el talentoso compositor alemán (eso no se discutía, el talento) haya optado por una decadente vuelta atrás escribiendo una antigualla que parece y es un homenaje – “de dudoso gusto mozartiano”, tal como decían las críticas- a la Viena de María Teresa en el siglo XVIII y a los valses del XIX. La respuesta de Strauss se hizo justamente famosa: «Tenemos muchas edades y no pertenecemos únicamente a un tiempo; quizás hay que ser en cierta forma anacrónico para pensar lo contemporáneo». Pienso que la réplica straussiana puede ser un válido y sugerente punto de partida para comentar la obra de un anacrónico, la de Néstor Martín-Fernández de la Torre (Las Palmas de Gran Canaria, 1887-1938), conocido por el nombre artístico de Néstor, y que comisariada por Juan Vicente Aliaga está visible actualmente en el Reina Sofía con el título de Néstor Reencontrado. De hecho, y el dato es significativo del casi desconocimiento de este artista en la península, nos encontramos ante la primera gran exposición de Néstor en un siglo. Es muy probable que Néstor conociera la inteligente respuesta de Strauss, pues es un compositor del cual el artista canario creó una escenografía para su ópera Salomé. Conocida o no suscribiría perfectamente la inteligente y compleja idea – tan postmoderna, avant la lettre, y muchas décadas antes de que la postmodernidad en artes tuviera mando en plaza durante unos buenos años- de que “hay que ser en cierta forma anacrónico para pensar lo contemporáneo”.

Foto, L.F.Pérez

Llegué a esa conclusión al finalizar el denso y completo recorrido de la muestra que, entre otros muchos aciertos, no es menor el de dar a conocer (o conocerlo mejor) en la Península la obra y vida de un creador tan inclasificable como Néstor. El trabajo creativo de un artista como Néstor es de una transversalidad extrema, y la mejor calificación posible, y por delante de cualquier otra que utilicemos en función de las muchas disciplinas e intereses que motivaron toda su producción, es esencialmente la de ARTISTA (pintor, escenógrafo, muralista, escenógrafo, diseñador…). Toda su obra es transversal -recordemos la segunda acepción que de este adjetivo encontramos en el diccionario de la RAE: “Que se aparta o desvía de la dirección principal o recta”-, es transversal, decimos, al tiempo histórico que le tocó vivir, especialmente con respecto a las conquistas estéticas y formales de las diversas vanguardias que se sucedieron desde los postromanticismos del finales del XIX, pasando por las primeras rupturas estéticas del XX, y finalizando con los diversos desencantos que se manifestaron en el periodo de entreguerras. Es también transversal con respecto a la “obediencia” a determinadas ortodoxias vanguardistas, y sospecho que también sociales y políticas. Y es transversal, básicamente, porque establece una ambigua (la ambigüedad en Néstor es una disciplina creativa, una herramienta de trabajo, una dependencia afectiva y una razón sentimental), una ambigua relación, decimos, con determinados movimientos artísticos con los cuales se cruza en una rara perpendicular con aquellos elementos que más le atraen e interesan de movimientos tales como el simbolismo finisecular, los decadentismos no menos “terminales”, los “prerrafaelismos” de escenografías victorianas, los modernismos figurativos voluptuosos, o los comportamientos vitales cercanos, muy cercanos, a lo que en un añejo ensayo de Luis Antonio de Villena él mismo calificó de “Corsarios de guante amarillo” en referencia al dandismo de los años 20. Néstor es un artista/esponja que lo absorbe todo (de todo lo que le gusta, se entiende).

Foto, L.F.Pérez

La exposición (magníficamente bien montada, y con puntuales “capillas” pintadas con colores de “interior proustiano” que introducen otras voces y otras referencias artísticas que enriquecen sobremanera el argumento principal) está pautada cronológicamente en diferentes apartados temáticos que nos van guiando por las selvas icónicas (en Néstor todo se declina en la exuberancia del plural) que, ante nuestra mirada entre extrañada y alucinada, se van auto presentando. Sin haber leído el texto principal del comisario en el catálogo, estas cartelas temáticas son importantes para una buena y solvente introducción teórica de los diversos periodos existenciales y artísticos de Néstor. Desde sus primeras pinturas en su ciudad natal (posteriormente viajó mucho con largas estancias en Madrid y Barcelona, pero también París y Londres) teniendo como maestro (el dato es importante) a un más que solvente impresionista catalán, Eliseu Meifrén, hasta su producción final, de cierta tristeza melancólica, centrada en la recuperación de determinados registros del folclore canario. Esta parte final, sin la mordiente expresiva y sensual de años precedentes, fue instrumentalizada por el franquismo con el único fin de la promoción turística del archipiélago. Entre el inicio con Meifrén como maestro y la folclórica producción de sus últimos años (murió en 1938 con poco más de 50 años) se despliega en las salas asignadas del Reina Sofía una extraordinaria muestra que es, literalmente, imposible de describir formalmente siquiera sea de una manera “impresionista”. De nada serviría, y le haríamos un mal servicio al artista. Hay que visitarla.

Foto, L.F.Pérez

Hace ya unos cuantos años visité en Las Palmas el Museo Néstor (lleva una década cerrado por ineficacia política e institucional). Fue la primera vez que,mpresencialmente, tuve oportunidad de conocer el inclasificable trabajo de este artista brillantemente anacrónico en su mejor y más noble acepción. Sabía que en el museo se encontraba el retrato del compositor Gustavo Durán (su música y ciclos de canciones merecerían ser más y mejor conocidas), amante de Néstor durante una década. Es más: llegué al conocimiento de Néstor gracias a la información que fui recabando sobre Gustavo Durán, y especialmente gracias a un hermoso poema de Gil de Biedma que trató a Durán en Atenas, donde éste vivía con su mujer norteamericana y las tres hijas que tuvieron. Pues bien, esta magnífica y rara (dicho como elogio) exposición muy bien estudiada y mostrada por Juan Vicente Aliaga se puede resumir en unos versos del poema de Gil de Biedma dedicado a Gustavo Durán, pero que muy bien sirven para ver también en ellos a Néstor:

“Algo de tu pasado, me dijiste

que yo te devolvía.

Horas alegres de los años veinte,

conversaciones, risas

que en tu memoria son la juventud,

la camaradería

-músicos y poetas- de tu generación,

por la guerra esparcida”

Luis Francisco

Luis Francisco Pérez

Crítico y teórico del arte contemporáneo principalmente. Aunque también es comisario de exposiciones. Desde mediados de los ochenta ha escrito y colaborado en y con todas las revistas españolas de arte. .Algunas publicaciones: “Espacios de significado. Ensayos de exposiciones de arte en España, 1983-2003” (Exit Editorial) / “Crítica en el muro. Escritura sobre arte en FB”, (Exit Editorial)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos.
Privacidad