
La escultura, la decapitación y la veladura. Lido Rico
Por Carlos Jiménez
Cabe decir que esta es una exposición de escultura porque, aunque incluya instalaciones, ensamblajes, pinturas e incluso videos y ella misma sea en conjunto una vasta y compleja escenografía, lo que le da coherencia y unidad, lo que resulta la clave de su indudable armonía es la escultura. La escultura que ha elegido al cuerpo humano como matriz, motivo recurrente y centro de gravedad. Tal y como lo hace una cierta tendencia de la escultura española contemporánea que, aunque escasa e incluso intempestiva, cuenta con ejecutores tan sobresalientes como dispares: Antonio López, Juan Muñoz, Marina Núñez, Bernardí Roig, Marina Vargas y acaso Santiago Sierra, si es que damos por buenos los argumentos por los que el jurado de la bienal de Venecia de 1990 otorgó el León de Oro de escultura a la pareja de fotógrafos alemanes Hilla y Bernd Becher.
Pero también cabría decir que esta exposición es una carnicería: la exhibición ordenada de los restos humanos de un descuartizamiento. Y decirlo con el propósito de sacar a la luz un problema conjurado por el término “terribilitá” citado por la comisaria Mirian Huéscar en su breve texto de presentación. El problema de las relaciones soterradas entre lo bello y lo siniestro, entre lo que resulta ser el mejor aspecto del hombre, de la naturaleza, de la idea o de la verdad y lo que no es otra cosa que el miedo extremo generado por la posibilidad de la inminente destrucción de todo aquello que la belleza condensa y exalta. La belleza en esta relación es siempre sublimación.

Así lo afirmaron quienes en 1821 decidieron entronizar en el museo Louvre de Paris la Venus de Milo como el paradigma de la belleza clásica. La belleza (re) definida por los dibujos paradigmáticos de Leonardo y de Vasari del cuerpo humano, tan contrarios en su equilibrio y armonía con dicha escultura que representa a la diosa con el cuerpo de una mujer mutilada, de cuyos brazos solo resta un muñón. Pero no es esto lo que ven, han visto o verán los visitantes del Louvre, como tampoco ven que la Victoria de Samotracia esta decapitada. Ven, o mejor quieren ver, el paradigma de la belleza clásica, su “noble sencillez y su serena grandeza”, tal y como la definió J.J. Winckelmann.
Lo mismo le ocurre al visitante de esta exposición delante de la impactante instalación que le recibe en la entrada, formada por medio centenar de reproducciones de cabezas humanas colgadas de las vigas de una escueta a estructura metálica. No las ven como la constancia de una decapitación masiva. Las ven como las partes legitimas de una obra de arte contemporáneo a la que, además, se puede considerar una encarnación de la “belleza convulsa” acuñada y definida por Andre Breton. En la que las relaciones entre lo bello y lo siniestro se redefinen en términos de la contradicción entre lo “erótico- velado” y lo “explosivo fijo”. El erotismo que vela el deseo, lo enmascara, lo aplaza sine die y lo convierte en un misterio. Y la imagen que resulta explosiva porque hace saltar por el aire los hábitos y las convenciones, provocando un cortocircuito en la mente del espectador. La unión y la disyunción juntas, Eros inseparable de Tánatos, la escultura como instantánea de la inminente destrucción.

La unión de la decapitación y la veladura caracteriza a la mayoría de las piezas de incluidas en esta notable antología. En el gran mural compuesto por centenar largo de cabeza veladas y decapitadas que componen la imagen de una turbulenta multitud, aunque su intención es, según su autor, la de resumir la historia de Murcia reuniendo en una sola imagen las cabezas de las figuras más destacadas de la misma. Igual sucede en la decena de piezas aisladas y relativamente pequeñas que consisten en cabezas enmascaradas, captadas siempre en situaciones difíciles, comprometidas. En el nutrido políptico Los asomados se da un cambio de tercio. De las cabezas pintadas apenas se ven los ojos porque las cabezas mismas están embozadas, para corroborar de otro modo que el erotismo es siempre ocultamiento. Y en un gran circulo en la pared, que semeja el tablero de un reloj, las horas y las manecillas son manos cortadas y al mismo tiempo veladas.
Hay desde luego más piezas, que obedecen a otros motivos y despliegan otros recursos y otros matices. Entre ellas destaco una escultura sedente, hecha de muchas pequeñas piezas idénticas, con un pie desnudo y amputado puesto justo encima de la encrucijada. Nos llama la atención sobre el compromiso del escultor con el cristianismo y más específicamente con el catolicismo. Que si por algo se distingue claramente de las diversas variedades del cristianismo reformado es precisamente por su reivindicación del cuerpo torturado de Jesús. La misa es una representación ritual de su penoso calvario, la sublimación de su cruento sacrificio. El cura oficia sobre un ara y ofrece a los creyentes, con el pan y el vino, el cuerpo y la sangre del redentor.

L´Anima non finita, exposición de Lidó Rico en la sala de exposiciones Alcalá 31 de Madrid.
Comisaria, Mirian Huéscar.


Marina Núñez no puede ser considerada escultora en ningún sentido.