Untitled (candelabro + ferreirinha), 2026 © Arturo Comas.

Sete Feiras: Arturo Comas en Lisboa

Por Alfredo Llopico

Hay objetos que desaparecen dos veces: primero, cuando dejan de servir para aquello para lo que fueron creados; después, cuando dejamos de reconocer en ellos algo digno de ser conservado. Entre ambos momentos se abre un territorio incierto, poblado de restos, utensilios, fragmentos y cosas que han perdido su lugar en el mundo. Es precisamente en ese territorio donde Arturo Comas sitúa su mirada.

El mercado como escenario

En Sete Feiras, en la galeria Nave de Lisboa, del 5 de noviembre al 18 de diciembre de 2026, el artista sevillano dirige su atención hacia siete mercados tradicionales de segunda mano. Los mercadillos del Jueves y Guillena en Sevilla y cinco pequeñas localidades portugueas: Castro Marim, Quelfes, Olhos de Água, Tavira, Sao Bras de Alportel. Espacios provisionales, instalados en calles, plazas y terrenos abiertos, donde los objetos circulan de nuevo y donde cada puesto ordena las cosas a su manera hasta que se recoge. Allí se tocan cosas que nada tenían que ver entre sí; se cruzan historias que desconocemos y afinidades que quizá solo existan durante el tiempo que dura una mirada. Lo que en otro contexto parecería una disposición accidental adquiere, bajo la atención del artista, la condición de un paisaje cultural.

Comas observa estos mercados como escenarios en los que se hacen visibles las relaciones que establecemos con los objetos. Comprar, vender, guardar, desechar o coleccionar son gestos cotidianos que revelan una determinada manera de ordenar el mundo. La mercancía de segunda mano es, en este sentido, una forma de supervivencia: ha perdido parte de su valor original, pero todavía conserva la posibilidad de ser mirada, elegida y reinterpretada. Quizá por eso el mercado resulta un escenario tan fértil para su práctica: allí las cosas todavía no son del todo pasado ni han llegado a ser futuro. Se encuentran en tránsito, suspendidas entre la desaparición y una nueva oportunidad.

Untitled (cabides), 2026 © Arturo Comas.

La transformación del objeto cotidiano cuenta con una historia extensa en el arte moderno y contemporáneo, desde los desplazamientos de Marcel Duchamp hasta la atención de Richard Wentworth a las soluciones improvisadas de la vida diaria, pasando por el trabajo de Carmen Calvo con los restos y las huellas de la experiencia doméstica y las operaciones de Wilfredo Prieto sobre los códigos de percepción y valoración de las cosas. Comas retoma ese campo de investigación desde una perspectiva propia: no le interesa únicamente aquello en lo que un objeto puede convertirse, sino también lo que arrastra consigo y las posibilidades que permanecen latentes cuando su función original se extingue. En Sete Feiras, el objeto encontrado no es solo el punto de partida de una transformación formal; es el rastro de una manera de valorar las cosas que el artista invita a revisar.

Mirar, llevar, desplazar

El proyecto se articula en una secuencia de gestos que van del mercado al estudio y de la fotografía a la escultura. El primero es la observación y el registro fotográfico de aquello que el artista encuentra, pero no adquiere. Las imágenes reúnen lo que despertó interés y se quedó en su puesto: objetos que atraen la atención sin llegar a convertirse en posesión, composiciones efímeras que desaparecerán cuando el mercado se desmonte. Ese registro de lo que se deja atrás plantea una cuestión fundamental: mirar no obliga a llevarse nada, y reconocer algo tampoco implica tener que conservarlo. La fotografía retiene la huella de una relación posible, una memoria de lo que estuvo al alcance de la mano y, sin embargo, permaneció fuera de ella. Permite además aislar una disposición provisional y convertir en imagen una asociación que, fuera de ese encuadre, habría pasado inadvertida. Por eso no es un mero instrumento auxiliar de la escultura, sino un espacio en el que el objeto puede adquirir una presencia propia.

El segundo gesto comienza cuando algunos objetos abandonan el mercado para entrar en el estudio. Allí dejan atrás las relaciones que determinaban su uso y se incorporan a nuevas composiciones escultóricas. Nada en ese proceso busca repararlos para que vuelvan a servir, ni demostrar que las cosas humildes también pueden ser bellas. Comas los combina y altera las condiciones bajo las cuales podían ser comprendidos.

Untitled (cadeiras, moldura e isolador de porcelana), 2026 © Arturo Comas.

La paradoja es que para ello no necesita transformar radicalmente el objeto ni convertirlo en una forma monumental. A veces basta con desplazarlo, asociarlo con otro elemento, alterar su posición o encuadrarlo. La intervención decisiva se produce en la percepción del espectador. Una silla debería servir para sentarse; una percha, para colgar; una caja de vino, para guardar botellas. El objeto cotidiano contiene una especie de instrucción implícita: sabemos para qué sirve, cómo debemos usarlo y qué importancia concederle. Comas la desactiva. Cuando unas perchas se ensamblan hasta parecer otra cosa, o dos sillas se enfrentan con una jícara de porcelana entre ambas bajo un marco vacío, el espectador debe reconstruir la relación entre forma, uso y significado. Reconocemos lo que era, pero ya no sabemos cómo interpretarlo. Y la pérdida de función no implica una pérdida de significado: cuando el uso deja de organizar nuestra percepción, aparecen otras relaciones —formales, espaciales, lingüísticas, humorísticas o directamente absurdas— que antes permanecían ocultas.

El depredador de objetos

De esta secuencia se desprende una figura posible: Arturo Comas como depredador de objetos desechados, pero un depredador singular: su captura es ante todo perceptiva, y cuando se vuelve material no consume la presa sino que la retiene, sustrayéndola del destino de desecho que la esperaba. Detecta lo que la obsolescencia de la vida contemporánea deja en el mercado, lo aísla de su contexto para que deje de ser transparente a la mirada y lo devuelve como un problema abierto. En ese desplazamiento, escultura y fotografía dejan de ser disciplinas claramente delimitadas y se convierten en instrumentos para examinar cómo producimos significado a partir de las cosas. Su práctica cuestiona así las categorías convencionales de escultura, fotografía y objeto encontrado, porque hace difícil establecer dónde termina el objeto cotidiano y dónde empieza la obra de arte.

Untitled (candelabro + ferreirinha) pormenor, 2026 © Arturo Comas.

Lo que el objeto conserva

Los objetos con los que trabaja Comas ya han tenido una vida antes de convertirse en obra, y su capacidad evocadora reside, en parte, en que conservan las huellas de esa existencia anterior: el desgaste, la procedencia, las marcas de uso. Cada uno contiene una historia material, pero también una historia de usos, expectativas y afectos. Sin embargo, esas historias permanecen incompletas. No conocemos a quienes los utilizaron, las circunstancias en las que fueron adquiridos ni las razones por las que terminaron en un mercado. Su procedencia puede suscitar hipótesis, recuerdos y asociaciones, pero no garantiza una interpretación definitiva. Frente a la tentación de reconstruir un pasado perdido, el artista trabaja con esa opacidad: conserva las huellas sin pretender restituir una historia definitiva.

Hay, además, algo que el artista no inventa. Lo que captura no le pertenece por completo, porque la inteligencia práctica y la contingencia que descubre preceden a su intervención. Las cosas participan de situaciones que no siempre fueron previstas por quienes las fabricaron y utilizaron, y sus adaptaciones y usos imprevistos revelan una creatividad cotidiana que no procede necesariamente de una intención artística. Por eso el artista no ocupa siempre la posición de quien rescata algo abandonado y le concede valor desde fuera: a veces reconoce un valor que ya existía en la relación entre un objeto, una acción y una circunstancia.

La contradicción del valor

La exposición no propone una celebración ingenua de lo encontrado ni convierte automáticamente cualquier resto en una pieza cargada de valor. Su estrategia es más ambigua: nos lleva a mirar, pero también pone en duda la seguridad con la que creemos saber qué estamos mirando.

El desplazamiento al espacio artístico plantea, además, una contradicción que conviene mantener abierta. Aquello que se rescata del circuito residual entra en otro régimen de reconocimiento, donde la mirada, el contexto expositivo y la propia condición de obra vuelven a producir valor. El objeto deja de ser útil, pero no queda fuera de los sistemas que clasifican, seleccionan y legitiman las cosas. Ese valor no procede exclusivamente de las propiedades del objeto: depende también de la mirada que lo selecciona, del contexto que lo presenta y de las relaciones que establece con otros elementos. La intervención de Comas no resuelve esta tensión; la hace visible y la convierte en parte de la experiencia.

Arturo Comas.

Inutilidad y absurdo

Esta investigación conecta con una línea que atraviesa la trayectoria del artista: el absurdo, la inutilidad y la subversión de la lógica cotidiana. En sus trabajos, las cosas no suelen convertirse en signos de un significado cerrado; quedan suspendidas en una situación ambigua, a medio camino entre lo familiar y lo inexplicable. La operación artística no consiste tanto en imponerles un sentido nuevo como en desestabilizar el que ya tenían. Cuando un objeto deja de cumplir aquello que se esperaba de él, aparece una fisura en nuestra manera habitual de reconocerlo, y la lógica con la que normalmente nos orientamos muestra su carácter construido y contingente.

Hay también en esta práctica una resistencia a la obligación contemporánea de que todo deba producir, optimizarse o justificar su existencia mediante una función. La inutilidad, entendida no como una carencia sino como una condición liberada de su finalidad inmediata, permite imaginar otras formas de relación con las cosas. Un objeto que ya no sirve para nada puede comenzar a servir para pensar. Liberado de la obligación de servir, el objeto gana un margen propio: no por haber recuperado una utilidad, sino porque ya no tiene que dar cuentas de ella.

Si hay objetos que desaparecen dos veces, Sete Feiras trabaja en el intervalo que separa ambas desapariciones y propone una manera de evitar la segunda. ¿Cuánto de lo que valía un objeto dependía de servir, cuánto de lo que recordaba y cuánto de que alguien se detuviera a mirarlo? Las cosas no recuperan necesariamente aquello que fueron, ni necesitan convertirse en algo completamente distinto. Permanecen en ese intervalo donde lo inútil puede adquirir una presencia propia y donde el absurdo, lejos de ser una ausencia de sentido, abre la posibilidad de imaginar otros sentidos. Mientras alguien las mire, todavía no han desaparecido del todo.

Exposición individual en la Galería NAVE, Lisboa, inaugurada en el Lisbon Art Weekend.
5 de noviembre – 18 de diciembre de 2026. De lunes a viernes, de 12:00 a 19:00 h

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