Alejandra Icaza. Circus

Por Saray Díaz García

Un carrusel de formas, luces y colores nos desplaza entre lo onírico y lo lúdico, entre el recuerdo y la imaginación. En Sala Rekalde, Alejandra Icaza (Bilbao, 1966) presenta una obra que refleja una trayectoria artística profundamente personal,
donde la pintura se convierte en un territorio de exploración, memoria y juego. Sus creaciones combinan formas, símbolos y colores que oscilan entre la figuración y la abstracción, invitando al espectador a descubrir múltiples lecturas y a dejarse llevar por la experiencia del asombro.

Circus propone un recorrido por casi cuatro décadas de producción artística de Alejandra Icaza. La exposición explora un universo visual donde conviven pintura, dibujo, palabras, símbolos y collage, difuminando las fronteras entre figuración y
abstracción. El proyecto toma como punto de partida la idea del juego como motor creativo y presenta una constelación de imágenes abiertas a múltiples interpretaciones. Lejos de los relatos cerrados, en su universo creativo, cada imagen
parece formar parte de una constelación de emociones, donde el asombro y la imaginación siguen ocupando el lugar central.

El circo es, por definición, un territorio de incertidumbre. Un lugar donde conviven el equilibrio y el riesgo, la disciplina y el azar, la promesa del espectáculo y la posibilidad del fracaso. También puede ser una metáfora de la propia trayectoria vital: una sucesión de escenarios, encuentros y desvíos en los que no siempre sabemos si estamos siguiendo el camino correcto.
En la obra de Icaza, los objetos inanimados parecen adquirir una vida propia. Recorren las pinturas como personajes de una representación silenciosa, atrapados en un juego de sombras, geometrías y formas orgánicas. Hay algo de noria en este movimiento: las imágenes giran, se transforman y vuelven a aparecer bajo nuevas combinaciones, como si la pintura se resistiera a permanecer inmóvil.
El trazo es leve, pero no ingenuo. Detrás de esa aparente espontaneidad existe un trabajo minucioso de composición. La artista investiga las posibilidades del color y sus relaciones, construyendo un lenguaje en el que los elementos parecen responder a una lógica propia. Los fondos, elaborados mediante la combinación de óleo y cera, funcionan como campos cromáticos sobre los que aparecen incisiones, dibujos y símbolos que evocan el procedimiento del grabado.
El collage toma aquí las riendas de la construcción visual. Fragmentar, yuxtaponer, superponer. Como si la imagen necesitara descomponerse antes de encontrar una nueva forma de existir. Hay algo de Matisse en esta libertad para construir mediante formas y relaciones cromáticas, en esa capacidad de convertir el color en estructura y no simplemente en acompañamiento de la imagen.


La pintura de Icaza parece reclamar también una dimensión táctil. Sus formas orgánicas invitan a imaginar una relación física con la superficie, como si el ojo quisiera abandonar por un instante su condición de espectador para tocar aquello
que contempla.
Sin lugar a dudas, uno de los aspectos más interesantes de la obra de Icaza es su investigación del color. No se trata únicamente de una cuestión estética, sino de una manera de interpretar el mundo. Los colores conducen a distintos estados anímicos, construyen atmósferas y abren espacios de percepción. Un arcoíris emocional en el que cada composición parece proponer una experiencia diferente.
En Julio Verne (2009), esa capacidad de sugerir otros mundos parece especialmente evidente. La obra evoca el viaje hacia lo exótico, hacia aquello que permanece fuera de nuestro territorio conocido. Los colores tierra establecen una relación particular con el azul lapislázuli, cuya presencia introduce una tensión entre lo terrestre y l luminoso, entre lo familiar y lo desconocido.
Lo foráneo aparece así como una forma de incertidumbre. Viajar implica abandonar temporalmente las referencias propias y enfrentarse a otras maneras de mirar. Algo parecido sucede ante estas pinturas: las formas parecen reconocibles, pero nunca terminan de revelar por completo su significado.


El collage y la pintura mantienen entre sí una relación especialmente sugerente. Si el primero permite estudiar, fragmentar y reorganizar las formas, el óleo constituye el terreno donde estas encuentran una nueva continuidad. De la construcción
fragmentaria a la superficie pictórica; de la idea al espacio donde la percepción termina de completar la imagen.
La exposición toma como punto de partida una imagen de la infancia: una niña dibujando con tiza sobre el asfalto, fotografía que acompañó la primera exposición individual de Icaza en Bilbao, en 1989. Casi cuatro décadas después, aquella relación entre dibujo, juego y libertad creativa continúa atravesando su trabajo. No deja de ser significativo que una trayectoria tan extensa encuentre todavía en el gesto de dibujar una de sus razones de ser.
El circo puede ser una promesa de azar o la propia desdicha de quien se equivoca de camino. Pero también puede ser un espacio de libertad, un lugar donde las reglas se suspenden momentáneamente y todo parece posible. Quizá por eso Circus funciona como un viaje de colores hacia lugares que no aparecen en ningún mapa. Lugares que se construyen mediante formas, símbolos y asociaciones; territorios que pertenecen tanto a la imaginación de la artista como a la mirada de quien los contempla.
Un viaje más allá de Ítaca. Porque no siempre importa llegar al destino ni reconocer el camino. A veces basta con que alguien imagine un lugar para que este comience a existir. Y, al fin y al cabo, la pintura también consiste en eso: inventar mundos posibles y dejarlos abiertos a los ojos de los demás. En definitiva, Circus es el lugar donde el juego se convierte en lenguaje y cada imagen ensaya su propio acto de magia.

Alejandra Icaza. Circus
Sala Rekalde, Bilbao

Del 30 de octubre de 2026 al 28 de febrero de 2027
Comisario: Miguel Fernández-Cid.

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