
Bailar en un mundo en ruinas
Por Carlos Jiménez
Es la inquietante impresión que te produce la intervención de Carlos Aires en la sala de exposiciones Abierto x obras de Matadero Madrid. Entrar en ella es adentrarse en laberinto de pantallas que emiten reels de gente bailando. En solitario, en parejas o en grupo, de todas las edades y géneros y de todas las etnias y clases sociales. Al aire libre, en la calle o en salas de fiesta, en interiores domésticos o en jardines. En un país, en otro y en otro y en el que aún es más lejano. Todos bailando a compas de la música Disco, Heavy metal, House, Techno: el paisaje sonoro de un planeta irremediablemente globalizado, cuyos habitantes están entregados al trabajo de Sísifo de subir a las redes sociales las imágenes de todo lo efímero y lo grandioso que acontece en sus vidas.
El conjunto sin embargo no es todo lo alegre y festivo que cabría esperar de la reunión tantos bailarines y de tantas músicas. Lo impide, en primer lugar, la secuencia sincopada de encendido de las pantallas. Unas pantallas encienden otras se apagan al mismo tiempo y de repente todas se apagan para dar paso a la emisión de videos de un edificio en ruinas, iluminados por una luz verde, ominosa. En segundo lugar, está el hecho de que aspecto del espacio de Abierto x obras contribuye al desasosiego. Su arquitectura es fúnebre: conserva los restos del humo del incendio que quemó el frigorífico del que fuera el más grande matadero de la ciudad. Y Aires ha reforzado su carácter de ruina industrial introduciendo un bosque de los mismos puntales metálicos que apuntalan edificios a punto de desplomarse. Contribuyen significativamente a convertir esta instalación multimedia en un laberinto.

“El medio es el mensaje” – argumentó Marshall McLuhan – y creo que el que ha querido trasmitir con estos resultados es el de que bailamos en un planeta en ruinas. Y que lo hacemos gracias o a pesar de que somos conscientes de que está en ruinas. O a punto de convertirse enteramente en ruinas. Tanto el titulo como el subtítulo puesto por Aires a esta obra suya, refuerza mi argumento. Bailad, bailad, malditos, es prácticamente el mismo de “Danzad, malditos, danzad” una película de de Sidney Pollack de 1969, basada a su vez en una novela de 1935 de Horace Mc Coy, cuyo título es directamente el subtítulo de la instalación de Aires: They Shoot Horses, Don´t They.
La novela y la película cuentan a su manera la misma historia. Una historia de la América de los años 30 del siglo pasado. Los años del crack de la bolsa de Nueva York de 1929 y de la pavorosa depresión que arruinó a millones de personas en Estados Unidos. Incluidos los centenares de miles de familias campesinas del Medio Oeste, que vieron abortadas sus cosechas por la sequía y embargadas sus casas y sus tierras por los bancos a los que las habían hipotecado. Desdichas a las que sumaron las consecuencias de una catástrofe ambiental, tan devastadora como la misma Gran depresión, y que, nutrida por la sequía y la explotación inclemente de la tierra, sepultó los campos de labranza bajo unas tormentas de polvo de proporciones bíblicas. Las tormentas que generaron el Dust Bowl. Fue el punto de partida del éxodo protagonizado por legiones de campesinos paupérrimos, que se marcharon a California atraídos por el espejismo de una nueva Tierra prometida. Sus historias las contó John Steimbeck en reportajes publicados en el diario San Francisco News y en su justamente célebre novela Las uvas de la ira, publicada en 1939 y llevada a la gran pantalla en 1940 por John Ford. Las fotos las hicieron Dorothea Lange y Edward Weston y Woody Guthrie cantó su esperanza de desesperados en This Land Is Your Land.

Mc Coy en vez de narrar historias de familias famélicas, coches viejos sobrecargados, carreteras polvorientas y campamentos improvisados en medio de la nada, puso el foco en lo que la padecían quienes intentaban escapar del colapso participando en un sonado concurso de baile. Todos necesitaban con urgencia perentoria el dinero del premio y compartían el deseo subyugante de realizar el sueño de triunfar en lo que Ilya Ehrenburg llamó la “fábrica de los sueños”: Hollywood. Por lo que se dejaron seducir por la promesa que les hizo Rocky Gavo, el cínico promotor del concurso de baile. Quienes participen no solo podrán ganar un premio muy jugoso, sino que atraerían la atención de los cazatalentos dedicados a descubrir candidatos a estrellas de Hollywood. Pronto todos descubrirán lo mismo que descubrieron Robert y Gloria, la pareja protagonista.
El concurso es una maratón demoníaca que exige a los participantes bailar sin apenas descanso, horas, días, semanas enteras, porque el premio solo puede ganarlo la pareja que resista hasta el final de esas jornadas interminables y agotadoras. Por lo que tienen que bailar hasta el límite de sus fuerzas y más allá, mientras Rock los espolea gritando “¡Danzad, malditos, danzad ¡”. Robert y Gloria no lo consiguen, la extremada dureza de la maratón los derrota y obliga a retirarse. Gloria, completamente rota, quiere suicidarse. No lo consigue y pide a Robert que le dispare. Él lo hace y cuando la policía lo detiene y pregunta por qué lo ha hecho, responde ¿acaso no matan a los caballos?, recordando lo que hacían en su pueblo con los caballos que se rompían una pata.
Regreso al comienzo de estas líneas, para preguntar ¿por qué decidió Aires conectar esta historia de la Gran Depresión con esta instalación protagonizada por reels y videos de un edificio en ruinas? ¿Simplemente para poner en evidencia que ayer como hoy se baila en un mundo en ruinas? ¿O ha querido hurgar mas hondo? Y lo que ha querido es mostrar que los bailarines, que hoy se exhiben en las redes sociales, están tan forzados a hacerlo, como lo estaban los bailarines que ayer participaban en el concurso de baile organizado por el codicioso Rocky? La Web es una eso: una red. Y en ella estamos tan
atrapados como por el deseo irrefrenable de exhibirnos diariamente en las redes y acumular Likes. Tanto para satisfacer nuestro inevitable narcisismo como para lograr que nuestra imagen pública sea la mejor arma en la lucha por la supervivencia en un mercado ferozmente competitivo.

Coda. Carlos Aires me ofreció otra línea de interpretación. Me contó que el antecedente de Bailad, bailad, malditos fue el gran mural que compuso en su estudio en Bélgica, con cientos de fotografías recortadas de diarios y revistas de personas riendo de toda edad y condición. “El hecho de que tanta gente estuviera riendo, me dejó pasmado. Lo mismo me ha pasado con el hallazgo y la recolección en la red de imágenes de tanta gente de todas partes del mundo bailando alegremente”. ¿Acaso la alegría se ha convertido en otra obligación?

