Segrelles y la ilustración fantástica que inspiró a Hollywood

Por Marisol Salanova

Hay un azul que no pertenece al cielo ni al océano porque se genera en el laboratorio de la obsesión, allí donde la vigilia cede su trono al delirio. En los felices años veinte, mientras el mundo occidental se embriagaba con un optimismo mecánico y el rugido de las fábricas, el valenciano José Segrelles (1885-1969) operaba como un auténtico transmutador de la materia. Mezclaba concienzudamente la tintura de yodo con el azul ultramar, pues buscaba algo que rompiera la realidad objetiva. Aquel mejunje químico, un secreto celosamente guardado en su paleta, producía una tonalidad magnética, un tono tan particular y profundo que terminaba por arrastrar la mirada del espectador hacia el abismo de lo insólito. No era pintura común, por lo tanto, cabe entenderlo como pura alquimia sobre el papel.

La exposición José Segrelles. El ilustrador fantástico, que ha sido recientemente inaugurada en el Centre del Carme Cultura Contemporània (CCCC) de Valencia, cubre las paredes de su Sala Dormitori con dicho azul y dista de una retrospectiva al uso, pues funciona más bien como una grieta espaciotemporal. El diseño museográfico ha optado por teatralizar el montaje expositivo con la intención de generar una atmósfera de hondo misterio en torno a la obra del maestro. Al adentrarse en las salas, el visitante es recibido por unos tules monumentales de casi cinco metros de altura. Sobre estas gasas ingrávidas se proyectan dibujos del autor en movimiento, una coreografía espectral que respeta el riguroso tono azul que sirve de hilo conductor estético a toda la muestra. Es el azul Segrelles, una firma cromática inconfundible, de modo que el espacio se convierte en una extensión de su propia psique.

Detrás de este gran proyecto se encuentra el comisario Jose Enrique Segrelles, sobrino nieto del pintor. A él pertenecen alrededor de 40 piezas de entre las expuestas, además de otra documentación adquirida cuidadosamente, lo que demuestra un compromiso familiar e institucional muy estrecho con el legado del artista. Su implicación directa ha permitido canalizar una labor de investigación curatorial de 30 años muy rigurosa, un trabajo incansable de rastreo, catalogación y preservación que arroja ahora un resultado apasionante. 

La muestra se divide en secciones bien estructuradas que exploran las fantasías oníricas del creador. Es imposible contemplar este despliegue sin evocar al filósofo Walter Benjamin y su concepto del aura, pues aquí el aura no se farmea sino que se multiplica con fundamento en la historia del arte y del cine. Segrelles desafió el prejuicio histórico que confinaba la ilustración a las artes menores, así situó el dibujo fantástico al mismo nivel que la pintura de gran formato.

Sus acuarelas poseen unas poderosas transparencias que obligan a repensar el límite entre el soporte y la dimensión pictórica. Hay préstamos de la colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, pertenecientes a su mítica serie sobre La Divina Comedia (1928). En esas piezas contemplamos anfibios monstruosos que se apoderan de cuerpos humanos, un recordatorio de que el horror y la belleza comparten la misma raíz ontológica, pues la naturaleza muta constantemente en sus pesadillas. Existe un control absoluto de la técnica que, asombrosamente, jamás apaga la pasión visceral de las imágenes. Segrelles difuminaba los contornos visuales con una finura asombrosa, pues aplicaba incontables veladuras que recuerdan al trazo de un lápiz conté muy suave, logrando de esta manera texturas nunca antes vistas sobre el papel.

Entre las joyas que articulan este laberinto visual destaca una pieza que pertenece a sus ilustraciones para Las mil y una noches, titulada La danza de la daga (1931). Esta acuarela sobre papel se presenta protegida por un paspartú de mármol y un pesado marco de metal pulido. Es una combinación de materiales insólita en la historia de la enmarcación de la época, una elección formal que remite de inmediato a la ostentación y el lujo burgués. El mármol, con su frialdad mineral, encapsula la fogosidad de la danza, convirtiendo el objeto artístico en un tótem de poder estético que exige reverencia, por lo tanto, el contenedor se vuelve tan narrativo como el propio contenido.

La exposición funciona también como un mapa genealógico de la cultura pop global, pues el espectador actual recorre la muestra para descubrir que muchos de sus mitos modernos provienen de la mente de este creador valenciano. La fenomenología de la imaginación de Gaston Bachelard se encarna aquí, dado que las imágenes de Segrelles son fuerzas activas que terminaron por germinar en las superproducciones del siglo XXI. Tomemos como ejemplo el hilo invisible que une a Segrelles con John Howe, el célebre ilustrador de los universos cinematográficos de El Señor de los Anillos. Howe entró en contacto con el imaginario de Segrelles y de Frank Frazetta para dar forma al primer Gollum en 1973. Aquella criatura esquelética resulta que nació inspirada en los dibujos de enanos endemoniados que el pintor veía en sus propias pesadillas de la infancia y plasmó en la acuarela Pesadilla: el bote de cristal (1926). Pero la onda expansiva de esa misma ilustración no se detiene en la Tierra Media, ya que el director Joe Dante se inspiró exactamente en una esquina de esa imagen de garras verdosas y afiladas saliendo de un cajón para diseñar un fotograma icónico de la película Gremlins.

El viaje de Segrelles hacia Hollywood no es coincidencia. William Stout, admirador de Segrelles, se convirtió años después en el asesor artístico clave de Jurassic Park de Steven Spielberg. Toda la tensión prehistórica, el juego de luces en la selva y el pavor ante lo colosal que nos asombró en el cine de los noventa ya estaba cifrado en las composiciones del ilustrador, pues él entendía la escala como nadie. Del mismo modo, el perturbador y poético Fauno de El laberinto del fauno, ideado por Guillermo del Toro, sale de la iconografía de El fauno, aquella imponente portada de la revista La Semana Gráfica que Segrelles realizó en 1928 para homenajear la Quinta Sinfonía de Beethoven. No es baladí tampoco ya que el director mexicano colecciona libros ilustrados y tiene varios de este autor.

Avanzando hacia el fondo del recorrido expositivo, la atmósfera se transforma, pues las texturas se vuelven densas y la pintura cobra protagonismo. Encontramos allí las piezas más matéricas del autor, pinturas correspondientes a los convulsos años sesenta, obras donde Segrelles se despoja parcialmente de la línea y abraza el óleo con un expresionismo desgarrador. Contemplamos mares revueltos que respiran un innegable aire japonés, olas de una fuerza destructiva que conviven con lenguas de fuego que caen y se diluyen casi en la abstracción total. Es el giro hacia lo sideral y lo cósmico, un tránsito que anticipó la era espacial con la precisión de un profeta lírico.

Segrelles pintó una obra visionaria titulada ¡Cuando vayamos a la luna en cohete! Décadas más tarde, un jovencísimo y entusiasta George Lucas conoció el trabajo y quedó prendado. La huella es innegable, pues la famosa viñeta del cómic original de La guerra de las galaxias, donde dos naves espaciales se alejan de un mundo volcánico en erupción, calcó milimétricamente la composición, el dinamismo y la angustia cósmica de aquel Segrelles cuya obra trasciende su época.

La exposición, que puede visitarse hasta el 10 de enero de 2027, se ha convertido en un celebrado acto de justicia estética y de profunda revisión crítica, pues el arte debe conmover las estructuras fijas del pensamiento y Segrelles lo hace dinamitando las fronteras entre lo comercial y lo sublime. Su obra demuestra que la ilustración puede ser tan profunda como el lienzo más académico cuando está respaldada por una lucidez conceptual arrolladora y esa manera tan honesta de trabajar es capaz de atravesar más de un siglo de referentes. 

José Segrelles. El ilustrador fantástico.

Centre del Carme Cultura Contemporània (CCCC) de Valencia

Hasta el 10 de enero de 2027

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