
El lugar donde habita la memoria. Gerezi hori, Maider Aldasoro.
Por Saray Díaz García
En la obra de Maider Aldasoro, los objetos nunca son únicamente objetos. Sus instalaciones habitan ese territorio incierto donde la memoria se confunde con la imaginación y donde el cuerpo aparece como una presencia latente más que como una representación directa. A través de materiales textiles, formas orgánicas y referencias a lo teatral, la artista construye universos íntimos y ambiguos que invitan a observar.
Gerezi Hori no se deja descifrar rápidamente ni es una instalación que dependa de un gran discurso para sostenerse. Su fuerza reside precisamente en lo contrario: en la capacidad de sugerir, de generar preguntas y de activar recuerdos que quizá ni siquiera sabíamos que conservamos.
Durante mi visita tuve la sensación de encontrarme ante una obra construida a partir de fragmentos. Fragmentos de experiencias, de imágenes, de emociones y de memorias difíciles de ordenar. Las piezas ocupan el espacio de una manera delicada, casi vulnerable. Nada parece buscar protagonismo. Todo invita a una observación lenta, atenta, alejada de la necesidad contemporánea de comprenderlo todo de forma inmediata.

Lo que más me interesó fue la forma en que la artista trabaja con la incertidumbre. Muchas de las piezas parecen situarse en un territorio intermedio: no terminan de ser cuerpos, tampoco objetos, tampoco escenarios. Son formas abiertas que cambian constantemente según la distancia desde la que se observan o el tiempo que permanecemos frente a ellas. Esa ambigüedad genera una experiencia especialmente rica porque obliga al espectador a participar activamente en la construcción de significados.
Mientras recorría la exposición pensé en cómo la memoria rara vez funciona como un archivo ordenado. Recordamos sensaciones antes que acontecimientos. Una textura, un color, una imagen fugaz o un gesto aparentemente insignificante pueden permanecer durante años mientras desaparecen los detalles que los rodeaban. La instalación parece operar precisamente de esa manera. No reconstruye una historia concreta, sino que reproduce el funcionamiento emocional del recuerdo.
La presencia corpórea es constante, incluso cuando este no aparece representado de forma explícita. Hay algo orgánico en los materiales, en los pliegues, en las escalas y en la manera en que las piezas se relacionan con el espacio. El cuerpo aparece aquí como una huella, una ausencia o una posibilidad. Más que mostrarlo, la obra parece evocar aquello que deja tras de sí.

En este sentido, la exposición se aleja de ciertas tendencias del arte contemporáneo que priorizan el concepto sobre la experiencia. Aldasoro no renuncia a la reflexión, pero la sitúa en otro lugar. El significado no surge de una explicación previa, sino del encuentro entre la obra y quien la observa. La instalación funciona mejor cuando uno deja de buscar respuestas y comienza simplemente a habitar el espacio.
Quizá por eso lo que permanece después de la visita no son imágenes concretas, sino una sensación difícil de describir. La sensación de haber atravesado un lugar construido con recuerdos incompletos, emociones difusas y asociaciones inesperadas. Un lugar donde lo cotidiano adquiere una dimensión poética y donde los pequeños gestos se convierten en portadores de significado.

Gerezi Hori no propone una lectura única ni una interpretación cerrada. Su interés reside precisamente en mantenerse abierta. En permitir que cada visitante encuentre conexiones distintas, proyecte sus propias experiencias y complete los vacíos desde su propia memoria. En tiempos dominados por la sobreexplicación, esa confianza en la sensibilidad del espectador resulta tan poco frecuente como valiosa. Y es, probablemente, uno de los mayores aciertos de esta instalación.
Maider Aldasoro
Sala Rekalde, Bilbao
Del 8 de septiembre al 22 de noviembre de 2026

