Jose Quintanilla. Giverny 2.0.

Hasta el 31 de julio de 2026

DDR art gallery

C/ de la Encomienda 21, Local Dcha. 28012, Madrid

Comisario, Sema D’Acosta

La llegada de la fotografía en el siglo XIX no solo transformó la técnica, sino que también sacudió los cimientos de la representación artística, liberando a la pintura de su necesidad de imitar la realidad y dando paso a la revolución impresionista. De esa crisis visual nació la obsesión de Monet por capturar la vibración de la luz y la atmósfera en su jardín de Giverny. Un siglo y medio después, el fotógrafo José Quintanilla decide emprender un viaje a ese lugar mítico, pero se enfrenta a una decepción inicial al chocar con la realidad turística y domesticada. Sin embargo, el verdadero momento creativo surge en el laboratorio: al revelar los negativos de su cámara de formato medio, se da cuenta de que la clave no estaba en lo que sus ojos veían, sino en la imagen invertida de la película.

Quintanilla se da cuenta de que tanto el impresionismo como su propia visión comparten una misma paradoja: la búsqueda de lo que la cámara no puede captar. Si Monet eliminó el negro de su paleta para intensificar la vibración del color y explorar las sensaciones más allá de la literalidad, Quintanilla hace lo mismo con el color fotográfico. Trabajar sobre los tonos complementarios del negativo significa alterar la previsibilidad del jardín, priorizando las luces sobre las formas. Se trata de evidenciar una ficción cambiante, ya que el color no es una cualidad fija, sino una percepción subjetiva influenciada por la luminosidad y la interpretación personal. Así, sus imágenes se sitúan en un plano más cercano a la pintura que a la afirmación objetiva que normalmente se asocia con la fotografía.

El proyecto de Quintanilla va mucho más allá de simplemente jugar con los colores; se centra en la solidez física del soporte. Como un impresor con mucha experiencia, el autor entiende a fondo la paradoja técnica que trae consigo la impresión digital de inyección de tinta: en su búsqueda por la máxima calidad, se pierde esa conexión táctil que la química analógica solía ofrecer. Por eso, Quintanilla decide romper con los estándares de la industria, interviniendo manualmente en sus copias. Lija las superficies, oxida los bordes, aplica pátinas de envejecimiento y emulsiona papeles de menor gramaje sobre pan de oro o con tintes de té. Así, cada pieza se convierte en un objeto único, una piel herida que transmite emociones a través del tacto, acercándose más a la textura pictórica que a la fría repetición en serie.

El tiempo también juega un papel crucial en esta exposición. En un mundo donde todo se mueve a la velocidad del flujo digital y las pantallas están por todas partes, Quintanilla opta por la cámara analógica y un revelado más pausado. Este ritmo artesanal le permite reflexionar con calma, tomando decisiones conscientes que evocan la paciencia casi monástica de Monet en su laboratorio perceptivo. Sus fotografías de Giverny son el resultado de una resistencia a la inmediatez; son versos esculpidos paso a paso en la alquimia del cuarto oscuro, donde el artista se sumerge en lo espontáneo y en lo que puede tocar y manipular.

La exposición de José Quintanilla es una inmersión profunda en los mecanismos de la percepción. Al navegar por el difuso espacio entre la materia y la luz, el autor logra que el jardín mítico se disuelva como un lugar físico para transformarse en un territorio abstracto y personal. En esa negación de la realidad visible, Quintanilla realiza el mismo gesto revolucionario que los impresionistas: convertir una simple mirada en una experiencia visual rica y subjetiva, donde el verdadero paisaje se revela solo en la intimidad del negativo.

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