
El tribunal Russel, 1968+
ESTHER BOIX, UNA PINTURA PLENA DE EMOTIVIDAD Y SINCERIDAD
Por Ramon Casalé Soler
“El arte es lo que resiste: resiste a la muerte, a la servidumbre, a la infamia, a la vergüenza”.
Gilles Deleuze
“La mejor enseñanza es la que utiliza la menor cantidad de palabras necesarias para la tarea”.
María Montessori
En Espais Volart de Barcelona, una de les cuatro sedes con las que cuenta la Fundació Vilacasas, se está celebrando una exposición antológica dedicada a la obra de Esther Boix, considerada como una de las artistas y pedagogas más importantes e influyentes de Catalunya. De hecho, la muestra casi coincide con el centenario de su nacimiento. Anteriormente se habían realizado otras retrospectivas, aunque de menor tamaño como, por ejemplo, en el Centro Cultural de la Caixa de Terrassa en 1991, y en La Fontana d’Or de la Caixa de Girona en 1994. También en la misma ciudad en 2007 se mostró Esther Boix. Espejos y espejismos. En 1996, el Departamento de Cultura de la Generalitat de Catalunya presentó una exposición en la sala de exposiciones del Banco Bilbao-Vizcaya de Barcelona. Ahora, a través de las 180 obras que ocupan todas las salas disponibles de Espais Volart, el público podrá apreciar la enorme labor creativa y pedagógica desarrollada a lo largo de su vida. Precisamente hay un espacio destinado solamente a su tarea como docente dedicado a la escuela L’ARC, donde aplicaba una metodología muy adelantada en aquella época.
La primera vez que tuve la oportunidad de ver su trabajo fue en el Museo Monjo de Vilassar de Mar, ciudad cercana a Barcelona, en 1993, y donde también expuso en 2001. Más adelante, en 2010, mostró su trabajo en la galería Marc Domenech de Barcelona y que sería la última que celebraba en la capital catalana. Todas estas exposiciones me sirvieron para conocer de cerca su manera de trabajar la pintura, el dibujo, el grabado, el cartelismo, el tapiz, la escultura y el muralismo. En todas estas disciplinas se evidenciaba una forma de proceder muy singular, aunque desde una óptica plenamente intimista y sensible, pero no exenta de fuerza, vitalismo y de denuncia social.

Un dia se’t berenaran, 1972*
Esther Boix (Llers, Girona, 1927 – Anglès, Girona, 2014) se formó en la Escuela de Artes y Oficios y en la Facultad de Bellas Artes de Barcelona. Desde sus inicios se fue alejando paulatinamente del mundo académico para adentrarse en un terreno más creativo. En 1952 el Instituto Francés le concedió una beca para ir a París, como también les sucedió a otros artistas de su generación tales como, Albert Ràfols-Casamada, Maria Girona, Francesc Todó, Antoni Tàpies, Joan J. Tharrats y Leandre Cristòfol. Su estancia en la capital francesa fue esencial para su evolución artística ya que le sirvió para centrarse principalmente en la pintura.
Junto a su esposo, el escritor, pedagogo y poeta Ricard Creus, María Dolors Bonal y Pilar Anglada fundaron en 1967 la escuela de arte L’ARC. También colaboró con Ricard Creus en la publicación de diversos libros de arte, siendo los más destacados: Del cubismo al realismo, La revolución del arte moderno y El arte actual, así como algunos libros de poesía, entre ellos Volver a Italia, con dibujos suyos.
En 1950 Esther Boix, Ricard Creus, el pintor Joaquim Datsira y los escultores Francesc Torres Monsó, Josep M. Subirachs y Josep Martí Sabé crearon el grupo Postectura, palabra que significa: post (más allá) y tectura (del tacto). Les unía su afinidad por todo aquello que se relacionase con la cultura para descubrir nuevos espacios creativos. La primera vez que exhibieron sus trabajos a nivel colectivo fue en las Galerias Laietanas de Barcelona, dirigida en aquel momento por el historiador y crítico de arte soriano Antonio Gaya Nuño

Homenaje a Miguel Hernández*
A finales de los 50 aparece en Madrid el movimiento Estampa Popular, que en Catalunya siurgirá un poco más tarde, siendo Esther Boix una de sus seguidoras. El movimiento está relacionado con la lucha antifranquista, basándose en el hecho de que el arte ha de llegar a todo el mundo, y una de las formas de llevarlo a cabo es la de recurrir al grabado. José Ortega fue uno de los iniciadores del grupo de grabadores con la idea de que “el arte ha de contribuir a la transformación de la sociedad”.
La primera exposición de Estampa Popular en Catalunya se realizó en 1965, donde participaron Esther Boix, Francesc Artigau, Maria Girona, Alexandre Grimal, Josep Guinovart, Robert Llimós, Albert Ràfols-Casamada, Josep M. Subirachs, Francesc Todó… El crítico, jurista y escritor Cesáreo Rodriguez Aguilera, en el libro L’art català contemporani, se refería a Estampa Popular como ejemplo de que la obra de arte “en su calidad, en su precisión, en el acierto, el contenido y la elocuencia llegará más o menos, pero a su propósito primero y esencial uno puede añadirle los ingredientes necesarios para llevar también con ella los anhelos del grupo social en qué se produce”.
Esther Boix fue una persona que desde bien joven se sintió comprometida con la sociedad de su época y a través de la pintura y el grabado pudo mostrar sus deseos de libertad y también como instrumento de lucha. En la década de los 70, o sea hacia finales del franquismo, sus obras fueron “auténticos manifiestos que reclamaban una sociedad más libre y humana”. En 1966 fue detenida por asistir a una asamblea en el convento de los Capuchinos de Sarria –conocida como la Capuchinada-, convocada por el Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona, donde participaron medio millar de estudiantes, profesores e intelectuales

Desembocadures, 1975*
Su polivalencia creativa ya indicaba su manera de ser y de pensar. En diversas ocasiones se suele decir que “todo es válido en el mundo del arte”, aunque realmente sea así, ha de existir un verdadero interés en ser creativo, además de llevar implícito unos buenos conocimientos técnicos que todo artista ha de poseer. Si no se reúnen estos principios tan básicos es cuando uno se acerca a la mediocridad. Por suerte, la obra de Esther Boix nos aproxima a la esencia de lo que se entiende como el verdadero arte, o lo que es lo mismo, la unión entre la teoría y la praxis, tal como sucedía en el Renacimiento.
En 1992, el crítico y pintor Hans Möller le hizo una entrevista en el diario Avui donde afirmaba que “me gusta seguir emocionándome con la pintura de los otros”. Estas palabras sirven para darse cuenta de su carácter solidario, que tanta veces encontramos a faltar en el mundo del arte, ya que hay una cierta tendencia a la individualidad o egocentrismo por no querer apreciar o valorar lo que hacen otros artistas.
Respecto a la exposición Esther Boix. Un mundo en lucha, el comisario Bernat Puigdollers, director de arte de la Fundación Vila Casas, considera que es necesario reivindicar su obra, al ser “una de las más destacadas de su tiempo, reflejo visionario de una sociedad mejor”. Asimismo, Puigdollers destaca que hay muchas piezas “que ni tan solo habían participado en la exposición de hace 20 años y algunas que no se han visto desde que se vendieron”.
La primera obra que recibe al espectador es el óleo Vejez de 1954 perteneciente a la familia Creus Boix, obra que hizo durante su etapa parisina y poco antes de irse a Milán, ciudades que le permitieron conocer de cerca lo que acontecía en países plenamente vanguardistas, donde coincidió con diversos intelectuales y artistas. De hecho, esta pintura se aproxima al ideario de José Gutiérrez Solana, principalmente por su “paleta oscura, anatomías duras, expresiones tristes, incomunicación y miseria, y de algún modo con los personajes femeninos de Montserrat Gudiol, aunque les diferencia el tratamiento del color”.

Mi hermano, 1948*
Una pieza anterior es Mi hermano, 1948, en la que con sólo 20 años reflejaba fielmente la representación de un interior que se aproximaba al realismo imperante del momento. En cambio en El cuervo. Homenaje a Edgar Allan Poe, 1951, la artista muestra su admiración por el escritor romántico estadounidense, especialista de la novela gótica, en que se aprecia su interés por los colores oscuros, fusionando el primer plano con el fondo, solamente el blanco del cuello de la camisa del personaje es el punto más lumínico de toda la composición.
Es cierto que sus estancias en París y Milán le sirvieron para cambiar su percepción del color, originando que en sus obras ya se vislumbrara la luz, sobre todo en sus retratos, ya que según Puigdollers se aprecian unas “nuevas maneras de vivir, porque le permitieron entrar en un círculo de intelectuales, artistas, diseñadores, escritores, cineastas…”.
Hay un conjunto de obras de principios de los 50: Mujer con silla, El café y Mujer cosiendo, en que se aprecia su interés por el fauvismo. De la misma época se exhiben piezas que hacen referencia a la capital francesa y Barcelona. En el caso de la primera ciudad la artista evoca situaciones vividas intensamente por ella misma, descubriendo un nuevo mundo creativo e intelectual, y respecto a la segunda, su interés se centraba en el terreno industrial dejando de lado imágenes más idílicas y emocionales.
Otras pinturas que permiten entender que se iba moviendo entre el realismo y una cierta tendencia hacia el terreno abstracto son El metro (1955), representando la entrada del metro de la plaza de Urquinaona, recordando de algún modo a Torres-García por su estructuralismo. Respecto a Jaulas (1963), ya se trata de una obra de mayor contenido político y social, debido a que refleja la situación de las mujeres en el franquismo que las alejaba de la toma de decisiones.
En 1968 pinta El Tribunal Russell, claro ejemplo de su aportación al realismo social. Coincide con una época en que se produce un cambio en su lenguaje figurativo, acercándose a una figuración de carácter más intimista: aparecen paisajes urbanos, industriales, figuras y flores. Precisamente el poeta y crítico de arte José Corredor-Matheos ubica la obra de Esther Boix, dentro del ámbito de María Girona, Carme Serra y Concha Ibañez, artistas que también merecerían un mayor reconocimiento institucional. Precisamente a Concha Ibañez se le realizará en noviembre del presente año una retrospectiva en el Museo de Arte Moderno de Girona, comisariada por Elina Norandi. De Maria Girona, la Fundación Vila Casas, también le dedicó una antológica junto con su marido Ràfols-Casamada, en 2023.

El Tribunal Russell, 1968*
A finales de los 70, sus paisajes tienen un cierto aire abstracto e incluso con atisbos surrealistas, caso de la serie La ciudad y el aire. De todos modos, dos décadas más tarde, en el ámbito El paisaje tiene vida propia, la artista se introduce en el paisaje de Venecia desde una visión entre íntima y seductora mostrando “la atmosfera de sus calles, la magnificencia decadente de sus edificios y el dinamismo quieto de sus canales denotan una mirada casi panteísta de su entorno”.
Con motivo de la exposición que realizó en el Museo Monjo en 2001, ella misma me comentó lo importante que era en su obra el espacio vacío. Mientras iba contemplando sus cuadros pensé qué razón tenía. Lo difícil no es representar la línea que divide el horizonte, ni lo que se encuentra debajo de él: montañas, ríos, el mar, las casas, las personas…, sino lo que hay arriba: el cielo, las nubes, o simplemente, el vacío absoluto, la nada, de la que la filosofía oriental está llena de ejemplos. Para Esther Boix el arte es emoción y sentimiento, o lo que es lo mismo “en la sencillez está su secreto”. Lo pongo entre comillas porque no estoy seguro si lo pensé yo o lo escuché el día de la inauguración, aunque creo que fue Pilar Vélez, en aquel momento del Museo Marés, y que posteriormente dirigió el MUHB (Museu del Diseño), ambos de Barcelona, quien lo dijo.
*Fotos, Ramon Casalé y cortesía de la Galería Marc Doménech.
Esther Boix – Un mundo en lucha
Comisario, Bernat Puigdollers
10/04/2026 – 12/07/2026
Espais Volart, Barcelona

