
Irene. 2025. Óleo sobre lienzo. 61 x 38 cm
ANTONIO MONTALVO. Siempre, todavía.
Del 23 de mayo al 25 de julio de 2026
Espacio Mínimo
Calle del Dr. Fourquet, 17, 28012 Madrid
La exposición «Siempre, todavía» de Antonio Montalvo en Espacio Mínimo encapsula la idea de que lo eterno se revela en lo cotidiano, partiendo de la creencia de que el presente es inagotable y el único lugar donde la realidad realmente sucede. Esta muestra, la sexta individual del artista en la galería, presenta su más reciente producción pictórica, donde se puede sentir un tono suave y silencioso, en el que la belleza surge envuelta en un aura de misterio y melancolía. Desde que Montalvo se adentró en la pintura del natural —una disciplina que requiere un lazo emocional entre el pintor y su tema— ha encontrado un balance entre la melancolía y un soplo de esperanza. Como él mismo dice: “aspiro a que en mi trabajo haya un tono esperanzador, restañante”. Los títulos de las obras son intencionadamente simples —Karim, pájaro, cardos, el balcón del estudio, la modelo, mujer marroquí— y describen lo visible sin intentar acaparar el significado, siguiendo la idea de que hay un pensamiento puramente visual que no necesita ser verbalizado para simbolizar
Despojados de artificio, los temas surgen de manera natural y casual, aunque son necesarios. La figura, el paisaje y el bodegón se alternan en el espacio expositivo, mostrando el esfuerzo por aligerar y desmaterializar lo representado hasta llegar a la mínima expresión, al vacío, al silencio. Porque, como señala el artista, así como el silencio es música, el vacío también es pintura. En términos técnicos, Montalvo utiliza óleo muy diluido, con poca materia, sin brillo y con veladuras evanescentes que crean una atmósfera ligera y trascendente. El propio artista comenta: “Estos cuadros parecen hechos con lo más cercano a la nada: no solo la luz, sino su reverso primero, la sombra, que es lo primero que la luz generosamente nos concede. Hay en ellos algo de paño de la Verónica —o de sudario de Turín—, como si no hubieran sido pintados, sino recibidos; como si la imagen no hubiera sido pintada, sino emanada.” Así, la pintura se presenta más como una recepción que como una ejecución. Nos encontramos ante una pintura despojada y atemporal que anhela lo esencial, situada en un tiempo detenido que evoca el género de la vanitas. Montalvo nos invita a celebrar el instante, aunque es consciente de que este, a pesar de su fulgor —o precisamente por él— está teñido de dolor: “¿No debe todo lo que existe parte de su belleza al hecho de estar ya marchitándose?”. Siempre, todavía propone una meditación silenciosa sobre la fragilidad y la permanencia, donde lo más ligero se vuelve perdurable.

