Miren Doiz: ¿puede el arte ofrecer alternativas fuera del simulacro?

Por Saray Díaz García

La exposición Algunas opciones (Basadas en basura y simulacros), presentada en la Sala Uribitarte 40, se sitúa en un territorio reconocible del arte contemporáneo: aquel que trabaja con los restos —materiales y simbólicos— de una realidad saturada de imágenes, objetos y discursos. Sin estar lejos de limitarse a una estética de lo residual, el recorrido parece desplegar una reflexión más compleja sobre las formas en las que toca un clip para pegarlo en el cuadro de texto y construimos sentido en un entorno mediado por simulacros.

El término “basura” no debe entenderse aquí únicamente como desecho físico. En el contexto artístico, alude también a aquello que ha sido descartado por los sistemas de valor: fragmentos, excedentes, imágenes obsoletas, narrativas sin lugar. En esta línea, la exposición dialoga con la tradición del objet trouvé, donde el objeto encontrado —arrancado de su función original— adquiere una nueva dimensión simbólica al ser recontextualizado. Trabajar con basura es, en este sentido, una forma de cuestionar jerarquías —qué merece ser conservado, qué se invisibiliza— y de reactivar materiales aparentemente agotados. La artista Miren Doiz, no solo reutiliza estos restos, sino que los reorganiza para generar nuevas lecturas, desplazando su significado original.

La noción de “simulacro”, vinculada al pensamiento de Jean Baudrillard, remite a una realidad en la que las representaciones han dejado de referir a un original estable. Vivimos entre copias, reproducciones y ficciones que se presentan como reales. En este marco, la práctica artística puede operar como un espacio de fricción: no para restaurar una supuesta autenticidad perdida, sino para evidenciar los mecanismos de construcción de lo real.

La exposición sugiere elección, posibilidad, apertura. Sin embargo, en el contexto de “basura y simulacros”, estas opciones pueden leerse también como limitadas o ilusorias. ¿Hasta qué punto elegir es simplemente navegar entre variantes de lo mismo? Esta pregunta resuena de forma especialmente incisiva en el contexto actual, donde la crisis de la vivienda en España convierte la idea misma de “opción” en un espejismo para amplias capas de la población: elegir se reduce, a menudo, a aceptar entre formas precarias de habitar o a quedar expulsado del acceso a un espacio propio.

Formalmente, la muestra podría articularse a través de dispositivos propios de la instalación contemporánea: ensamblajes de materiales encontrados, imágenes intervenidas, disposiciones espaciales que invitan a una experiencia más que a una contemplación pasiva. El espacio expositivo —diáfano, abierto, atravesado por una luz natural sorprendentemente generosa— no actúa como un mero contenedor, sino como un agente activo que intensifica la percepción de los materiales y subraya sus tensiones. Esa luminosidad casi excesiva, lejos de neutralizar la condición de “basura”, la expone, la hace visible sin mediaciones, reforzando la fricción entre lo descartado y lo exhibido.

Miren Doiz sorprende con su capacidad para moverse entre la crítica y la ironía. El uso de “basura” puede contener una dimensión lúdica, incluso estética, que evita caer en un discurso moralizante. Del mismo modo, el señalamiento del simulacro no implica necesariamente una denuncia frontal, sino una invitación a habitar esa ambigüedad, a reconocer nuestra participación en ella.

Algunas opciones (Basadas en basura y simulacros) parece plantear una pregunta abierta más que ofrecer respuestas cerradas. Frente a un mundo de excedentes y representaciones, el arte se presenta como un espacio donde reorganizar lo dado, explorar sus fisuras y ensayar —aunque sea provisionalmente— otras formas de mirar. En ese gesto, quizá, reside la verdadera “opción”.

A esta apertura interpretativa se le podría añadir, sin embargo, una lectura más incómoda. Si el trabajo con residuos y simulacros señala las lógicas de acumulación y desecho propias del capitalismo contemporáneo, cabe preguntarse hasta qué punto la exposición logra situarse fuera de ellas. El riesgo de este tipo de prácticas es que la “basura” termine estetizándose, neutralizando su potencia crítica y convirtiéndose en un recurso formal más dentro del circuito artístico. Lo que en origen remite a exclusión, precariedad o saturación material puede acabar funcionando como signo sofisticado, perfectamente integrado en las dinámicas de producción cultural.

En este sentido, la relación con el espacio —amplio, luminoso, casi privilegiado— introduce una tensión que no conviene pasar por alto. La visibilidad extrema de los restos, su presentación en un entorno cuidado y diáfano, puede interpretarse también como una forma de domesticación: aquello que en otros contextos resulta incómodo o invisible se vuelve aquí legible, incluso atractivo. Esta operación no invalida la propuesta, pero sí la sitúa en una zona ambigua, donde la crítica convive con su posible absorción.

Si la exposición sugiere que nuestras “opciones” están mediadas y limitadas, la pregunta que queda abierta es hasta qué punto el propio arte contemporáneo ofrece una verdadera alternativa o simplemente reproduce, en otro registro, esas mismas condiciones. En un contexto marcado por la crisis de acceso a la vivienda, la precarización y la desigual distribución de los recursos, la posibilidad de habitar —ya no solo espacios físicos, sino también simbólicos— se convierte en un problema central. Tal vez ahí resida la lectura más incisiva de la muestra: no tanto en lo que muestra, sino en lo que deja entrever sobre los límites reales de nuestras elecciones.

Algunas opciones (Basadas en basura y simulacros)

Miren Doiz (Pamplona, 1980)

Sala URIBITARTE40 (Bilbao)

Del 17 de abril al 31 de mayo

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