FALSA SEGURIDAD

Avelino Sala, Alfons Simó, Rico Salinas, DosJotas y Kepa Garraza

Del 26 Marzo al 9 Mayo de 2026

Swinton Gallery 
C/ Miguel Servet 21, Madrid

Comisaria, Teresa Arroyo de la Cruz

Falsa Seguridad se encuentra en ese preciso momento en que el contrato social comienza a desmoronarse, en el punto donde se entregó libertad a cambio de protección, lo que nos lleva a cuestionar la naturaleza de un pacto que ya no reconocemos. ¿Qué tipo de seguridad necesita del miedo para mantenerse en pie? Esta inquietante pregunta recorre la exposición comisariada por Teresa Arroyo de la Cruz, destacando la profunda grieta que surge cuando la seguridad deja de ser un cuidado y se convierte en vigilancia, cuando pasa de acompañar a intimidar. El miedo, entonces, deja de ser una reacción aislada y se transforma en una atmósfera, en un estado permanente del cuerpo social: una tensión sorda que moldea la vida cotidiana, altera nuestra percepción del espacio público y redefine la relación entre la ciudadanía y el poder. Aquí, la figura policial no solo se presenta como una institución, sino como un reflejo de las estructuras políticas, económicas y simbólicas que organizan lo común; cuando la confianza se desvanece, la legitimidad se debilita y el orden comienza a sostenerse más por la fuerza que por el consenso. La autoridad, despojada de pacto, se vuelve impredecible, y la seguridad se expresa como un discurso, pero se vive como una ficción: la promesa de protección empieza a parecerse peligrosamente a lo que esta exposición llama, de manera literal, una falsa seguridad.

En Estados Unidos, esta tensión se hace especialmente evidente, con fuerzas policiales y organismos como ICE que han integrado la vigilancia en la estructura cotidiana del poder. Sin embargo, lo que observamos allí no es una anomalía, sino más bien un laboratorio, un adelanto de dinámicas que, bajo diferentes formas, comienzan a filtrarse también en Europa, y cada vez con menos disimulo en España. Aquí, donde el relato institucional insiste en una seguridad ejemplar, los episodios recientes nos recuerdan que la institución no está tan inmunizada frente al abuso, la corrupción o la violencia. A veces, la línea entre protección y amenaza es más delgada de lo que el discurso oficial estaría dispuesto a reconocer, y es precisamente en ese punto donde el arte, con más claridad que cualquier organismo oficial, señala lo que el lenguaje institucional prefiere ignorar. En una época en la que la vigilancia se ha vuelto casi invisible —dispersa en cámaras, datos y protocolos— el control deja de ser percibido como una excepción y se convierte en parte del paisaje cotidiano. Como ya advirtió Michel Foucault: “el poder funciona con mayor eficacia cuando deja de parecer visible”.

En este contexto se inscriben las obras de Avelino Sala, Alfons Simó, Rico Salinas, DosJotas y Kepa Garraza, artistas que operan desde la fricción simbólica y la sospecha. En la obra de Rico Salinas, la figura policial pierde su aura de protección y se presenta despojada de la autoridad moral que tradicionalmente la respaldaba. Avelino Sala interviene en escudos institucionales, desplazando su significado para revelar la fragilidad de los emblemas del poder. DosJotas irrumpe en el espacio público, alterando vehículos, señalizaciones y dispositivos de control, devolviendo esas herramientas al ámbito de la crítica. Kepa Garraza captura en escultura el instante brutal de la violencia institucional, mientras que Alfons Simó transforma las cámaras de vigilancia en una cruz contemporánea, una iconografía casi religiosa del control. En sus lenguajes, la autoridad se muestra frágil, el emblema se desactiva y el orden se revela como una construcción ideológica. No es casual que esta interpretación surja de prácticas artísticas que ven el arte como un espacio de pensamiento crítico, capaz de desmantelar los símbolos del poder y devolverlos al terreno de la duda. Lejos de ser neutrales, estas obras dialogan con una genealogía artística que entiende el arte como un espacio de resistencia, memoria y reflexión crítica: un lugar donde la imagen no pacifica, sino que incomoda; donde el objeto no decora, sino que interpela. Aquí, el arte no ofrece consuelo, sino claridad: señala el abuso, desafía el relato oficial y devuelve complejidad a lo que el poder intenta simplificar. Falsa Seguridad no propone soluciones ni discursos cerrados, sino que lanza una alerta. Porque cuando la seguridad necesita del miedo para sostenerse, tal vez el problema nunca fue la inseguridad. A veces, la amenaza no proviene del exterior. Simplemente lleva uniforme.

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