Àngel Jové, vista de sala. Foto, cortesía Museu Tápies.

La lección de Àngel Jové.

Por María Sánchez Larsson

Al adentrarse en la exposición «Àngel Jové. De intactu o el fin de las cosas«, uno se enfrenta a la obra de un creador poliédrico e inclasificable. La muestra, que permanecerá abierta hasta septiembre, no es una retrospectiva al uso, sino más bien una entrada las obsesiones y los lenguajes que articularon la trayectoria de este artista catalán, desde sus inicios en los años sesenta hasta sus últimas producciones. Pintura, escultura, fotografía manipulada, polaroids, objetos de estética povera, cine experimental, instalaciones… El recorrido evidencia que Àngel Jové (Lleida, 1940 – Girona, 2023) trabajó siempre con una libertad que trascendía cualquier etiqueta, aunque un hilo invisible conecta toda su producción: una mirada melancólica y profundamente ética sobre la memoria, el dolor y la condición humana.

Lo que primero impacta al recorrer las salas es la persistencia de ciertas imágenes que actúan como un eco recurrente. Rostros de niños desprotegidos, figuras de mendigos, maternidades que parecen más presentidas que representadas, atmósferas de soledad y desamparo. Estas figuras no son fruto de una imaginación abstracta, sino que hunden sus raíces en el trauma de la posguerra que Jové vivió en su Lleida natal. Pero el artista no se detiene en la anécdota; transforma ese dolor en una materia visual que trasciende lo puramente biográfico. A su lado, el paisaje también se hace protagonista: las llanuras extremas, las crestas luminosas del Montsec, esa montaña que durante años le sirvió de refugio en una masía aislada. Son tierras fronterizas, abandonadas, que Jové convierte en escenarios de una introspección casi metafísica.

Àngel Jové, vista de sala. Foto, cortesía Museu Tápies.

Sin embargo, sería un error reducir su obra a una mera crónica del sufrimiento. La exposición revela con igual contundencia su faceta de pionero de la vanguardia en Cataluña. Su paso por el Grup Cogul a mediados de los sesenta, con aquella singular exploración de la «flor de pared» como símbolo de infancia y precariedad, ya apuntaba a una sensibilidad que unía lo abstracto con lo más tangible. Y, sobre todo, su participación en el Grup del Maduixer, junto a Antoni Llena o Sílvia Gubern, lo sitúa en el epicentro de la introducción del arte conceptual y el videoarte en España. Piezas como Primera muerte (1969-1970) dan fe de esa voluntad de experimentación radical, de esa modernidad que convive en su obra de manera antagónica con el poso de la tradición y el recuerdo.

Esta tensión entre contrarios es, quizás, la clave que vertebra todo el discurso expositivo. Lo leemos en sus aproximaciones al arte pop, donde los colores brillantes y festivos se tornan en su paleta densos, glaucos, impregnados de una extraña pesadumbre. Lo vemos en la yuxtaposición de materiales pobres con una factura casi aristocrática. La exposición acierta al subrayar esta coincidentia oppositorum, esta unión de opuestos que el propio Jové encarnaba: la pasión por lo más nuevo y el reconocimiento de los antiguos; el sentido cosmopolita de la vida y la atención amorosa hacia los «sin rostro». Es lo que los griegos llamaban páthei máthos, el conocimiento a través del dolor, pero un conocimiento que no es frío ni intelectual, sino que nace de la comprensión profunda del otro.

Àngel Jové, vista de sala (detalle). Foto, cortesía Museu Tápies.

El montaje también permite apreciar las referencias literarias que nutren su imaginario. Las citas a T. S. Eliot, a Màrius Torres, a Samuel Beckett o a poetas del realismo sucio como Raymond Carver no son un adorno, sino el sustrato de una obra que busca en lo cotidiano su dimensión trascendental. Cada sala, cada pieza, parece querer atrapar eso que el poeta Gottfried Benn definió como «el Ser transformado en imágenes». Y es precisamente esa transformación lo que logra la exposición: hacer visible, a través del cristal y la herida, del oro y la sangre, el rastro de una memoria que, en manos de Jové, se convierte en arte de vanguardia. Al salir, uno tiene la sensación de haber recorrido no solo una trayectoria artística, sino también un paisaje interior marcado por la lucidez y la compasión.

Àngel Jové. De intactu

19.03.2026 – 27.09.2026

Comisario, Maria Josep Balsach

Museu Tápies. Carrer d’Aragó, 255, Eixample, 08007 Barcelona

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