
Dermis, Joan Fontcuberta
Tactación
Por Sema D’Acosta
La fotografía ha vivido en las dos últimas décadas un periodo de progresiva desmaterialización. Sumidos en la era digital, es hoy ante todo un algoritmo volátil que pasa de dispositivo en dispositivo sin que sea necesaria su corporeidad. Su contenido queda reducido a algo inasible que no existe en ningún sitio. Ante ese cambio de estado donde se desvincula de un soporte físico, las series de Joan Fontcuberta (Barcelona, 1955) que componen este proyecto reivindican la materia como argumento válido capaz de originar por sí misma nuevos sintagmas con significado y emoción. Una imagen no debe asumirse sólo como representación, es también un objeto modificable que posee su propia biografía. Además de interpelarnos sobre algo, cualquier contenido necesita invariablemente un continente para poder comunicarse. Ninguna imagen puede sustraerse a su modo de presentación, cuyas características condicionan su estado final. Visto desde esta perspectiva, una fotografía es igualmente una superficie que sufre alteraciones por la acción de elementos externos o el paso del tiempo, un paulatino proceso de transformación que conlleva heridas, desgaste y envejecimiento. Frente al espejismo ubicuo que promueven las pantallas, la consideración de estos aspectos hápticos relacionados con su pasado analógico nos permite reflexionar sobre determinados elementos iconográficos poco tenidos en cuenta hasta hace poco.
Esta observación atenta sobre la vida de las imágenes es al mismo tiempo una investigación semiótica sobre su naturaleza. La experimentación con las texturas posibilita la aparición de un intersticio ambiguo entre lo bidimensional y lo tridimensional que nos lleva a un espacio confuso y difícil de clasificar. Aquí, la mirada se detiene en detalles táctiles que suelen pasar desapercibidos o circunstancias de deterioro en los que apenas se ha reparado previamente. La materia se convierte en fundamento y el continente, antes silenciado, se coloca en primer término. Superado el nivel de legibilidad, nos adentramos en los interiores invisibles de lo fotográfico como si fuésemos un científico fascinado ante un universo desconocido. Dentro de la imagen, indagando en su grado cero, las únicas referencias válidas son las visuales, una belleza pura sin relato ni aditivos exógenos que ha sido desvelada por alguien capaz de hacernos recapacitar sobre aquello que vemos desde lugares insospechados. El interés en torno a conceptos relacionados con la ontología de la fotografía ha sido una constante en la trayectoria de Joan Fontcuberta, cuya obra evoluciona y crece motivada por el cuestionamiento continuo: ¿de qué están hechas las imágenes? ¿Cuál es su esencia?

GASTROPODA. Joan Fontcuberta 2026.
Muchos de estos proyectos nos sirven para especular sobre la sustancia de la fotografía. Curiosamente, el artista examina esas zonas inaccesibles como un neurólogo que mira a través del microscopio para entender el pensamiento humano a partir de la sinapsis cerebral[1]. De hecho, no es descabellado establecer una analogía entre las infinitas posibilidades de la imagen y el funcionamiento de las conexiones neurales de nuestro sistema nervioso central. La inteligencia, la memoria o las emociones son capacidades cognitivas que no se deben afrontar aisladas ni desde una sola posición, sino interpretarse de forma flexible en función de infinitas eventualidades. El cerebro no es sólo un órgano que se puede diseccionar con una autopsia, implica aspectos volátiles como el raciocinio, los sentimientos, la percepción, el recuerdo, el deseo, el aprendizaje o el habla. Igual ocurre con eso que se ha considerado hasta ahora fotografía, pero de otra manera. Las imágenes son algo más que una simple representación del mundo, debemos abordarlas como complejas codificaciones culturales que nutren nuestras ideas y el modo en el que nos comunicamos.
Ante estas confidencias íntimas que desvelan algo oculto, unidad a unidad, Fontcuberta actúa como un filólogo que destila la esencia de un lenguaje deconstruyendo el idioma para auscultar su funcionamiento, nexos yacentes que permiten relacionar unos signos sintácticos con otros de una forma similar a las pinturas minimalistas de Robert Ryman cuando exploran la materialidad de un cuadro. En ese incesante zoom-in surge una energía recóndita, de matices texturizados y gran atractivo para los ojos, que el artista rescata como un espeleólogo que dentro de una cueva se apasiona ante yacimientos desconocidos mientras recorre túneles rodeado de estalactitas y estalagmitas. En la desnudez de lo intrínseco, superado ese umbral de inteligibilidad, el potencial conceptual de lo que vemos desdobla su caudal gramático, que ya no se rige por un canon fotográfico previo, sino por otro inédito relacionado con lo constitutivo. Y así, ya en el territorio de la abstracción, estas series toman otros rumbos totalmente ajenos a la tradición documental-narrativa del siglo XX, una ampliación de nuestro imaginario que nos invita a considerar otros aspectos metafísicos, e incluso espirituales, poco tenidos en cuenta. Una vez superada la supremacía de las imágenes técnicas, la fotografía ya no tiene que rendir cuentas a una genealogía ni responder a unas expectativas relacionadas con la cámara, genera otras heterodoxias visuales en función de una gramática nueva concerniente a un código inédito y autorreferencial.

Élevage de poussière IV (Joan Fontcuberta, 2023)
Hoy, distraídos ante el caudal irrefrenable de las imágenes en scroll, su sentido se ha depreciado. Más que nunca es imprescindible razonar sobre su decrepitud, pararnos a argumentar sobre su utilidad o inutilidad, replantear su estatus, comprender qué está ocurriendo con ellas fuera de su consumo online. La fisicidad de un objeto, su cuerpo, tiene su propio tiempo vital, alejado de la inmediatez que predomina en el ritmo acelerado del día a día. Esos papeles o cristales o acetatos que yacen dormidos en archivos, contienen imágenes químicas que sufren, padecen y envejecen, dan testimonio de una existencia repleta de imprevistos que dejan cicatrices. Las mutaciones fortuitas le añaden el valor de la unicidad[2]. Su metabolismo es lento, pero inexorable. Al igual que una formación geológica como el flysch de Zumaya permite leer la crónica del planeta sabiendo interpretar sus sedimentos rocosos amontonados por millones de años, cada fotografía salvada del olvido cuenta una historia secreta cargada de misterio, sus estratos acumulados son la evidencia de un tiempo vivido. Ese análisis podemos hacerlo desde la mera seducción estética, el estudio biológico de sus componentes e incluso rastrear en las vicisitudes de sus daños. El medio con el que se transmite una imagen no es neutro, también importa, y mucho; su presencia no es inocua. Es como si observamos un paisaje por el vidrio de una ventana limpia o por otra con el cristal roto o manchado. Eso que parece invisible y no hemos tenido en cuenta, existe, sólo debemos activar el modo de evidenciarlo.
Estas fotografías amnésicas de Joan Fontcuberta, que han perdido la memoria de lo que fueron y su anclaje con la realidad que les dio sentido, son sintomáticas de una transición entre dos regímenes de la mirada suplementarios, el epílogo de una manera de ver que se acaba y otro que llega. Su testimonio admonitorio las acerca, de algún modo, a la vanitas barroca, donde una profunda reflexión sobre la fugacidad de la vida lleva al hombre sabio al desengaño tras mirar la realidad sin artificios, al margen de la apariencia. Asimismo, su fragmentación y menoscabo alimentan una cierta melancolía similar al que podríamos advertir cuando contemplamos una ruina clásica. Ante ellas, experimentamos sentimientos encontrados de pérdida, tristeza o remembranza. El ensimismamiento favorece la contemplación, una introspección particular. Se hace patente el paso del tiempo, la transitoriedad de un cuerpo finito. Aquello que un día fue hermoso, sólido y fuerte, perecerá. Ese desgarramiento interior de las fotografías dolientes evidencia que la decadencia forma parte de cualquier ciclo biológico, se prolongue por unos años o por siglos. Nacemos, crecemos y morimos. Seremos polvo y olvido. También las imágenes.
[1] A este respecto, es pertinente mencionar aquí a Santiago Ramón y Cajal, apasionado fotógrafo y destacado científico español, que obtuvo un Nobel en 1906 por sus investigaciones sobre el sistema nervioso. Existe una cierta conexión entre algunas de estas obras de Joan Fontcuberta y sus fotografías de neuronas con tinción de Golgi.
[2] Por ejemplo: los relojes tropicalizados son aquellos en los que la exposición durante años a la luz solar ha deteriorado su esfera hasta hacerla cambiar de color. Lejos de considerar ese desgaste del tiempo un defecto, esta pátina única los convierte en objetos excepcionales muy demandados por los coleccionistas.

Sema D’Acosta
Comisario independiente, crítico de arte, docente e investigador. Interesado en los distintos lenguajes de las artes visuales de hoy, especialmente fotografía y pintura. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla / Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla. / DEA: THE RICHARD CHANNIN FOUNDATION.Miembro del COMITÉ TÉCNICO CURATORIAL de la Feria Estampa.Director y guionista del documental LUIS GORDILLO. MANUAL DE INSTRUCCIONES.Actualmente, comisario del Premio ANKARIA PHOTO sobre Fotografía del siglo XXI, comisario del FULL-CONTAC del Festival Internacional de Fotografía SCAN de Tarragona.Asesor Artes Visuales Programa AC/E para la internacionalización de la Cultura Española (PICE).

