Miguel Trillo: cartografías de la identidad juvenil global.

Circuits en la Vall d’Uixó y la persistencia de una mirada

Por Alfredo Llopico 

En el Edifici Cultural Leopoldo Peñarroja de la Vall d’Uixó puede verse hasta el 31 de marzo Circuits, el nuevo proyecto de Miguel Trillo, una exposición que sintetiza dos décadas de trabajo (2005-2025) y confirma la vigencia de una de las miradas más coherentes y necesarias de la fotografía española contemporánea. Organizada desde la Fundación Caja Castellón, la muestra prolonga la línea de investigación iniciada en la Sala Sant Miquel de la entidad castellonense y sitúa al artista en un contexto global donde la cultura juvenil, la moda y la construcción de la identidad visual se entrelazan.

De la Movida a la globalización de la imagen

Para entender Circuits hay que recordar que Trillo no es un recién llegado al fenómeno que documenta. Su trabajo nace en el Madrid de la Transición, en diálogo con el ecosistema cultural de la llamada Movida y con una generación que convirtió la calle en escenario y laboratorio identitario. En ese sentido, su archivo constituye un contrapunto imprescindible al imaginario de Andy Warhol: si Warhol anticipó la lógica de la celebridad instantánea, Trillo ha observado durante casi cincuenta años a quienes aspiran —consciente o inconscientemente— a ocupar ese lugar.

Desde los retratos de tribus urbanas en los ochenta hasta los itinerarios internacionales actuales, su práctica ha mantenido un mismo eje: la juventud como sujeto histórico y la imagen como territorio de negociación social. No hay nostalgia en Circuits, sino continuidad. El paso del haluro de plata al píxel digital no modifica el núcleo de su proyecto: la construcción de un atlas visual de las formas de pertenencia.

Miguel Trillo, Circuits, 2026

La calle como pasarela

Las fotografías reunidas en la exposición proceden de ciudades de Europa, Asia, África, América y Oceanía. Sin embargo, el interés de la serie no radica en su geografía, sino en su homogeneidad generacional. Trillo no busca el exotismo ni el reportaje de viaje: identifica un mismo gesto, una misma conciencia de la propia imagen, en Madrid, Tokio o Ciudad del Cabo.

El desplazamiento fundamental respecto a su trabajo inicial es espacial y temporal. Si en los años ochenta el epicentro era la noche, el concierto y el club, hoy el foco se sitúa en el espacio urbano diurno y en el entorno de las fashion weeks. La calle se ha convertido en pasarela y los asistentes en performers de su propia identidad. El público ha ocupado el lugar del espectáculo.

Aquí el fotógrafo no actúa como cazador de instantáneas sino como mediador. Los retratados miran a cámara con plena conciencia de su papel; posan, negocian, construyen una imagen de sí mismos que será inmediatamente absorbida por la circulación digital. La fotografía deja de ser documento unilateral para convertirse en pacto.

Entre documento y estilo

Uno de los aspectos más relevantes de Circuits es la posición híbrida de Trillo entre la tradición documental y el street style contemporáneo. Su economía de medios —fondo neutro, frontalidad, ausencia de dramatización— remite a una ética de la observación que lo distancia tanto del fotoperiodismo como del fetichismo de la moda editorial.

Esa neutralidad aparente es, en realidad, una estrategia crítica. Al eliminar el contexto espectacular, desplaza la atención hacia la performatividad del cuerpo y la vestimenta como lenguaje. La moda deja de ser industria para convertirse en código social: un sistema de signos que permite la afiliación, la disidencia o la experimentación de género.

En este sentido, Circuits funciona como archivo de las nuevas políticas de la identidad. La presencia de estéticas andróginas, la disolución de los binarismos y la visibilidad de comunidades LGTBIQ+ no aparecen como tema, sino como condición de posibilidad del retrato contemporáneo.

Foto Miguel Trillo, proyecto libro Pasarelas

Del fanzine a Instagram

El recorrido histórico que atraviesa la exposición —del fanzine fotocopiado al flujo continuo de Instagram— plantea una cuestión central: ¿qué significa fotografiar en una era en la que todos producen imágenes? La respuesta de Trillo no pasa por la espectacularidad técnica ni por la búsqueda del instante decisivo, sino por la persistencia de la mirada.

En un contexto de saturación visual, su trabajo recupera la dimensión relacional de la fotografía. Cada retrato implica tiempo, negociación y reconocimiento mutuo. Frente a la lógica del scroll, propone la pausa; frente a la autoimagen instantánea, la construcción compartida.

Aquí reside la dimensión política del proyecto. No se trata de documentar tendencias de moda, sino de registrar cómo una generación utiliza la imagen para existir socialmente. La visibilidad ya no es consecuencia de la fama, sino condición previa para la pertenencia.

Cartografía de una comunidad transnacional

Aunque los retratados son anónimos, Circuits configura una comunidad. Los códigos visuales —peinados, maquillaje, prendas, gestos— funcionan como marcadores de afinidad que atraviesan fronteras culturales. El resultado es una cartografía de la juventud globalizada en la que las diferencias geográficas se diluyen en favor de un imaginario compartido.

Esta homogeneidad no implica uniformidad, sino la existencia de un lenguaje común. La moda opera como segunda piel y como interfaz comunicativa. En ese sentido, la exposición dialoga con los estudios sobre cultura visual y subculturas urbanas, pero evita su taxonomía: no clasifica, observa.

Miguel Trillo, Circuits, 2026, Fundació Caixa Castelló

Un proyecto curatorial en continuidad

La muestra en la Vall d’Uixó no es un episodio aislado, sino la culminación de una línea de trabajo desarrollada desde la Fundació Caixa Castelló. El proyecto curatorial ha apostado por contextualizar la trayectoria de Trillo en relación con la memoria de la Transición, la transformación de las culturas juveniles y la mutación del ecosistema visual contemporáneo.

Esta continuidad permite leer Circuits como parte de una investigación a largo plazo sobre la construcción de identidades en el espacio público. La exposición no se limita a presentar imágenes, sino que propone una genealogía: de las periferias madrileñas de los ochenta a la red transnacional de las fashion weeks.

Permanecer en la mirada

En última instancia, el valor de Circuits radica en su capacidad para producir memoria en un tiempo de obsolescencia acelerada. Las imágenes de Trillo capturan instantes destinados a desaparecer —la pose efímera, el atuendo irrepetible, la fama de unos segundos— y los convierten en archivo de una sensibilidad generacional.

En un mundo donde la visibilidad se ha convertido en fin en sí mismo, su fotografía recuerda que no basta con aparecer: hay que ser mirado. Y esa mirada, sostenida durante casi medio siglo, es la que sitúa a Miguel Trillo como un cronista imprescindible de la cultura visual contemporánea.

Circuits no es solo una exposición sobre moda o juventud; es una reflexión sobre la condición contemporánea de la imagen y sobre la persistencia de la fotografía como espacio de encuentro. En tiempos de producción masiva de selfies, Trillo sigue demostrando que la diferencia no está en la cámara, sino en la relación que se establece frente a ella.

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