
M.Ángeles Díaz Barbado. Tristán
Del 20 de febrero al 10 de abril de 2026
Galería Isabel Hurley
Paseo de Reding, 39, entreplanta 2, 29016, Málaga
El período comprendido entre la publicación de Tristán en 1903 y La montaña mágica en 1924 constituye el lapso más intensamente creativo en la vida intelectual de Thomas Mann. Dicha etapa traza una elipse que recorre los tiempos de una época que se precipita en un mar en zozobra, agitando los fundamentos establecidos e invitando, como señalara Alfred Kubin, a ejecutar la «danza macabra de los principios». De este tiempo convulso, Mann emerge como un testigo privilegiado. Ya Los Buddenbrook había representado una verdadera lección de historia, cuyo sujeto central era la burguesía alemana del siglo XIX, expuesta ahora a un destino incierto. Siguiendo la estela de Theodor Fontane, el autor había señalado el viaje en el que observa cómo el pesimismo se domicilia en la conciencia burguesa alemana, unas implicaciones político-ideológicas de las que más tarde daría cuenta Georg Lukács.
Es en este contexto donde la novela corta Tristán adquiere una significación especial, mostrando un cambio de registro narrativo que se distancia de la lección histórica para abrirse a una fantasía desde la que asomarse a los interrogantes de su tiempo. Al igual que ocurrirá en La montaña mágica, un sanatorio se convierte en el lugar elegido para narrar el tiempo de la enfermedad y la muerte, abrazados a la experiencia del deseo y la pasión en un viaje que desde su inicio anuncia la imposible Bildung, ese eje central de la filosofía del clasicismo alemán que el romanticismo elevó a su expresión más alta. Es en esa tradición donde, desde Hölderlin a Kleist, se anuncia el naufragio como expresión negativa de lo moderno.
En este viaje intelectual, dos amigos algo intempestivos jugarían un papel crucial en la dirección del pensamiento de Mann. El primero de ellos fue Nietzsche, cuya visión espiritual y estilo lo cautivaron de una manera única, ampliando así el horizonte de sus reflexiones y su libertad interpretativa. El ethos y el arte de Nietzsche iluminaban un recorrido por una época que anhelaba el mundo que Zaratustra había evocado en su grito profético desde Sils María. Mann recordaría con una admiración secreta «la relatividad del inmoralismo de este gran moralista», ya que su glorificación de la vida a expensas del espíritu era un elemento que siempre alimentó la perplejidad que lo acompañaba en su lectura. Junto a Nietzsche, Schopenhauer se erige como la segunda gran influencia. Ya había marcado el horizonte filosófico de Los Buddenbrook, anticipando la muerte de Thomas, pero su presencia va más allá de esa primera etapa juvenil. En su Relato de mi vida, Mann señala las diferencias: mientras que la influencia de Nietzsche era más artística y cultural, la de Schopenhauer representó «una experiencia psíquica inolvidable», recordando la satisfacción que le brindaba aquella poderosa negación y condena moral-espiritual del mundo, expresada en un sistema de pensamiento cuya musicalidad sinfónica lo seducía profundamente.

