
Tiempo, imagen y sonido.
Por Saray Díaz García
La obra de Txuspo Poyo siempre me ha parecido un ejercicio de arqueología emocional. Toma fragmentos, archivos, restos de discursos visuales que parecían cerrados y los vuelve a activar. No hay nostalgia en su gesto; hay fricción. Sus piezas no miran al pasado con solemnidad, sino con una mezcla de lucidez y sospecha. Como si nos preguntara constantemente: ¿de verdad era así?, ¿quién decidió que lo recordáramos de esa manera?
En un momento en el que consumimos imágenes sin apenas rozarlas, su trabajo exige otra actitud. Detenerse. Sostener la mirada. Aceptar que la memoria es un territorio inestable.
Cruzar el umbral de Anónima es como adentrarse en un lugar donde el pasado y el presente conversan de forma constante. Aunque el artista rechace la idea de retrospectiva, lo que se despliega en esta exposición es algo más complejo que una suma de proyectos: es un archivo vivo. No un archivo en el sentido acumulativo o museográfico, sino en el sentido que le otorgó Michel Foucault: el archivo como sistema que determina qué puede ser dicho, qué puede ser visto y qué puede ser recordado en una época determinada. Tiempo, imagen y sonido no son aquí categorías formales. Son dispositivos.

En piezas como Cadáveres exquisitos (2001-2005) o Cumpleaños de 1 a 100, Poyo registra celebraciones anónimas, rostros sin relato heroico, cuerpos que envejecen. El gesto parece sencillo, pero es radical: archivar lo ordinario es disputar el monopolio de la memoria.
Sin embargo, decidir qué se conserva implica decidir qué desaparece. El vacío —lo que no está, lo que se perdió, lo que fue silenciado— atraviesa toda la exposición. El obituario póstumo donde conviven figuras ideológicamente enfrentadas como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Silvio Berlusconi o Mikhail Gorbachev lo evidencia con crudeza: la muerte suspende las jerarquías. El poder se relativiza ante la desaparición del cuerpo. Pero incluso la muerte puede convertirse en relato administrado.
En la segunda sala nos encontramos con su relectura del Gran Vidrio de Marcel Duchamp. Si éste intelectualiza el deseo como máquina simbólica —una estructura donde la frustración era constitutiva—, Poyo lo traslada al régimen contemporáneo de la pantalla. Donde Duchamp utiliza vidrio, Poyo usa imagen digital. Donde había transparencia y mecanismo, ahora hay interfaz y saturación. Aquí el deseo ya no es metafísico; es mediático.
La pantalla no muestra el mundo: lo filtra, lo organiza, lo hace consumible. No es solo soporte, es dispositivo: una red de prácticas, saberes e instituciones que producen sujetos. El espectador ya no sólo contempla; se convierte en usuario.
El control institucional llega de la mano del Túnel de la Engaña (2014-2016), el artista rescata un fracaso de la ingeniería franquista: una infraestructura monumental abandonada, nunca celebrada por el NO-DO.

En Izaro (2012-2018), la Isla de Izaro, la productora Izaro Films y el incendio del Edificio Windsor forman una constelación crítica. El rascacielos ardiendo —símbolo del capital financiero— se transforma en imagen espectacular. Como señaló Guy Debord, el capitalismo no sólo produce mercancías: produce imágenes de sí mismo.
Incluso su propia caída puede convertirse en espectáculo.
La pregunta que atraviesa la obra es incómoda: ¿la destrucción del símbolo financiero implica una transformación real o solo alimenta el circuito visual del sistema? El artista no responde. Expone la estructura.
Sus Gabinetes pedagógicos I y II (2020-2021), nos hablan de la reconversión de espacios educativos religiosos en hoteles de lujo revelando así otra dimensión del poder: la neutralización de la memoria crítica.
El Colegio Nazareno fundado por José de Calasanz y su transformación bajo la lógica del mercado turístico —con intervención del cineasta Luca Guadagnino— es solo una operación inmobiliaria. Es una resignificación ideológica.
En el marco de la política cultural europea contemporánea, la neutralización institucional opera como una forma sutil de desactivación crítica. Muchos espacios cargados de memoria —educativa, religiosa, industrial o incluso conflictiva— son integrados en programas de rehabilitación, financiación y circulación cultural que los preservan formalmente pero amortiguan su potencial político. La integración en redes, subvenciones y discursos de “innovación” o “regeneración” convierte antiguas fricciones históricas en superficies gestionables. Así, la memoria no desaparece, pero se reencuadra; el conflicto no se niega, pero se estetiza. Es entonces cuando la cultura, corre el riesgo de convertirse en un dispositivo de consenso donde la crítica es permitida siempre que no desestabilice la arquitectura institucional que la sostiene. Cuando el espacio del saber se convierte en espacio de consumo, el conocimiento se estetiza y se desactiva. La pedagogía se convierte así en pura decoración.

Entre los gabinetes pedagógicos, nos encontramos con Martillos y clavos que funcionan como metáfora del pensamiento único. Si solo poseemos una herramienta, todo problema adopta la forma que esa herramienta puede abordar.
La exposición puede parecer caótica porque el presente lo es. Las imágenes se superponen como capas sin jerarquía clara. Algunos diálogos no se resuelven. Pero quizá esa sea su coherencia: mostrar que el presente no es lineal ni armónico, sino una superposición de capas donde capital, memoria y territorio se disputan el sentido.
Un faro ilumina mientras hormigas avanzan en sentido contrario. Razón y multitud. Control y deriva. Las historias nunca son neutrales. Las imágenes nunca son inocentes. Quizá ahí reside la dimensión más política de la obra de Txuspo Poyo: en mostrar la estructura sin renunciar a la fragilidad.
Me quedo absorta en El Estudio, una sala que no pretende ser una recreación física del taller de Poyo, sino más bien una invitación a pensar en el proceso creativo como territorio emocional. Aquí no ves solo resultados, sino incertidumbres: materiales, pruebas, objetos encontrados y pensamientos suspendidos en el aire.
Lo que más sorprende de Anónima no es solo la diversidad de formatos —vídeo, instalación, fotografía, objetos— sino la forma en que todo ello te interpela convirtiéndose el recorrido en toda una experiencia personal.
En conjunto, la exposición es generosa; te deja ver no solo los resultados, sino también los caminos tortuosos de la creación. A veces puede sentirse densa, incluso desafiante, pero esa dificultad no es un obstáculo: es parte del diálogo que Txuspo Poyo pretende establecer.
Anónima
Txuspo Poyo
Comisariado: Álvaro de los Ángeles
Azkuna Zentroa, Bilbao
Hasta el 17 de mayo de 2026

