José Manuel Ruiz. Gabinete de un intervalo

Una instalación en Cámara Bufa de Toledo

La labor de un artista no es otra que iluminar aquellos rincones que se daban por oscuros, que habían sido olvidados por insuficientes, tirados a la basura. También al contrario: oscurecer con dudas lo que parecía suficientemente iluminado. Es el juego entre presencia y ausencia, entre el vacío de una calle y la ilusión chestertoniana de doblar la esquina. Una bella paradoja. Basta con pensar la ausencia para que desaparezca. O decir silencio. O nombrar a Dios.

Acepté la invitación del Consorcio de la ciudad de Toledo para intervenir su Cámara Bufa, un espacio arquitectónico de gran singularidad, tanto por su ubicación, en el subsuelo medieval de la ciudad, como por su función de aislamiento, pues con él se aísla de la humedad uno de los muros del Protomonasterio de la Orden de la Inmaculada Concepción, un convento de clausura que data del siglo XIII. Y es precisamente aquí, en su capacidad de aislamiento de la cámara, de intervalo espacio-temporal, de espacio entre dos instantes, donde centré la atención para producir mi gabinete particular: Gabinete de un intervalo.

Porque un gabinete es un lugar de colección, de estudio, de meditación, de contemplación, donde el propietario —conde, príncipe, noble— se retiraba a disfrutar del universo pictórico de cada una de sus obras. Ventanas desde donde asomarse al mundo y mediante las que enriquecer los propios. Vanos autocontenidos de un valor incalculable que, en el caso de la presente propuesta, se muestran como un conjunto de marcas o huellas sobre uno de los muros del espacio. Los cuadros ya no cuelgan de la pared, solo están presentes como ausencia sugerente. Junto a estas marcas y repartidas por el suelo de la cámara, cinco cajas de transporte de obras de arte de diferentes medidas en cuyas tapas, grabadas con plantillas, podemos leer: «Epifanía de lo invisible», «Como impertinencias del lenguaje», «Ve la criatura lo abierto», «Un cierto sentimiento de presencia» o «Hasta abismarse en la lengua», entre otros textos. Pasajes breves que apelan a una dualidad latente y que, aunque parezcan independientes, tras recorrer la instalación, caeremos en la cuenta de que pueden funcionar en conjunto o, al menos, que pueden ser combinados casi de forma aleatoria, amplificando así su potencial poético y evocador.

Pero estas cajas de madera no están vacías. O sí lo están. Dos millones y medio de euros triturados, convertidos en viruta. Cuarenta kilogramos de billetes de curso legal —de 5, 10, 20, 50, 100 y 200 euros— que, tras ser retirados de la circulación, han sido destruidos y, por ende, perdido su valor, rebosan cada uno de los contenedores y se esparcen por el suelo irregular de cemento de la cámara. Se trata de un material, indudablemente, con gran potencial simbólico, que llevaba un tiempo persiguiendo.

Una instalación donde encontramos siempre una oposición coincidente, la paradoja del valor y de su pérdida, de la luz y la sombra, del contenedor y el continente. Pareciera que el gabinete ha desaparecido o se encuentra en tránsito. Una instalación donde algo está en marcha, como el aire del bufido que define a la cámara. Que algo ha sido abandonado. O transvalorado. O perdido. Un silencio, quizá, «apenas cuantificable con las medidas del tiempo».

La instalación puede visitarse hasta el 28 de febrero, de martes a sábado en horario de 10 a 14h.

Más información en https://consorciotoledo.com/eventos/camarabufa/exposicion-gabinete-de-un-intervalo/

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