Vitaly Komar’s Ruins runs, 2025, at Guelman und Unbekannt, Berlin.

EL PALACIO DE INVIERNO ESTÁ EN OTRA PARTE.

Por Francesc Torres.

La jugada zarista barcelonesa le ha salido torcida a Manolo Borja y ha tenido que volver a Madrid después de dar unas declaraciones tendenciosas del mismo calibre de las que dio cuando dejó la dirección del Reina Sofía. Esta vez, sin embargo, no ha habido recogida de firmas de apoyo internacional a su persona. Menos mal. Que la cosa no podía funcionar estaba cantada porque los directores/as de los principales museos catalanes no se iban a dejar hacer por razones obvias de amor propio y orgullo profesional. El impasse se intentó solucionar fabricando una misión que nadie había pedido, que se bautizó como “museo habitable” y que no hubiese visto luz diurna si Manolo hubiese seguido, como él quería, en el Reina Sofía. El tema ya está discutido y no voy a abundar en él. De lo que quiero hablar es del manido tema de la “crisis del museo” que tanto hace salivar a una parte del personal que necesita dejar claro que están en este mundo (el del ciclo de conferencias, mesas redondas y simposios) para ser radicalmente críticos a expensas del museo de arte, pero no del de ciencias naturales ni del de antropología o del de arqueología, por poner algunos ejemplos. Todos estos museos tienen problemas ideológicos y de narrativa histórica, seguro, pero no deben considerarse, por razones que se me escapan, como epistemológicamente difuntos. Nadie los cuestiona in toto. El museo de arte, en cambio, debe ser reinventado urgentemente porque está que se cae. Está en “crisis”, dicen.

            Pues bien, discrepo. El museo, como el libro o la democracia misma son instrumentos y conceptos marco a los que se les puede inyectar multiplicidad de contenidos, unos más afortunados que otros, que pueden y deben por descontado cuestionarse ad infinitum para mayor gloria y salud del debate cultural, cívico o político. Pueden y deben ser cuestionados en su metodología, si es patentemente deficiente, desfasada o inane. Pero si cuestionamos de raíz el concepto de democracia, adiós democracia, si hacemos lo mismo con el museo, adiós museo y si hacemos lo mismo con el libro, adiós libros, editores y librerías. Mientras hay razones para desear que un museo funcione lo más perfecta y eficientemente posible para beneficio de la ciudadanía la cual, en el caso de un museo público, es la propietaria del patrimonio que dicho museo atesora, conserva, estudia, interpreta y muestra, no hay ninguna razón de peso para cuestionar de arriba abajo su función. Si se cree que hay otras maneras de hacer, gestionar y mostrar arte pues se crean y punto, se observa qué dinámicas emergen y se trabaja sobre ellas, pero no hace falta forzar al museo a ser otra cosa que la que es. El museo está para explicar el mundo mediante el arte, no para resolver el problema de la vivienda. Por cierto, me pregunto a qué se debe que nunca se cuestione la naturaleza del mercado y el sistema comercial del arte y, en cambio, todas las andanadas críticas se las tenga que comer el museo de arte sin el cual ninguna/o de nosotros hubiésemos tenido la oportunidad de disfrutar y aprender en directo lo que muchos de nosotros más queremos en este mundo: el arte.

            Da risa que, en España, país que tiene museos importantes con excepción de El Prado desde hace prácticamente dos días –pero flagrantemente sub-financiados en su mayor parte– haya tanta afición a torpedear el museo desde dentro mismo del sector por personajes clave que han hecho carrera en las instituciones que ahora cuestionan. La brillantez de Manolo Borja en su momento consistió precisamente en tomar las riendas de un museo “convencional” forzándolo a dar saltos mortales que nadie se había atrevido a intentar antes, sentando así precedentes importantes y modelos a seguir para otras instituciones más tímidas o víctimas de una falta de imaginación crónica (esto sí que es un problema grave). Se ha llegado al extremo de poner en tela de juicio la expansión del MACBA y del MNAC con la excusa de los costes, por ejemplo, cuando tienen que funcionar con el freno de mano puesto en comparación con sus iguales europeos y algunos españoles. Estamos hablando, en definitiva, del chocolate del loro en relación a la economía de un país. Comparen presupuestos al norte de los Pirineos y verán de lo que hablo. Por faltarles, a los dos museos que acabo de mencionar, les falta hasta espacio suficiente de almacenaje. Estamos hablando de lo más básico, del tuétano del hueso, cuando es evidente que un museo que no puede almacenar no puede obviamente coleccionar que es lo que define, por sentido común, su misión fundamental. Bajo este estado de cosas cuestionar la expansión de los museos citados, es una pasada de frenada incomprensible. Ya puestos, ¿por qué no se cuestiona entonces el museo de las colecciones reales de Madrid, un parque temático ornamental para mayor gloria de la monarquía? Ese si que, en mi opinión, no tiene sentido alguno.

            Las carencias del museo en relación a temas de producción de obra (que es lo que el/la artista necesita) vienen dadas por el hecho contrastable de que esta no había sido su función hasta hace muy poco. Hablar de que un museo como el Whitney, por ejemplo, produjera obra inédita era hablar en sánscrito hace tan solo cuatro décadas. Que ahora nadie lo ponga en duda tiene mucho mérito y es algo que no cayó del cielo, fue el resultado de la voluntad simbiótica de un pequeño grupo de curadores y artistas jóvenes en Estados Unidos en la década de los ’70 del siglo pasado que hicieron dar al museo un vuelco radical de 180 grados y sobre lo que, curiosamente, no se ha escrito una sola tesis. En cualquier caso, para subsanar las inercias museísticas estaban (en el norte de Europa) las Kunsthalles. En España tenemos espacios parecidos, pero con un presupuesto operativo tan exiguo que hace muy difícil, por no decir imposible, que puedan actuar con ambición.

            A donde quiero ir a parar con todo esto es a defender la tesis de que la prioridad de los museos en un país como España en el presente es su desarrollo institucional y económico hasta alcanzar el nivel de consolidación que afiance su futuro y paridad inexcusable con sus colegas europeos. Cuando lo hayamos alcanzado, entonces podremos empezar a inventarnos y financiar adecuadamente otras cosas. Inventarlas antes de hora va en detrimento de los recursos que la gran mayoría de los museos de arte realmente necesitan ahora mismo.  No solucionaremos nada creando instituciones “experimentales” para condenarlas, además, a que funcionen a medio gas en contra de prioridades más acuciantes cuando lo que tendríamos que rectificar es ser los parientes pobres de la museología europea. Primero hay que consolidar lo que tenemos y blindarlos ante su más que posible desguace si la extrema derecha se hace con el gobierno de España ahora que Vox trabaja para Trump. Puede pasar, no nos engañemos. Mientras no tiene sentido cuestionar el barco cuando todavía no se ha llegado a puerto. Igual acabas hundiéndolo a mitad de trayecto. El museo no está en crisis. Nosotros sí, haciéndonos constante e inútilmente con la manguera un lío. Y perdonen la expresión.

3 thoughts on “EL PALACIO DE INVIERNO ESTÁ EN OTRA PARTE.

  1. Estimado Francesc, gracias por tu artículo, que plantea temas importantes para todos los que nos dedicamos al arte. Estoy de acuerdo en muchas cosas, pero no en tu conclusión principal, que no hay tal crisis. Una respuesta fundamentada requeriría mucho más tiempo del que puedo dedicar ahora, y mucho más espacio del que sería razonable usar en un comentario. La crisis del museo, y de manera especial la del museo de arte contemporáneo, es un tema complejo que se puede abordar desde diferentes perspectivas y con metodologías también muy distintas. Trabajo hace tiempo en un libro sobre el tema. Lo cierto es que el museo, institución ilustrada por excelencia, está en crisis, como todo lo que sobrevive de aquel periodo. No sólo el de arte. Tony Bennet, en The Birth of the Museum (1995), analiza museos con un rango muy amplio de contenidos para sustentar su tesis de que se trata de una institución disciplinaria. Pero ya antes Peter Vergo había puesto sobre la mesa las muchas contradicciones del de arte moderno-contemporáneo en The New Museology (1986). Y en la famosa y muy inspiradora obra de Peter Burger Teoría de la vanguardia (en alemán en 1974, en inglés en el 84) hay implícita una crítica de las instituciones mediadoras del arte. Podría remontarme más en el tiempo con Bourdieu y Certeau, pero la literatura crítica más interesante es la que se ha publicado a partir del 2000, como respuesta sobre todo a la apertura de la Tate Modern.
    Una de las muchas razones por las que el museo de arte contemporáneo está en crisis es ese adjetivo convertido en categoría estética: contemporáneo. Su permanencia en el tiempo es toda una «contradictio in terminis». Yo he analizado en otro sitio la relación malsana del museo con el turismo, con consecuencias que van mucho más allá de la gentrificación urbana y de la insostenibilidad ecológica. Pero si hay algo que nos indica de manera incontestable la crisis del museo, es precisamente ese furor adjetivador de Borja Villel, que nunca ha dejado de buscar un atributo que le salve los trastos en esta nave a la deriva.
    No se trata, por supuesto, de ver cómo hundimos el barco. Pero si el barco hace aguas, habrá que analizar por qué. El museo tiene poco más de dos siglos de historia, la categoría «moderno» se la añadió el MOMA en 1929, y el «contemporáneo» se lo debemos al Pompidou, fundado en 1977. Y puede que ya no le quede tanto futuro como pareces suponer. El museo no tiene la densidad histórica de la democracia o el libro, que es como decir la política y la lengua escrita. El arte, en cambio, sí la tiene.
    Muchos autores cuestionan la formación del canon, o la relación con el mercado y los procesos de producción de valor, o la producción de significado, o cuestiones de género, incluso hay análisis narratológicos. El tema, como he dicho al principio, da para mucho, para muchísimo. Pero es cierto que en nuestra lengua apenas hay literatura sobre la crisis del museo, y que en España nadie está interesado en meterse en semejante berenjenal, sobre todo porque quienes deberían hacerlo, o cobran o esperan cobrar un sueldo de un museo, y no se trata de morder la mano que te da de comer. Ya sabemos que el rigor no es una de las virtudes de nuestro sistema artístico. Y también hay que decir que desde que cerró Brumaria, el pensamiento crítico parece haberse extinguido entre nosotros.
    En fin, que el «museo-centro de arte contemporáneo» (sea habitable, situado, tentacular, de los cuidados o de mucho cuidado) está en crisis. Pero también es cierto que en España se han construido muchos porque las obras públicas son muy jugosas para los políticos, pero luego los han dejado en la indigencia no sólo intelectual, sino económica. Los artistas lo necesitamos, desde luego (pese a la mediocridad de los programas que estamos viendo en Madrid) al menos hasta que inventemos algo mejor. Pero que yo sepa, no le importa a nadie más. Sólo cuenta la cifra de visitantes. Un abrazo.

    1. Estimado Tomás, gracias por tu cuidado comentario a mi artículo, que paso a responder aprovechando para matizar mejor la razón por la qué relativizo la crisis por la que supuestamente atraviesa el museo como idea, como concepto y como realidad. Teniendo en cuenta que la crisis es consubstancial a la especie humana (el movimiento moderno es un ejemplo clínicamente puro, y hay multitud de ellos), es decir, es de hecho una normalidad de facto en el ser humano (el arte es una respuesta a esta evidencia) todo se desdramatiza considerablemente. Que los museos tengan cantidad de problemas de todo tipo no los sitúa en una situación de crisis. La prueba es que siguen existiendo por más certificados de defunción que se manifiesten. Este hecho parece indicar que el campo de batalla es el de los contenidos y las narrativas. Para que se dé este contexto primero tiene que haber una colección que es la piedra angular que justifica al museo (de lo que sea) y la base que hay que estudiar, conservar, exponer y explicar. Aquí es donde entramos en la nuez del asunto. Vuelvo a mi analogía de la democracia. Al concepto e idea marco de democracia le puedes inyectar multiplicidad de contenidos y matices que siempre estarán abiertos de criticas, relecturas y cambios, pero si cuestionas el principio mismo estás cavándole la tumba. La alegría y banalidad con que se está atacando desde dentro del sector al MACBA, por ejemplo, un museo con problemas desde su fundación y que sigue siendo institucionalmente frágil tres décadas después sin haber solucionado nada, es realmente sorprendente. Lo mismo con el MNAC. En ambos casos el casus belli es la expansión de ambos, en mi opinión necesaria. Es decir, Barcelona es una ciudad única en el mundo, en la que una parte substancial de su mundo artístico no quiere que sus museos de campanillas, severamente sub-financiados, crezcan. Nadie critica la galaxia de “fábricas de creación”, pseudo kunsthalles, etc., funcionando todas con un zapato y una alpargata sin llegar ser alternativas de nada. Defiendo justamente la consolidación del museo con recursos suficientes para cuestionar, reinventar, y redefinir lo que haga falta, pero sin poner en tela de juicio el contenedor que crea el contexto que hace que todo esto pueda ser posible. Puede haber falta de flexibilidad e iniciativa, puede obstáculos de todo tipo, puede haber déficit de ambición política, pero no hay una enfermedad terminal del museo en absoluto. No salir de esa dinámica puede ir muy bien para alimentar el circuito de mesas redondas y conferencias, pero se queda en lo epidérmico como quedó elocuentemente patente en lo sucedido en Barcelona el año pasado. Pienso en un caso que califica como crisis museística pata negra, me refiero a cuando el Museum of Fine Arts de Detroit estuvo planteándose la venta de su colección entera para ayudar a pagar el déficit municipal atroz de la ciudad que lo acoge. Afortunadamente no llegó el agua al rio que le da nombre. Abrazos.

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