El dedo en la llaga

Por Carlos Jiménez

El dedo en la llaga es el título de un documental dirigido por Enrique Palacio que es una excelente cala en la obra de Santiago Sierra, el artista español contemporáneo que puede enorgullecerse de haber expuesto o realizado intervenciones artísticas en los cinco continentes. Ha superado en la proyección internacional de su trabajo al mismísimo Antoni Muntadas, quien también ha expuesto a todo lo largo y lo ancho de este planeta pero que no lo ha hecho ni en el Polo norte ni en el Polo sur, como si lo ha hecho Sierra. Y si comienzo esta reseña del documental dedicado a su obra es para resaltar una de sus virtudes: la de ofrecer una visión sintética y a la vez representativa de una obra tan extensa como diseminada y poliédrica. Y al mismo tiempo tan coherente en todos los sentidos: ético, estético y político y desde luego gráfico. Coherencia que yo, luego Ida Pisani, su galerista en Italia, y ahora Palacio, hemos intentado resumir con la expresión: “El dedo en la llaga·”. Porque si algo distingue e individualiza el dilatado trabajo artístico de Sierra es su voluntad de poner el dedo en la llaga, entendiendo en su caso por “llaga” todo aquello que en la sociedad contemporánea es una afrenta a la libertad humana – tan distinta y tan distante de la libertad empresarial. O es una degradación inaceptable de la condición humana, si se me permite evocar aquí al olvidado André Malraux. 

Santiago Sierra, Los Encargados. Fotograma del documental.

Afrentas y degradaciones que, aunque ocurren cotidianamente y delante de nuestras narices, habitualmente pasamos por alto, hasta que llega un artista como él, pone el dedo en la llaga y nos damos por fin cuenta de que está allí y son una llaga.  Sierra corre o rasga el velo de Maya y descubrimos de golpe que, en una sociedad en la que tanto el Estado como los medios y los lideres políticos, reafirman continuamente su compromiso con la libertad solo para mejor escamotear un hecho fundamental: los trabajadores están sometidos a un régimen dictatorial allí donde el sometimiento al mismo es indispensable para intentar llegar a fin de mes: la empresa capitalista. En ella se trabaja bajo la amenaza siempre latente cantada por el tango Jornalero: “te dice un holgazán si te gusta bien y si no te vas”. La dictadura en el corazón del reino de la libertad.

Esta es la llaga la que Sierra ha puesto en evidencia ejerciendo él mismo, públicamente y en los escenarios sublimes del arte, ese mismo poder dictatorial. Lo hace exponiendo públicamente el mecanismo normalmente oculto del trabajo bajo el capitalismo: contratando trabajadores y poniéndoles a hacer lo que él manda, sin importar si es plausible, razonable o sensato aquello que les ha mandado a hacer. Sin importarle siquiera que piensen o sientan los trabajadores contratados de les han puesto hacer.

Santiago Sierra en el conversatorio del documental en el MAC, Chile.

La decisión de duplicar de esta manera despiadada la conducta habitud de los empresarios, supone un giro copernicano en la larga historia de las de denuncias de los casos flagrantes de explotación capitalista hechas por anarquistas, comunistas, populistas o socialistas. Esas eran y aún son denuncias hechas desde fuera de la escena en la que se consuma la denuncia. El autor y su público están fuera de ella, aunque por empatía o solidaridad reconozcan la veracidad de la denuncia y se indignen por ella.  Pero están fuera, insisto. Como igualmente están fuera de la escena los obreros que padecen el abuso o la humillación denunciada.

En cambio, en la larga lista de acciones proyectadas y realizadas por Sierra, todos los implicados están dentro. Él actuando como empresario y los obreros cargando volúmenes, encerrados en cajas, emparedados, permitiendo que les tiñan de rubio sus negras cabelleras africanas o dejando que les tatúen una línea insensata en la espalda, etcétera. También los espectadores dentro pero no de manera remota, vicaria, como en el teatro o la literatura, sino testigos presenciales del acto mismo de sometimiento de los trabajadores e irremediablemente cómplices directos de la realización del mismo. Porque, al fin y al cabo, todo el tinglado se ha montado con el propósito de que alguien lo vea, para que tenga espectadores. El arte, para bien y para mal, siempre tiene un telos y su finalidad sin fin somos nosotros.

Santiago Sierra. No, Global Tour. Fotograma del documental.

Sé que es difícil asumir esta responsabilidad. Pero no solo esta desde luego. Los mortales, como dejó escrito en alguna parte el poeta Thomas Stern Elliot, no podemos soportar demasiada realidad. Lo real es traumático, ha sentenciado Jacques Lacan. Por lo que preferimos fingir que nadie nos explota ni nos somete a voluntad, que los empresarios son amables y desinteresados, que nuestros gobernantes y lideres políticos solo buscan el bien común etcétera. Ellos fingen, nosotros también y todos tan contentos. O fingiendo que lo estamos. Es un régimen generalizado de fingimiento, cuya primera descripción la realizó Calderon de la Barca en su obra El gran teatro del mundo. Dios es el director, el mundo el escenario y cada ser humano, desde el rey hasta el pobre, interpreta el papel asignado. El sociólogo estadounidense Talcott Parson varios siglos después, en 1951, publicaría su obra El sistema social, en la que la sociedad toma el relevo del Dios omnipotente para asignarnos a cada uno de nosotros el rol que esa misma sociedad espera que interpretemos cabalmente.

El núcleo duro del arte de Sierra, el más intransigente, lo articula su voluntad de subvertir el encanto del fingimiento, romper la cuarta pared, desquiciar el escenario para implicarnos hasta el punto de mostrarnos tal y como somos y no como fingimos ser. Si es que somos algo distinto de un ser que finge ser.  Por lo que no sorprende que los títulos de sus obras eludan deliberadamente la alegoría y la metáfora y opten por la descripción estrictamente funcional. “9 formas de 100x100x 600 centímetros construidas para ser sostenidas en perpendicular a la pared”.

Este empeño en mostrar las cosas tal implica una epistemología, pero también ética. La ética ante la cual las otras éticas devienen hipocresía. Incluida la que llama a indignarse por el uso que hace Sierra de los trabajadores. Es la ética de un intransigente que se niega a someterse a las exigencias del poder político, cualquiera sea la forma que adopte o el país o el continente donde se despliegue. Lo demuestra de manera ejemplar el largo metraje NO+, que documenta el recorrido de un camión que recorre espacios públicos de Europa y Estados Unidos, transportando la escultura NO+ en su caja.  Es la forma que ha encontrado Sierra para mostrar su Gran rechazo. El rechazo a todo lo que es y representa la sociedad contemporánea, sus símbolos, sus servidumbres, sus hábitos y sus ilusiones. En ejercicio de este compromiso, él ha realizado obras e intervenciones artísticas en los cinco continentes, como ya dije. Provocando, desenmascarado e irritando y exigiendo siempre que tomemos partido ante la injusticia y la opresión.

Carlos Jiménez

Carlos Jiménez Moreno

Arquitecto, Historiador y crítico de arte. Director del Simposio de arte y ciencia del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas de Madrid CNIO. Ha ejercido la crítica de arte en los principales periódicos y revistas de España y América Latina. Ha publicado diez libros sobre arte contemporáneo.

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