
Pathos y ethos de una galería
‘La galería’. Nacho Ruiz. Editorial: La Fábrica, 2025. ISBN: 978-84-10024-67-0
Por Pedro Medina Reinón.
No soy muy dado a las autobiografías, sobre todo desde que descubrí que la de Canetti es insuperable, sin embargo, hacía mucho tiempo que un libro no me atrapaba tanto como “La galería” de Nacho Ruiz -y, por supuesto, de Carolina Parra-, publicado por La Fábrica.
Las razones de mi fascinación son numerosas: para empezar, por pertenecer a la misma generación, siendo atractivo experimentar un enfoque distinto al tuyo sobre una época que has vivido; sin duda, también por la amistad que nos une, que empezó pocos meses después del inicio de este libro; por supuesto, porque el tema me interesa mucho; y también porque hay que reconocer que está muy bien escrito, con un estilo cercano, casi como si compartieras mesa con el narrador.
Y para apreciar su dimensión y grado de madurez, creo que se puede entender mejor su éxito -un día tras otro se agotaban los ejemplares en ARCO-, si nos remontamos a otras publicaciones suyas que ya habían abordado el tema, aunque con estilo y ejemplos diferentes. En efecto, ARCO y el mercado del arte en España fue el núcleo principal de su investigación para la tesis de doctorado, produciendo un primer libro al poco tiempo, del que fue eco el que sacó en Pombo Editora; una de las muchas iniciativas que pasa inadvertida en el libro, para evitar que llegara a las mil páginas.
De hecho, de esos primeros años de insaciable “sed” recuerdo su deslumbramiento por la repercusión de un fenómeno como ARCO en un país donde prácticamente no había coleccionismo. Y otras podrían ser las anécdotas, desde la fantástica aventura que fue “Cavecanem” a haber tenido en mis manos una “Crucifixión” de Miguel Ángel, gracias a su ingenio y tenacidad; pero eso lo dejaré para sus memorias más amplias, que ojalá un día escriba.
Lo relevante ahora es recordar otro de sus libros: “La obra de arte como objeto de intercambio”, cuya versión definitiva tuve el honor de editar, para iniciar yo también una aventura editorial. Su maravillosa portada estaba compuesta por esas “estatuas de helado” de Fermín Jiménez Landa que tanto gustaron a su hijo Hugo. En este libro se refleja una encomiable voluntad didáctica para valorar y reconocer la importancia del mercado del arte en el desarrollo del sistema del arte. Atrás quedaban concepciones románticas del gran Arte, mal entendido por muchos como un ámbito fuera de la acción que paga su libertad con la renuncia al mundo real, algo muy distinto de lo que ocurre con las prácticas artísticas, que solamente se pueden entender en el desarrollo de la labor creativa y profesional del artista dentro de un sistema del arte que legitima la obra principalmente por su fortuna dentro de las instituciones culturales, la crítica o el mercado.
Nacho descubría en sus cursos los entresijos de un mundo que parecía reservado a unos pocos, para entender el mundo del arte no como un ente abstracto idolatrado, sino como un fenómeno que pertenece a un sistema en el que participan distintos agentes más allá del artista, que le dan un valor a la obra bien teórica, institucional o comercialmente, explicando el rol que tienen en este fenómeno galerías, museos, ferias, mecenas, coleccionistas, público y medios de comunicación. Como explicaba entonces: “Lo que entendemos como sistema del arte es un complejo entramado, frecuentemente conflictivo, compuesto de símbolos y mercancías, de actores, instituciones y organizaciones económicas”.
Así, desvelaba una serie de cuestiones prácticas como son los derechos, tasas, legislación, etc., que configuran lo que hoy en día entendemos como “industria cultural”, pero sin abandonar una idea: crear y difundir arte también es producir conocimiento, un tipo de reflexión que surge con especial intensidad cuando se hace preguntas como aquella sobre el valor (simbólico, estético o económico) de la obra del arte, que no solo analizaba por la dificultad que existe para establecer un criterio, sino porque muchas de las prácticas descritas nos están contando cómo construimos nuestra sociedad.
De ahí saqué muchos ejemplos muy elocuentes que me han servido en numerosas ocasiones, en diálogo con otros casos como el “Honorarium comparison” de Rem Koolhaas, donde comparaba la evolución de la bolsa y la inversión en museos. Orgulloso de la criatura, intenté promocionarla y este libro acabó en las manos de muchos críticos que admiro. Todos elogiaron la iniciativa, pero uno de ellos planteó una objeción: como lección sobre el sistema del arte el libro era una joya, sin embargo, echaba en falta una cosa: esa “pasión” que muchos sentimos por el mundo del arte, aún más si consideramos que se trata de un universo que probablemente no sabemos ni definir; cuestión que aparece en ocasiones en «La galería», acudiendo incluso a nuestro admiradísimo Isidoro Valcárcel Medina.
Esa falta queda totalmente subsanada con “La galería”, donde, además de contar los entresijos del mercado del arte, se acerca a él no tanto desde los hechos -que también-, sino desde las personas y los anhelos más íntimos.
De los anteriores libros siguen quedando algunas cuestiones reivindicativas. De hecho, se puede considerar una ‘excusatio non petita, accusatio manifesta’ la defensa a ultranza del papel fundamental que han tenido las galerías en la historia del arte contemporáneo, por su apuesta por las vanguardias y como divulgadores de artistas y corrientes. En efecto, el inicio es muy significativo: “El galerista no escribe. Es un acuerdo tácito. En algún momento alguien, cuando estamos empezando en la profesión, nos dice: ‘Mide tus palabras a la prensa, la mejor información es la que no se da’. Y no escribas, así no te meterás en líos que vendrán mal para el negocio’. Y casi todos hacemos caso. No tenemos por qué escribir, está claro…”.
Al margen del impacto de un punto de partida como este -Nacho, curtido como está en la urgencia del periodismo, sabe muy bien que te la juegas con el inicio-, que retomará con ímpetu al final del libro, considero que no es la motivación central de este escrito. Lo digo para volver a los protagonistas de carne y hueso. Los eventos se van enumerando por años, para seguir con facilidad el acontecer de los mismos, pero son muchas las personas que aparecen, especialmente aquellas que han estado presentes en numerosos momentos de dificultad, incluso diría que son personas siempre preparadas para venir en auxilio. Esto está claro con personajes como Oliva Arauna, también en otros esporádicos pero que dejaron huella, como nuestro querido Marc Augé -tutor de Nacho en su estancia parisina de investigación y que aquí se recuerda en el contexto de un festival de música-, con amigos como Nacho Valle, con artistas cuya talla creativa y humana es colosal, como los siempre cercanos Sonia y FOD… y en esta lista no podían faltar los coleccionistas.
Si al inicio de esta historia el coleccionista era una rareza, aquí tienen nombre y apellidos personas que no acumulan, sino que buscan un sentido y que, por supuesto, intentan dar respuesta a una inconmensurable pasión, que aquí se descubre también próxima a la complicidad. Digamos que emerge entonces un “ethos”, cuya raíz indoeuropea significa “carácter”, “inclinación”, “costumbre”, pero también “lugar”, “cobijo”, “vivienda”, siendo posteriormente usado como “hábito” o “uso”. Quizás lo que nos descubra este libro es que este sector -no siempre bien visto- también puede ser un refugio, fruto de “filias” por encima de “fobias” -que también las hay, de las personales a las institucionales, aunque quedan en un segundo lugar-, delimitando “una frontera del existir, del bienestar e incluso del bienser” -que diría Emilio Lledó al hablar de “ethos”.
El argumento final -hay muchos más- sobre cómo este libro se guía por un “pathos” insaciable es la palabra con la que termina: “deseo”. Este emocionante relato inicia mirando a las estrellas y demuestra que, para movernos en el mundo real, hace falta bajar la mirada a la tierra. Esto puede provocar en nosotros una infinita nostalgia, sin embargo, Carolina y Nacho demuestran que la pasión no se controla, sino que se dirige hacia horizontes de “aventura”, embarcándonos en una incesante expedición hacia nuevos territorios.

