
La verbena (1927), de Maruja Mallo, colección Museo Reina Sofía / Foto de Belén de Benito / © Maruja Mallo, VEGAP, Santander, 2024
Estallido y orden en Maruja Mallo
Por Fietta Jarque
La imaginación de Maruja Mallo no se ponía límites, pero habitualmente bajo una resolución interna de estructura matemática. La retrospectiva que se presenta ahora en el Centro Botín, de Santander, y que se expondrá a partir de octubre en el Museo Reina Sofía, de Madrid, también se ha propuesto esos dos parámetros. Un exhaustivo orden cronológico y un despliegue que deja al aire la vibrante trayectoria mental y pictórica de la que se está considerando ya “la artista que hizo el mayor aporte a la producción de imaginario visual de la Generación del 27”, según palabras del director del Reina Sofía, Manuel Segade.
Maruja Mallo (Viveiro, Galicia 1902-Madrid 1995) llegó con veinte años a Madrid para estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde coincide con Salvador Dalí y se integra inmediatamente en el grupo de la Residencia de Estudiantes, con García Lorca, Luis Buñuel, Rafael Alberti o María Zambrano, entre otros. Su carácter desenvuelto y transgresor, su compromiso social y su visión siempre clara en torno a lo que debía ser la mujer moderna empapan su obra y su vida. Pronto quedó claro que destacaría como pintora en poco tiempo. Así fue, aunque truncada por la Guerra civil y décadas de exilio, a su vuelta a España había caído en el olvido, hasta que fue rescatada en los ochenta por los jóvenes de la movida y consiguió el reconocimiento que buscaba y merecía. Esta exposición, con 90 pinturas y decenas de dibujos, fotografías y documentos de archivo, se impone como el mayor reconocimiento institucional a su trayectoria. Si bien en 2021 hubo una importante exposición de su trabajo que se vio en Galicia y Madrid.

Vista de una de las salas de la muestra de Maruja Mallo en el Centro Botín. Foto: Belén de Benito/ © Maruja Mallo, VEGAP, Santander, 2024
La primera gran impresión en la muestra es ver, por primera vez desde que se expusieron juntas, en 1928, las cinco pinturas de la serie Verbenas. La única ocasión en que las salas de la Revista de Occidente, de Ortega y Gasset, se abrieron a una exposición de arte y un suceso ya sonado en su momento. Hay en estas pinturas una forma muy cuidadosa de aproximarse a lo popular sin caer en la españolada. Una paleta vibrante, de color explosivo; un mundo casi de caleidoscopio festivo, en el que conjuga personajes y situaciones en un collage mareante y atractivo. Su visión crítica, con más humor que sátira, pone en primer plano a mujeres decididas y libres en traje de tenis (en La Verbena, del Reina Sofía) entre tradicionales gigantes, cabezudos y ambiguos marineros. En las otras, destaca el contraste de clases sociales y teatros de marionetas, hasta la Verbena de Pascua invernal con sus Reyes Magos. En conjunto, un universo de carnaval con las connotaciones que daría varias décadas después el célebre ensayo de Mijail Bajtin, La cultura popular en La Edad Media y el Renacimiento. El contexto de François Rabelais. Con todo, el más llamativo del conjunto es El Mago/ Pim-Pam-Pum, por lo excepcional del préstamo del Art Institute of Chicago, con una especie de Merlín-Ramón del Valle Inclán, entre muñecos de cartón piedra de los moros armados y otras figuras.

De esta explosión vital, Mallo pasa a la serie lúgubre y escatológica Cloacas y campanarios (1930-1932). El ser humano como caos y putrefacción, esqueletos, muerte, excrementos. Naturaleza y existencia, al fin, que la acercaron al surrealismo (André Breton compró uno de sus cuadros). Con todo, me interesaron más las pequeñas Arquitecturas minerales y vegetales con esos densos tonos terrosos y formas geométricas, síntesis abstracta de lo anterior.
La sala dedicada a La religión del trabajo (1937-1939) es también un conjunto coherente, radiante, revelador, sólido. Aunque surgió de su visión de un desfile por el 1 de Mayo, no mitifica al trabajador sino, según ella, “al milagro de ver brotar una semilla”. Y son mujeres plenas, fértiles, trabajadoras o diosas, bajo la iluminación delibrada del amanecer o del ocaso, las que se ordenan entre espigas o redes de pesca.

Obras de la serie Cabezas, de Maruja Mallo, en el Centro Botín. Foto: Belén de Benito/ © Maruja Mallo, VEGAP, Santander, 2024
Las Naturalezas vivas (1941-1944) de Maruja Mallo, creadas ya en su exilio en Argentina y Uruguay, son para algunos, sus obras más delicadas y valiosas. En oposición al bodegón o a las vanitas, Mallo se implica en la arquitectura interna de formas marinas, fascinada por la sección áurea, y crea composiciones sorprendentes, sensuales, primorosas.
Sus viajes a Brasil también dan como fruto las series de Cabezas (1941-1952) y Máscaras (1948-1957). Fascinada con la variedad racial y mestiza, retrata una tipología de mujeres inexpresivas e icónicas, pétreas y carnales a la vez. Al frente, las máscaras, hacen el juego a esa baraja de impostura entre lo teatral y lo psicoanalítico que se cuela en toda su obra y también en su propia persona y personalidad. La exposición se titula Máscara y compás, dos herramientas que Maruja Mallo empuña, junto a su desbordante imaginación hasta el fin de sus series con Moradores del vacío y Viajeros del éter, de conjunciones entre esotéricas y de ciencia ficción. Una artista extraordinaria, una muestra para saborear y volver a visitar. La itinerancia a Madrid promete ampliarla con algunas obras más en préstamo y mucho más de su archivo. Con todo, vale la pena visitarla en el Centro Botín de Renzo Piano, que la abre además al paisaje del océano a través de sus ventanales.
Maruja Mallo: Máscara y compás.
Pinturas y dibujos de 1924 a 1982
Centro Botín
Plaza Emilio Botín, Paseo de Pereda, s/n
Santander, Cantabria
Comisaria: Patricia Molins
Hasta el 14 de septiembre de 2025

