Fernando Castro

Tirar del péndulo

Fernando Castro Flórez, Banalidades estéticas, Libros Mínimos, Ed. Exit, Madrid, 2025

Por Alejandro Krawietz

Desde hace ya dos décadas adopté como una suerte de «lema vital» —si es que una elección así es válida todavía hoy— un adagio de Lev Tolstói que leí, en el año 2002, en la edición de sus Diarios publicada por El Acantilado en la notable traducción de Selma Ancira. Lo he citado de viva voz en muchas ocasiones y, menos asiduamente, me ha acompañado en notas, recensiones y ensayos con los que aspiraba a reflexionar, probablemente sin ningún éxito, sobre determinados signos de la cultura contemporánea que por razones diversas me parecía que se encarnaban en la cotidiana afición posmoderna hacia la frivolidad y la nadería. Muy a finales de la década de 1980 avatares diversos —relacionados con la cultura y con la creación— me pusieron en la estela de la revista Syntaxis. Espoleado por sus propuestas críticas, no pude evitar tomar conciencia de que una buena parte de la cultura española de aquella hora se empeñaba en renunciar al legado moderno, a la concepción de la creación como un método de conocimiento, para entregarse a un elogio caprichoso del yo —establecido a través de la autocomplacencia, la sentimentalidad y la experiencia de lo cotidiano. Artículos de Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Goytisolo, Jose Ángel Valente o María Zambrano, aparecidos en revistas y en prensa a lo largo de esos años, junto a las lecturas de Jürgen Habermas, de Theodor Adorno, de José Lezama Lima, de Simone Weil, de Yorgos Seferis o de Gastón Bachelard, entre muchos otros, me anunciaban un distanciamiento cada vez mayor entre los signos más (aparentemente) relevantes de la cultura española (García Montero, Pedro Almodóvar, Úrculo…) y mis propios intereses. Con el tiempo, la llegada de las redes, la cultura de la pantalla, la hiperactividad, el encumbramiento de la función fática como eje de la comunicación cultural, no han hecho más que ampliar —bien es cierto que a partir de una desagradable estupefacción— esa distancia, hasta el punto de que he aceptado mi incapacidad para ese interés como una forma de obsolescencia. Amparado, entonces, por el lema de Tolstói, he sido —en el ámbito con el que me rozaba en lo coetáneo— poco más que el desconsolado observador de una realidad cada vez menos interesante y más lejana. Al mismo tiempo trataba, desde una participación crítica periférica y supremamente excéntrica, de dejar constancia de lo que era capaz de ver en el día a día de la creación, la prensa o el espacio digital. Lo que decía Tolstói en sus Diarios era «más vale no hacer nada que hacer nada». Valga todo este preámbulo para justificar mi rendida admiración y mi honesto agradecimiento ante el consuelo que me proporciona, en mis soledades insulares habituales, el último libro de Fernando Castro Flórez, Banalidades estéticas. Este breve ensayo debería concitar, cuando menos, otros agradecimientos similares, por cuanto se trata de un compendio lúcido del «hacer nada», que domina el panorama del presente con una mano de hierro que reparte su poder entre las listas de ventas, el ultraliberalismo, los sistemas de comunicación algorítmicos, los medios de comunicación de las elites y una ciudadanía desquiciada.

            El ensayo, dividido en cinco partes escritas en el estilo peculiar de Castro Flórez —en el que debemos enfrentarnos a un verdaderamente apabullante torrente de discurso atravesado por citas pertinentes, argumentos sucesivos y ritmo infatigable—, construye, hasta dejar sin aliento, una imagen desoladora, pero muy lúcida, del panorama: una vez «globalizado el déficit de atención por hiperactividad», reconocido el campo de batalla o, quizá peor aún, el paisaje después de la batalla, el pensador no puede sino reconocer la derrota del pensamiento mismo. Agitados por la viralización de lo banal, ni los ciudadanos ni los creadores parecen hallar un camino de reencuentro con los lugares y los tiempos desde los que la realidad podía ser desentrañada. Muy al contrario, acudir al mundo, saltar al ruedo que permite existir, supone abrazar una banalización imperiosa: el escenario parece el de una máquina cuyas correas de transmisión sólo tienen sentido cuando devuelven la energía hacia sí misma, acelerándola hasta lograr que gripe. Así, el sistema obliga a participar señalando que guardamos contacto con él, que estamos conectados, que podemos aportar nuestra gestualidad y que podemos contribuir con ella al aumento de velocidad de la máquina. Ese trabajo constante no aporta ningún conocimiento, ninguna experiencia: mientras participamos «sólo» sucede: hace «nada». Más aún, anula la capacidad para comprender al mismo tiempo que también la satura. Aparecen, así, en una enumeración no por fantasmagórica menos infernal, en el recuento de naderías, el selfie compulsivo —pero transformado con apariencia inocua en caja negra, capaz de registrar el sucedáneo vital que son nuestros «datos»—, la imperiosa transparencia —que impide el comunitario derecho al secreto—, el catálogo de los miedos contemporáneos —derivados no del asalto de lo real sino de la precariedad de las protecciones aparentes que brinda del sistema—, el poder de las empresas multinacionales —interesadas en descodificar la vida de los humanos en sistemas de monetización—, el entronamiento de la «retrotopía» —reconfigurada como estirpe nostálgica, como pasado museable, frente a la necesidad de un futuro concebido como verdadero taller—, el tiempo basura —construido como «derecho público al entretenimiento»— y la imposición de «un deplorable “despotismo ilustrado” que apela a términos como descolonización, deconstrucción o queerificación cuando, en realidad, tiene una voluntad de okupación institucional obsesiva» —como puede observarse en los lobbys que construyen las direcciones de los museos de arte contemporáneo mientras sostienen discursos teóricos sobre la destrucción del museo como continente.

            Resulta muy alentador que algunos nombres de resistencia frente al avance de la banalidad —no como barreras, pues la batalla ha sido ganada guerra tras guerra por el vacío, sino como augures potenciales— sean los de modernos como Kafka, Ortega y Gasset, Benjamin, Orwell, Beckett, Neuman, Van Velde o Bajtin. Castro Flórez defiende, con ellos, algunos derechos decisivos para la resistencia: el derecho al silencio, el derecho al secreto, el derecho a la ofensa, el derecho a saber. Se trata, quizá, parece proponer, de acercarnos por fin hasta el péndulo de la historia y tirar de él, con fuerza, para volver a hacerlo caer de este lado: del lado de la vida en el fulgor del instante, y abandonar así, de una vez, el ámbito en el que triunfa la mera taxidermia.

            Quizá sea la lúcida mirada acerca del presente que nos ofrece en Banalidades estéticas la razón de que en los últimos años Fernando Castro Flórez haya construido calas ineludibles en el panorama insular de Canarias, especio creativo instalado desde hace décadas en un sistema de excepciones alentadoras. Territorio de creadores que no están (que carecen de presencia en el territorio de banalidades descrito, que apenas existen para el panorama, que habitan en un tiempo más kairós que kronos, porque habitan en el tiempo sin tiempo de las islas) pero que por el contrario son (es decir, creadores que se construyen a partir de obras y no de gestos, sentados sobre la piedra de la memoria geológica, en la peculiar teleología de las islas que no han terminado de nombrar su mundo), los encuentros críticos con artistas como Juan Hidalgo, Martín Chirino, Luis Palmero y, sobre todo, Juan Gopar probablemente construyan, al menos, un consuelo. Unas obras y un lugar, en los que afanarse «en pavimentar lo inesperado, aquello que podría ser diferente.»

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