
Alvar Haro. Rapsodia azul.
Por Luis Francisco Pérez.
El día que visité esta exposición de Alvar Haro -nacido en París en 1964 de padres españoles y madrileño desde los tres años- tuve la oportunidad de estar presente en una visita guiada y comentada por el artista, la cual fue iniciada con una referencia musical, el centenario de la composición de una de las más famosas obras, si no la más conocida, de la vanguardia musical de Estados Unidos, la Rhapsody in Blue de George Gershwin. No habría reparado en ello, incluso conociendo el título de la muestra: Rapsodia azul, si el propio Alvar no hubiera así iniciado la charla mientras visitábamos la exposición, y que de entrada se puede perfectamente afirmar que es magnífica por el número de trabajos expuestos y la variedad y calidad de estos. La mención a la Rhapsody de Gershwin me gustó e interesó, conociendo además la pasión de nuestro artista por la música, y la música clásica en particular. Pero mientras iba escuchando con atención sus comentarios en torno a las características formales e intelectuales del trabajo, no dejaba de “escuchar” el muy jazzístico clarinete con que se inicia la Rhapsody, y que tanto recuerda a la flauta de las primeras notas del Preludio a la siesta de un fauno, de Claude Debussy. Unos días después, y mientras pensaba en cómo estructurar el comentario que deseaba escribir sobre la exposición, reparé en que tanto Gershwin como Debussy habían compuesto, cada uno en su estilo, dos obras que, en esencia, se referían a la Naturaleza: más urbana y ciudadana en el americano, más rural y panteísta en el francés. Casi al momento pensé que esas sugerentes diferencias de enfoque y matiz también estaban presentes en el bello e inteligente tratamiento dado por Alvar Haro a la Naturaleza, que ciertamente también es, pictóricamente hablando, otra de sus pasiones.

En el estupendo texto escrito por Alvar Haro en la hoja de presentación de la muestra nos enteramos de cosas y hechos que nos ayudan, desde diferentes perspectivas, en la comprensión “técnica” de los trabajos, pero no únicamente, también “se expone” desde una cierta intimidad que es tan privada como profesional. Por ejemplo: “La historia del color azul en la pintura está ligada al poder y al lujo (…), es un color mágico, adictivo, como de piedra preciosa, como la profundidad del cielo y los océanos”. O la siguiente afirmación: “Me interesa crear equívocos visuales con escorzos y aspectos parciales de los cuerpos, como la mirada fragmentaria de un voyeur (otro de mis grandes temas)”. Y por último y muy importante: “Hace tiempo que establecí que la pintura, o lo estableció ella, es un pulsímetro del viaje de la vida, un viaje hacia mí mismo”.
Creo no estar equivocado al afirmar que estas obras, tanto en tela como en papel, están muy cercanas a una cierta idea iconográfica de la pintura de tradición romántica «del Norte» (de Europa); y siguiendo, en parte, las tesis defendidas al respecto por el historiador Robert Rosenblum, luego publicadas en libro y aquí traducidas y editadas por Alianza Editorial (ensayo, por cierto, que fue muy citado en el contexto artístico español de la década de los 90). Ahora bien, en estos paisajes está presente (quiero decir: cultural e intelectualmente presente) una interpretación de la Naturaleza que sí nos llega en concreto del área germánica -pienso en Herder y en su concepto de naturaleza a la que alegremente nos confiamos, pero también con el «temor y temblor» que ella misma nos depara-, e igualmente por el «idealismo romántico» que se manifiesta en estas obras por medio de una afirmativa autonomía artística de la pintura en tanto que «Naturaleza viva», o lo que es lo mismo: «Naturaleza(s) discursivas». De ahí que estas telas y papeles resulten en verdad soberbias debido, en gran medida, al sofisticado y enjundioso encadenamiento práctico/teórico que las mismas demuestran en el espacio de exhibición, o mejor: en el espacio «de la representación», en su sentido de «drama y duelo» que, en esencia, es propio de la tradición -y no menos romántica, si bien en este caso no únicamente “Del Norte”- de la ópera en tanto que representación lírica de humanas pasiones. Y con ello, si de humanas pasiones hablamos, también encontramos en Rapsodia azul una “puesta en escena” de la felicidad y el erotismo y la seducción como imprescindibles postulados de la misma existencia.

No deberíamos dejar de señalar la innegable fantasía narrativa que, indirectamente, lleva incorporado todo el universo referencial y abstracto de la pintura de Alvar Haro, pero en la presente ocasión comprobamos una presencia activa de la «narratividad» (incluso cuando la obra se puede considerar como “abstracta”), que en gran medida estructura los trabajos cual se tratara de una perspectiva romántica del lenguaje, como una fuga apasionada de la representación clásica. Y entonces es cuando en estas fantásticas pinturas aparece el paisaje azul en su más celestial presencia: horizontes, cielos, montes, cascadas, praderas, cumbres, floresta, agua, retamas, árboles… y troncos, arbustos y ramas. Y que tanto me han recordado las muchas y bellísimas ramas que surgen del majestuoso árbol que observamos en «Dos hombres contemplando la luna» de Caspar David Friedrich. Son paisajes, en efecto, pero sobre todo son naturalezas transfiguradas. Puro arte de la pintura, en definitiva, lo que nos propone esta magnífica exposición de Alvar Haro.
Alvar Haro, Rapsodia azul, Galería Renace, Baeza

