El arte sin ..

UN VIAJE FILOSÓFICO POR LA MÚSICA ELECTRÓNICA

Ana Gorortizu. El arte sin órganos. Manifiesto de la música electrónica.

Editorial La Caja Books. 2024. 171 páginas

Por Rafael López Borrego

¿Es posible conectar la música electrónica con algunos de los principales pensadores modernos y contemporáneos? Al leer el libro de Ana Gorostizu, descubrimos que no solo es posible, sino que muchos de esos fenómenos culturales pueden explicarse a través de este tipo de música.

Tras el descanso pandémico, muchas personas han retomado actividades con un ímpetu renovado, quizás anticipando un posible nuevo cierre. Pensemos en los problemas que generaban y siguen generando las actividades turísticas. Uno de los ámbitos recuperados son las salidas nocturnas a locales donde el cuerpo puede dar rienda suelta a uno de sus medios de expresión más liberadores: el baile. Pero ¿qué tipo de música electrónica se escucha en estos lugares? Se trata de un género sobresaturado, cuyo acceso, tanto para la composición como para la escucha, se ha vuelto fácil para todos los que quieran disfrutarlo gracias a los avances tecnológicos.

Composición y creación serán ámbitos que podemos conectar con Walter Benjamin y su teoría sobre la reproducibilidad técnica. ¿Será esta reproducibilidad aplicable solo al arte tradicional o también podemos enlazar sus ideas con la música electrónica? La pérdida de autenticidad , del aura, no es un fenómeno exclusivo de las grandes obras de arte; también ocurre en la música, cuyos samples, ritmos y sonidos son a menudo tomados de canciones del pasado. Estas canciones, donde pasado y presente se entrelazan, forman parte de nuestra vida cotidiana.

Al hablar del pasado, inevitablemente llegamos a un concepto central en el pensamiento contemporáneo: la nostalgia, especialmente su explotación en el ámbito comercial. Se trata de jugar con los sentimientos para vender productos que no necesitamos, pero que apelan a un regreso a un espacio de seguridad perdido. Grafton Tanner explora este fenómeno en su libro Las horas han perdido su reloj. Las políticas de la nostalgia (Alpha Decay), donde analiza cómo este sentimiento se utiliza con fines comerciales y políticos, más allá de su origen en esos soldados suizos que se encontraban alejados de su hogar.

En el ámbito musical, también encontramos esta reivindicación nostálgica de lo ya conocido. Simon Reynolds, en Retromanía (Caja Negra), y Mark Fisher, en Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, Hauntología y futuros perdidos (Caja Negra) examinan cómo la cultura contemporánea se alimenta de un constante retorno al pasado, haciendo de la novedad un eterno retorno de lo siempre igual. Reynolds era capaz de apreciarlo en la música que se reproducía en el año 2005. Fisher completa esta teoría con lo que conocemos como Realismo capitalista (Caja Negra).

Otro referente ineludible es Jacques Derrida y su Espectros de Marx. El estado de la deuda. El trabajo del duelo y la nueva internacional (Editorial Trotta), donde explora conceptos como fantasma, espíritu y espectro. Ana Gorostizu conecta su obra con la música en dos aspectos fundamentales. Primero, la idea de Hauntología, que señala la presencia espectral del pasado en el presente, haciendo que vivamos rodeados de fantasmas y deudas pendientes. Esta repetición anula la novedad, apelando a la nostalgia, aunque parece que no nos importa calificar como nuevo algo que evidentemente no lo es. Segundo, Derrida habla de un tiempo desquiciado (inspirado en Hamlet cuando dice Time is out of joint). Esta frase, que admite múltiples traducciones, desde un «tiempo desencajado» hasta un «tiempo que ha perdido la razón» (como intenta traducir Paul B. Preciado en Dysphoria Mundi (Anagrama)), sugiere un cambio radical en cómo entendemos el pasado, el presente y el futuro. Gorostizu afirma: “En ese tiempo se deshacen las fronteras entre la música y lo antimusical. Nos obliga a cuestionar los límites entre música y ruido, y cambia nuestra percepción temporal. La autenticidad ya no es un concepto útil para hablar de música; lo importante no es lo que escuchamos, sino su estatus de simulacro, de lo que el artista pretende que sea y las posibilidades que ofrece la tecnología”.

Deleuze y Guattari también aparecen en el libro para explicar cómo su concepto de «cuerpo sin órganos» se aplica a la música electrónica: una forma de existencia que escapa a las estructuras y categorías establecidas.

Theodor Adorno nos habla de cómo la música puede reconciliarnos con la vida, mientras que Henri Bergson introduce un tiempo subjetivo que, como la música, se convierte en una experiencia donde lo temporal se transforma en reflexión y afecto. Los afectos, a menudo olvidados, son una parte esencial de lo que llamamos Metamodernidad, un concepto aún en busca de definición precisa. La dimensión temporal de los afectos nos lleva, como plantea Miguel Ángel Hernández en El arte a contratiempo (Akal), a cuestionar si aún queda tiempo para ellos en esta era de aceleracionismo.

En definitiva, el libro de Ana Gorostizu resulta sorprendente, no solo por la claridad de sus propuestas, sino también por el hecho de que su autora es una joven que aún no ha cumplido los treinta años. Tal vez estemos ante una de las mejores ensayistas del país. Solo el tiempo —esa dimensión incontrolable para nosotros— nos lo dirá en un futuro incierto.

Rafael López Borrego

Rafael López es licenciado en historia del arte por la Universidad de Salamanca y ha trabajado como docente en diferentes centros. También ha sido coordinador de exposiciones y actividades de un centro de arte contemporáneo y dirigió una feria de arte contemporáneo. Sus intereses se centran en el mundo del arte, la estética y el pensamiento contemporáneo. Tiene una canal de YouTube con 40.000 seguidores y miles de visitas mensuales.

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