
La casa, el arte, las mujeres.
Violeta Andreu Mediero. La casa en la creación artística visual y su relación con el feminismo (de 1970 a 2020).
Hemisferio de Igualdad. Ediciones Complutense. Madrid, 2024. 354 páginas.
Por Carlos Jiménez.
Cada vez que estamos a punto de certificar la victoria definitiva del feminismo, se producen acontecimientos, que nos advierte que, a pesar de los indudables avances realizados, esa victoria aún está lejos de alcanzarse. Esto es lo que parece haber entendido bien la artista e investigadora, Violeta Andreu Mediero, que ha escrito un libro cuyo propósito último es demostrar que la historia del arte del último medio siglo es impensable sin contar con el aporte crucial de las artistas comprometidas con el feminismo. Tanto porque han impuesto temas, ligados directamente a sus reivindicaciones culturales y políticas, como porque han sabido imprimir su sello al abordaje de temas y asuntos de carácter más general. Así como a las prácticas, los medios expresivos y recursos técnicos forjados inicialmente en ámbitos distintos al exclusivamente femenino.
Violeta Andreu no ha cumplido su propósito mediante un ensayo apasionado y vibrante, de aquellos que generan simpatías e invitan a la acción inmediata. No. Ella ha decidido intervenir en las batallas teóricas que aún debe librar el feminismo empleando artillería pesada, si así puede decirse, representada en este caso por el tratado. El género discursivo en el que la materia tratada se somete a un escrutinio sistemático y en el que los resultados son expuestos cuidadosamente de manera ordenada, utilizando un entramado de conceptos y categorías bien definidas. La contundencia del tratado se afirma en la claridad y en la certeza.
Logros difíciles de alcanzar cuando el investigador se enfrenta, como lo hace Violeta Andreu, con un ámbito tan vasto como es el del arte del último medio siglo, cuya heterogeneidad radical no ha hecho más que acentuarse en las tres últimas décadas. Ella ha intentado sortear esta dificultad adoptando a la casa como tema o como pivote topológico si se quiere. Decisión inspirada a mi juicio por su compromiso militante con la causa feminista. Al fin y al cabo, la casa ha sido para el feminismo el espacio enclaustrado donde la mujer ha sido confinada por el régimen patriarcal que denuncian y contra el que se rebelan. Para ellas la expresión “ama de casa” es un oxímoron: bajo el patriarcado ninguna mujer es “ama”, ni siquiera en su casa. A duras penas puede exigir, como Virginia Woolf, una “habitación propia.
Andreu, sin embargo, no ha querido limitar su investigación a aquellas artistas mujeres en cuya obra la denuncia del sometimiento patriarcal pasa por poner en cuestión la casa, mostrándola como medio e instrumento de tal sometimiento. Como lo hicieron en su día y de manera pionera Judith Chicago o Martha Rossler. Ella es feminista pero no es sectaria ni excluyente y ha comprendido que la mejor manera de apreciar y valorar el aporte de las artistas mujeres al arte contemporáneo es situándolo en el conjunto de dicho arte. Por lo que en su libro concede un lugar a los artistas masculinos que también han hecho obras relevantes en torno a la casa. Y no solo como espacio de refugio y confinamiento sino como idea, tal y como subraya en la propia Introducción del libro, citando a Witold Rybczynski, quien ha actualizado una larga y fecunda tradición de pensamiento en la que destacan Vitruvio y el abate Laugier.
El resultado de esta toma de partido es la división de “la idea de casa” en una docena de categorías: casa y feminismo, casa y forma, casa y espacio, casa y color, casa y objeto, casa y acción, casa y aislamiento, casa e intimidad, casa y mujer, casa y cuerpo humano, casa y denuncia: sin casa, casa y denuncia: violencia y mujer. Categorías que, aparte de superponerse en algunos tramos, son heterogéneas, porque unas refieren exclusivamente a las obras de carácter específicamente femeninas y otras a obras con temáticas transversales, realizadas por artistas con independencia de su definición sexual. Aunque ella se cuida de advertir en el capitulo de las “Conclusiones” que los artistas Trans no han sido incluidos en su investigación.
Para hacer visible esta clasificación, Andreu elabora numerosas tablas parciales, que termina resumiendo en lo que llama “cronografías”, por cuanto las noticias sobre artistas y obras destacadas son coordinadas con la historia del feminismo. O mas precisamente con la cronología de sus etapas. Que, tal y como ella misma advierte, es distinta según se vea desde una de las dos orillas del Atlántico norte. Estados Unidos de América y Europa coinciden en la existencia de lo que ella llama “olas” (cuatro en el periodo histórico estudiado en el libro), pero difieren en cuanto a las fechas de inicio y/o finalización de las mismas. Reconozco el esfuerzo de síntesis que representan estas cronografías, pero el resultado visual resulta de difícil lectura, por lo menos para mí que ya no veo con la misma claridad con la que solía ver.

