
El cuento que no cesa de encantarnos.
Jorge Volpi: La invención de todas las cosas. Una historia de la ficción.
Ed. Alfaguara, Madrid, 2024. 694 páginas. 24,90 euros.
Por Fernando Castro Flórez.
Fernando Pessoa consideraba que el artista es, necesariamente, un “fingidor”. Lo cierto es que todos necesitamos de las ficciones, aunque sea para exorcizar, como Sherezade, la sensación de lo que peor está a punto de llegar. Aquel antiguo arte de contar historias que, como advirtiera Benjamin, se despliega cuando la luz se extingue, entreteje consejo, distancia y promesa. Jorge Volpi, con extraordinaria desenvoltura y claridad expositiva, ha compuesto una “historia de la ficción” desde los poemas homéricos hasta YouTube. Sin caer en ningún momento en la pedantería académica, enseña deleitándonos, hace apuntes luminosos, aporta interpretaciones fecundas, esto es, demuestra que la inteligencia, más allá de los dogmatismos o la jerga, puede, a pesar de que nuestro mundo está literalmente desquiciado, ser un mecanismo de traducción que nos permita recordar aquel deseo de elevar la Torre de Babel.
Uno de los capítulos que más me ha interesado es el que dedica a las “Ficciones del fin” en el que comienza explicando “cómo transformarse en luz”, situándonos en la sala oscura (el Salón Indio del Gran-Café de París) en la que se proyectó el primer corto de la historia del cine: La salida de la fábrica Lumière en Lyon. Los trabajadores salían de la “esclavitud” fabril para ingresar en la “fábrica de sueños” donde sufrían la catastrófica impresión de que un tren se les venía encima. De la magia de Méliès al racismo de Griffith, de la construcción del mito de Charlot al inquietante Gabinete del Doctor Caligari, Jorge Volpi conduce con suavidad argumenta la revisión de la narratividad en la época de la reproductibilidad técnica.
Recordemos aquellas primeras palabras que se escucharon en un largometraje: “Esperen un minuto, esperen un minuto, aún no han escuchado nada”. Un cantante de jazz (un blanco con la cara pintada de negro) inauguraba hace un siglo (en 1927) el imperio audiovisual que, como Volpi apunta, “se transformó en la ficción masiva por excelencia”. Vivimos en este mundo “pretendidamente global” atascados en las plataformas, hipnotizados con naderías algorítmicas, con “todas las pantallas encendidas” (algo que tematizó admirablemente Antón Patiño en un libro publicado en la editorial Fórcola), procrastinando casi todo porque acaso la propia vida carece ya de un sentido.
Jorge Volpi, sin caer en el pesimismo cultural o en los juicios viejunos y toscos (derramados con amargura y nostalgia por santones de la literatura como Vargas Llosa en su pésimo texto sobre la cultura del espectáculo que publicó en Alfaguara hace años), da cuenta del debate sobre “la mejor película de la historia” que, según la revista Sight & Sound (2022) sería Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975) de Chantal Akerman, recupera consideraciones de Guy Debord (la “tergiversación” del Capital de Marx con la que comienza La sociedad del espectáculo: “Toda la vida de las sociedades en las que reinan las modernas condiciones de producción se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos”), cita la noción de Homo videns de Giovanni Sartori o recuerda que estamos instalados en el reality show “carcelario” del Show de Truman.
Comparto con este narrador y ensayista mexicano algunas experiencias formativas, principalmente, la de haberme atiborrado en la infancia y adolescencia de horas y horas de televisión, algo que también marcó a David Foster-Wallace que consideraba que una generación que ha sido sometida al bombardeo de la llamada “caja tonta” tiene que entregarse lógicamente a la ironía. También Volpi es un admirador de las series de televisión, dispuesto a reconocer que pocas cosas hay mejores que Los Soprano y que la cima de esa forma de la narración la ocupan The Wire y Lost. “Las teleseries norteamericanas –escribe Jorge Carrión en Teleshakespeare- han ocupado, durante las dos primeras décadas del siglo XXI, el espacio de representación que durante la segunda mitad del siglo XX fue monopolizada por el cine de Hollywood”. A pesar de que ya no es ningún “jovencito”, Jorge Volpi reconoce la importancia que tienen los videojuegos, con una historia que va desde el esquematismo de Pong al misterio de Inmortality. Tras rendir homenaje, a la carrera, a los cómics, novelas gráficas y mangas de las últimas décadas (entre los que destaca El Incal de Jodorowski y Moebius y Lo que más me gusta son los monstruos de Emil Ferris), lanza una “modesta propuesta educativa”: “cambiar el anacrónico modelo del siglo XIX que sigue empeñado en que niños y jóvenes aprendan literatura por la fuerza. En vez de ello, sugiero que en las escuelas haya, más bien, clases de ficción. Los estudiantes necesitan una guía que los ayude a circular con naturalidad de las redes sociales, las series, las caricaturas, los cómics, los animes y los videojuegos –sus intereses principales- a las novelas, los relatos, los poemas, el teatro, el cine de autor o la danza o la ópera”.
En la segunda sección del libro octavo, titulada “Sobre cómo aniquilar lo real y no morir en el intento”, Jorge Volpi revisa las vanguardias, el modernismo y el realismo mágico. Parte de la comparación entre un cuadro de Bouguereau (Niña con una cesta de frutas) y la Mujer con sombrero de Matisse para pasar a hacer que atendamos a un retrato cubista de Picasso o el Desnudo bajando una escalera que Duchamp pintó en 1912. La revisión del arte de vanguardia que realiza es correcta o, mejor, ofrece síntesis útiles, por ejemplo, al recordar la importancia del desaforado elogio de la velocidad del futurismo, la exaltación del absurdo en el dadaísmo o la exploración de lo onírico por parte de los surrealistas. Para Volpi, “toda vanguardia es romántica” y está marcada por el desastre atroz de la Gran Guerra.
Tras esbozar las transformaciones de la música en las primeras décadas del siglo, con el gran impacto de la atonalidad de Schönberg, y las contribuciones impresionantes de Proust y Joyce en la literatura (respectivamente una “búsqueda de la verdad” que conduce hasta el escritor transformado en artista y la críptica “caosmicidad” de un texto, Finnegans Wake, que desafía a toda interpretación), Jorge Volpi dedica siete páginas a exponer “el caso Richard Mutt”, esto es, vuelve a contar los escandalosos orígenes del arte contemporáneo: un urinario que, aunque nunca llegó a exponerse, es, como indica Tierry de Duve, un “telegrama” que ha sido leído por muchos artistas que han quedado afectados, tal vez para siempre, por la “duchampitis”.
Si el “irónico” Duchamp tiene una sobra extremadamente alargada, Jorge Volpi viene a sugerir que la otra gran influencia (en el sentido establecido por Harold Bloom) de la estética contemporánea es Franz Kafka que anticipa, en cierta medida, lo acontecido en los campos de concentración, las ideologías totalitarias o el imperio tóxico de la burocracia, pero también su prosa “inhóspita (por emplear una noción freudiana) repercute en Canetti, Calvino, Borges, García Márquez o Murakami. Todos nos hemos despertado tras “un sueño agitado”, sometidos a una transformación (el título correcto para el texto de Kafka) aberrante, intentando sobrevivir a la monstruosidad de lo familiar.
“Frente a Proust –escribe Jorge Volpi-, quien parte de la misma situación –la cama, el despertar, la duermevela-, o Joyce y su intento de calcar los mecanismos del inconsciente, la genialidad de Kafka consiste en mostrar que nuestra relación con eso que percibimos como real pasa siempre por la imaginación: incluso el realismo más descarnado es fantástico y hasta la más descabellada fantasía es realista”. Lo ficcional genera mundos, como en el maravilloso cuento de Borges Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, los relatos de la abuela, en Cien años de soledad de García Márquez, intensifican nuestra existencia como lectores. Toda ficción es “interactiva” y hasta adictiva, como los videojuegos, los relatos se entretejen en nuestra vida, permitiéndonos, como apunta Jorge Volpi al final de este inmenso libro (revisando los feminismos, poscolonialismos, posmodernidades y ecologismos), “reiniciar el planeta”. Tenemos, para soportar lo que nos pasa, que seguir contando el cuento, compartiendo algo que nos encanta.

