Para respirar en el aire duchampiano.

José Jiménez: El aprendiz en el sol. Marcel Duchamp y la experiencia estética de la modernidad,

Ed. La Oficina, 2023. 206 páginas.

Por Fernando Castro Flórez.

José Jiménez, catedrático referencial en los estudios estéticos en nuestro país, advierte que cuando se escribe o se dicen cosas sobre Duchamp, “suele ser bastante habitual que se haga basándose en algún prejuicio, lo que implica desconocimiento, o bien intentando hablar de uno mismo a través de Duchamp, con “el pretexto”.  Duchamp”. No tiene ningún sentido volver a escribir pre-textualmente en el “aire” duchampiano, lo que se necesita es, como podía leerse en el segundo número de The Blind Man (un texto publicado en mayo de 1917 y, tal vez, escrito por Breatie Wood), un tal R. Mutt firmando sobre un urinario “crear un nuevo pensamiento para ese objeto”. Jiménez, en un intenso diálogo filosófico, iniciado ya a medidos de los años ochenta, ofrece una de las mejores lecturas de la obra de Duchamp que termina por revelarse como crucial para comprender la experiencia estética, pero también reformula “cuestiones de gran relevancia sobre la condición humana en el mundo de hoy, a través de su manera de entender el arte como una puesta en acción, una construcción mental-visual, en la que se integran como trasfondo la poesía y la filosofía”.

Hay, en cierta medida, una actitud lúcidamente “quijotesca” en este magnífico libro de José Jiménez que quiere “desfacer tuertos” en materia duchampiana, citando incluso a Cervantes: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera que mi razón enflaquece, que con razón que quejo de vuestra fermosura”. Tomando en cuenta la cuestión de la razón, no podemos perder de vista que Duchamp apunta contra la filosofía de la identidad, contra el cogito cartesiano que fundamenta el tipo de racionalidad predominante en nuestra tradición cultural. Jiménez considera que Duchamp es la de un “humanista” “que actúa en un tiempo histórico en el que todos los humanismos han muerto, la de un artista-filósofo que no persigue meramente la producción de “obras de arte”, sino su propio enriquecimiento humano a través del proceso intelectual y expresivo de realización de un proyecto estético”.

              José Jiménez, con enorme brillantez interpretativa, recorre la obra duchampiana, mostrando la importancia que tienen las Impresiones de África de Raymond Roussel, la travesía más allá del espejo de Alicia de Lewis Carroll o aproximando al dinamismo erótico del meta-irónico artífice del Gran Vidrio los juegos de lenguaje wittgensteinianos. Sobre todo, insistirá en la importancia de la poesía, desde Zona de Apollinaire a los versos de Jules Laforgue (Duchamp ilustró en 1911 el poema “Todavía en este astro), formando parte de la biblioteca ideal del “selector” de los ready-mades los escritos de Roussel-Brisset, Lautremont y Mallarmé. En el séptimo capítulo de El aprendiz en el sol, titulado “El artista poeta”, Jiménez propone el diagrama de “La diagonal de la poesía”, subrayando la importancia que tiene Charles Baudelaire.

              En sus conversaciones con Pierre Cabanne, Duchamp declara que no sabe cuál es la palabra más poética: “en todo caso son las palabras deformadas en su sentido”. Encontraba un gran placer en los juegos de palabras, en la asonancia, en la forma de decir las cosas “al revés”, en las fórmulas paradójicas como “retraso en vidrio”. José Jiménez subraya que en Duchamp la vida, a la manera schilleriana, es un juego que, en verdad, tenemos que tomarnos muy en serio. Incluso este libro invita a una lectura lúdica, desplazándonos como si estuviéramos en la “Rayuela” de Cortazar.

              Para Marcel Duchamp el artista es un mediador y, como apuntó en una intervención crucial, el espectador crea el contacto de la obra con el mundo exterior “descifrando e interpretando sus profundas calificaciones para añadir así su propia contribución al proceso creativo”. Antes de la obra abierta de Umberto Eco o de la estética de la recepción Hans Robert Jauss, las ironías duchampianas ponían en cuestión la concepción cerrada y canónica de lo artístico.

              Jiménez le concede, adecuadamente, mucha importancia a los textos duchampianos a los que dedica el cuarto capítulo, titulado “Los escritos: Ver con retraso”. La minuciosa revisión del corpus textual y de las obras duchampianas, lleva a deshacer equívocos como el de la “muerte de la pintura”, pero, sobre todo, una revelación o “desnudamiento” (mise a nû) de lo vital o, mejor, del erotismo como el único “ismo” que merece ser practicado. “La pulsión de mirar –escribe Jimenez-, el

voyeurismo, se nos desvela así como el nexo de unión entre el arte y la vida, a través de su común instancia germinativa: el erotismo”.

Todo estriba, según Duchamp y Jiménez en saber mirar, esto es, en tener la pasión para “componer la imagen”.Duchamp le dijo claramente a Cabanne que “son LOS QUE MIRAN quienes hacen los cuadros”. Impugnaba la concepción esencialista del arte (devenido una “droga de hábito”) y recordaba que esa palabra viene del sánscrito y significa, primordialmente, hacer. Jiménez entiende a Duchamp como un escéptico que nos hace ver que ningún ser humano es más que nadie, todos tenemos capacidad de pensamiento, capacidad de elaboración: “Y pienso que esto, que implica escepticismo frente a las verdades recibidas, pero a la vez una posición de “yo puedo buscar por mí mismo”, es una de las cosas más importantes que un artista-pensador, como es el caso de Duchamp, nos puede dar. Esta es la cuestión: la vida es eros: deseo de ver, de conocer, de forjar una identidad con plena libertad. El juego de nuestras pulsiones nos lleva a lo que somos y a lo que vivimos”.

              Duchamp fue el eterno adolescente, entregado al juego y al humor que, según Jiménez, plantea una “dilatación de la mirada”: no basta con mirar para ver. Este revelador libro nos convierte en “aprendices” que disfrutamos del entrelazamiento de eros y vida, escapando de la petulancia del ARTE con mayúsculas. “Se trataría –escribe con sutil magisterio José Jiménez- de no tomarse nunca a uno mismo demasiado en serio: en el fondo, todos somos frágiles, quebradizos, mortales, infraleves”. Si Duchamp declaró, en una entrevista con Alian Jouffroy (1954), que había “ampliado la manera de respirar”, José Jiménez nos ofrece un “aire duchampiano” en el que podemos recuperar la levedad, el juego, el placer estético, en definitiva, la inspiración vital.

Fernando Castro Flórez 

Doctor en Estética por la Universidad Autónoma de Madrid, donde es profesor titular. Ha escrito en suplementos culturales de periódicos como El País, Diario 16, El Independiente, El Sol El Mundo. Desde hace más de diez años desempeña su labor de crítico de arte en el ABC Cultural. Colabora habitualmente en Revista de Occidente, Dardo, Exit Book Descubrir el Arte. Dirige la revista Cuadernos del IVAM. Forma parte de Patronato del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y ha comisariado más de un centenar de exposiciones. Entre sus publicaciones destacan: Escaramuzas. El arte en el tiempo de la demolición, Fasten seat belt. Cuadernos de campo de un crítico de arte, Sainetes y otros desafueros del arte contemporáneo Una “verdad” pública. Consideraciones críticas sobre el arte contemporáneo.

One thought on “Para respirar en el aire duchampiano.

  1. Queridas compañeras y compañeros,
    Quiero transmitiros mi profundo agradecimiento por la publicación del artículo…
    Un fuerte abrazo,
    José Jiménez

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