Josep Grau-Garriga
Contextura
Galería Sabrina Amrani-El Espacio
18 mayo – 13 julio 2024
Calle Sallaberry, 52
Madrid 28019
Por Fietta Jarque
El siglo XX se distinguió por una sucesión y clasificación de movimientos en las artes plásticas, cada uno con nombre, precursores, estrellas y seguidores. En ocasiones, también enfrentamientos (abstracción/figuración) y bandos. Algunos de esos movimientos fueron cayendo en el olvido a medida que otros los hacían ver, de alguna manera, como obsoletos o ya irrelevantes. Pero luego, -¡ah, el mercado!- son rescatados y vuelven a ser tendencia. Algo así sucedió con el arte cinético y geométrico de los 60 y 70 –sobre todo el latinoamericano- y ahora con el rescate del arte textil o, más bien, la Nueva Tapicería. Veteranas artistas de este movimiento como la estadounidense Sheila Hicks, la polaca Magdalena Abakanowicz o la colombiana Olga de Amaral, todas ellas nonagenarias y activas, han reaparecido brillantemente en los últimos años en señeras galerías, bienales y ferias de arte contemporáneo.

Es una gran noticia, en ese sentido, la exposición de Josep Grau-Garriga (Sant Cugat del Vallès, 1929 – Angers, 2011) en la galería de Sabrina Amrani, en Carabanchel. Precedida por la merecida atención al Premio Nacional de Artes Plásticas 2024 otorgado a Teresa Lanceta, de una generación posterior y una deriva distinta en lo textil a la de Grau-Garriga, la muestra titulada Contexturas despliega una veintena de obras realizadas de los años 70 al 2000. Poderosos tapices matéricos, tridimensionales, postinformalistas, los primeros, y más pictoricistas o estructurados a modo de collage, los últimos, aunque siempre como reflexión sobre el mundo textil.
En el origen de todos ellos está la propia formación y fundamentos de la trayectoria de este artista que estudió en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios y en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona y que en 1957 empezó a trabajar con Miquel Samaranch en la Casa Aymat de manufactura de alfombras y tapices. Samaranch, le dio un giro vanguardista a la fábrica influenciado por las teorías y personalidad del francés Jean Lurçat (1892-1966) y envió a Grau-Garriga a París a conocerlo y aprender con él. Fue un encuentro y un viaje determinantes, porque también se acercó a la obra de Jean Dubuffet y su informalismo de texturas rugosas. En España, el informalismo de Millares y sus cuadros con arpilleras desgarradas y pintadas o las obras gestuales y matéricas de Tàpies calentaban el ambiente. Grau-Garriga aplicó a Casa Aymat un nuevo sistema de trabajo. Ahí se realizaron trabajos de Miró, Tápies, Subirachs y Ráfols- Casamada, entre muchos otros. Pero Grau-Garriga empezó a gestar la idea de la Escola Catalana del Tapís, que se constituiría un año después en Sant Cugat. Su alejamiento del tapiz tradicional corta con la sumisión a los cartones pintados y lo lleva por la senda de lo tridimensional y de la introducción de todo tipo de fibras naturales (cuerda, yute, cáñamo, lana, seda), sintéticas y hasta metálicas. Libera al tapiz de la representación y reproducción de base pictórica y le da a sus construcciones tejidas una abstracción de volúmenes y dimensiones fuera de cuadro.

Pero la Escuela Catalana del Tapiz no era una experiencia aislada, porque en 1962 se realiza la primera Bienal Internacional de la Tapicería de Lausana, por iniciativa de Jan Lurçat y el mecenazgo y dirección del suizo Pierre Pauli. La bienal solo llegó a tener seis ediciones, por el fallecimiento de ambos, pero fue la meca de la nueva tapicería. La última edición, de 1973, recibió más de seiscientos trabajos. Allí se incentivó, reunió e inspiró a cientos de artistas, principalmente centroeuropeos, en el desarrollo espectacular de piezas de arte contemporáneo ya totalmente liberadas del plano con instalaciones monumentales y desarrollos que merecen ser revisados hoy. En los años ochenta fue decayendo el interés por esta nueva tapicería hasta banalizar algunos de sus logros (¡cuánto daño hizo el macramé!) y casi desaparecerla del mapa.
Con todo este contexto se puede hacer una lectura de las obras de la actual exposición en Sabrina Amrani. Allí se ven piezas como Abandono de un pasado (1979) con un fondo de gobelino comercial intervenido con otras materias e hilos. Y, sobre todo, grandes contrastes entre los tapices más brutales y ásperos como Cofí (1972), la subyugante fuerza de Paisatge a la posta y la intimidante Pell del poble (ambas de 1976), junto a la delicadeza emocional y doméstica con el paño limpio de la abuela en De l’àvia Rosa II (1979) o La llum i el temps (1987), que incorpora en el tejido trozos de ropas de niños y familiares. Grau-Garriga no deja la reflexión sobre el textil y su historia pero siempre emparentándolo a la pintura y no a la restricción artesanal. Tiene varias obras con elaborados marcos que subrayan esa relación, con pinceladas o manchas gruesas de pintura sobre finas telas o trozos de ellas.

Grau-Garriga quiso que el tapiz o sus mutaciones abarcaran el espacio de las salas y realizó numerosos environments monumentales. En una entrevista, Grau-Garriga expresó el papel que adjudicaba a esta forma creativa, cálida y vigorosa: “La tapicería es el complemento lógico de la arquitectura moderna. El racionalismo de esta arquitectura exige algo que pueda oponerse a ese carácter frío, darle algo de calor a los grandes paneles murales en los que la función no es simplemente decorativa. Esos paneles deben fundirse con el propio muro. Para ello, ¿Qué mejor que la tapicería?”
Está superada ya la distinción de las llamadas artes decorativas con respecto a las barra libre de las técnicas en las artes visuales contemporáneas de nuestro siglo. Por eso quizá este rescate sea educativo a la vez que justo, al recuperar obra de Grau-Garriga y, es de esperar, la de otras figuras vinculadas a la Escuela Catalana del Tapiz, como Aurèlia Muñoz y Maria Assumpció Raventós.

