
Fernando Baena poeta.
Fernando Baena. La Casa vieja. editorial DOSPAREDESY1PUENTE
Por Carlos Jiménez
Fernando Baena es un artista poliédrico que con este nuevo libro suyo corrobora su indudable pertenencia a la muy heterogénea legión de los poetas. Una nota firmada púdicamente por A.G – e impresa al comienzo del mismo- enumeran las variadas artes que ha ejercido a lo largo de más de tres décadas de carrera profesional, que ha generado en torno suyo un público de constantes admiradores, entre los que desde luego me encuentro. He aquí el listado: “artista visual, video-artista, artista de performance, artista de acción, pintor, escultor, fotógrafo, esbelto albañil…” Habría que añadir los oficios de libretista y director de escena, demostrados con creces en El manto de Verónica, una ópera de su autoría, tan inesperada como inspirada, que se representó en el espacio Cruce de Madrid la temporada pasada. Y advertir, además, que la primera muestra de sus buenas dotes de poeta, la ofreció con Aguanta, un poemario editado en 2021 la colección Migajas de la editorial DOSPAREDESY1PUENTE, la misma editorial responsable de La Casa vieja.

La casa es un tema recurrente de la pintura de la edad moderna por lo menos desde los interiores, tan domésticos como burgueses, pintados por Vermeer. Y lo ha sido igualmente de la literatura por menos desde la publicación de La maldición de la casa de Usher y La carta robada -para citar solo los cuentos más renombrados de Edgar Allan Poe. Pero Fernando Baena ha logrado imprimirle un giro a esta fecunda y perdurable tradición. A diferencia de Antonio Machado, que se limitó a encabezar su rauda autobiografía afirmando que su “infancia son los recuerdos de un patio de Sevilla/ y un huerto claro donde madura el limonero”, Baena ha hecho de su libro una minuciosa descripción de la casa de Córdoba donde vivió su infancia. Ninguna habitación, ningún umbral, ningún patio, corral o azotea, ninguna escalera o ningún rincón se queda fuera de su exhaustivo inventario. Que, en prácticamente en todos los casos, es una virtuosa y muy estimulante mezcla de descripción e imaginación. La mezcla de las palabras en su lugar con las que están fuera del suyo, para alumbrar imágenes inesperadas, sentidos inéditos. Con la notable excepción de Donde los dioses anidan, un poema ciertamente gongorino. En el libro habrá alguno más, pero ninguno como este, que esté dominado de manera tan absorbente por la alegoría.
En cambio, el poema Naturaleza muerta con figura ausente sobresale por razones distintas y ciertamente más inquietantes. En primer lugar, porque su título parece dar por resuelta la duda del propio Baena sobre el carácter de sus poemas: ¿son paisajes o naturalezas muertas? ¿Acaso vanitas? Y, en segundo lugar, porque los versos finales formulan una duda aún más radical. Después de referirse a la variopinta vegetación de la casa, Baena se pregunta si “Le resulta superflua mi ternura/ a esa vanita inversa / y pues nada abona la añoranza/ mejor sería evitarle mi persona/ y ostente cada cual en el poema/ la presencia realmente merecida”.

La pregunta equivale a una pregunta no tanto por la importancia o el valor de la poesía, sino por la necesidad de la misma. Es la pregunta que un poeta como Hölderlin se hace en un tiempo dominado por la “penuria” que resulta ser la más penosa de todas porque nadie de quién la padece parece ser consciente de ella – como aclaró Martin Heidegger. Baena si es consciente de la radicalidad de la penuria en una época como la nuestra, que duda de si la poesía es todavía necesaria. Lo dice a su manera y va todavía más lejos. Pone en duda su propia existencia, presentándose a sí mismo como una “figura ausente”. Como el fantasma que recorre, escanciando el vino del recuerdo, todos los lugares de una casa que ya solo vive en su memoria y que se ha convertido en topos imprescindible de su nostalgia y, peor aún, según él, de su melancolía. Baena tampoco oculta estas dos afecciones del alma, pero se revuelve contra ellas. Se rebela, no quisiera padecerlas, pero las padece. Porque en definitiva no puede librarse de ellas. Como lo demuestra tanto los poemas de este libro fascinante, como las fotografías de la casa tomadas por él mismo y la inclusión de los planos de la misma. Documentos de la nostalgia antes que certificados positivos de existencia. También lo demuestra que el libro incluya al final un código QR, que permite acceder el vídeo La casa vieja, que registró las performances o “acciones corporales”, como prefiere llamarlas Baena, con las que Marianela Leó (su “alter ego”) interpretó la lectura nostálgica que él hizo años atrás de una casa tan irrecuperable como su propia infancia.
Me parece inevitable concluir con una cita de Antoine de Saint-Exupery, célebre piloto de guerra: “¿De dónde soy? Soy de mi infancia. Soy de mi infancia como de un país”.

