Soraya Padrao

Soraya Padrao y José Domínguez, la
contrastada emoción de lo natural

Por Cesar Serna

Ya es primavera. Y eso se nota en las galerías. La tendencia del cóctel dos en uno, que no dos por uno, cada vez cobra más interés. Es el caso de la propuesta de Monstsequí, con dos nuevas atractivas promesas contemporáneas: la segoviana Soraya Padrao  y José Domínguez (Martos, Jaén, 1962).

Un derbi artístico, siempre sano eso sí, para que cada espectador saque su conclusión, su extracto, en este caso la esencia de la emoción vivida y plasmada a través de las piezas expuestas en la muestra.  En el flanco derecho, la serena elegancia del equilibro, como se ha bautizado en latín, el sugerente repertorio que aporta la autodidacta expresionista Padrao. 

Una abstracción depurada a juzgar por el trazo que no es, sino el gesto consolidado de una estancia hecha ahora expresión.  Las palabras de una inspiración inmortalizada.  El recuerdo de una etapa vivida (cinco años) en el idílico marco de Los Hamptons,  en el sector este de Long Island en el estado de Nueva York, en Estados Unidos, cuyo way of life, el modo de vivir, y sus consecuencias en diferentes planos afectan y se mimetizan marcados por el entorno arquitectónico que se deja sentir e impregna la obra de lo que fue su refugio y fuente de inspiración.

Soraya Padrao

Una visual coreografía que le viene como anillo al dedo, destacar que la joven artista proviene del mundo interpretativo (cine, teatro y tv copan una dilata carrera elogiada por el New York Times) lo que le confiere un plus técnico al ver la escena  retratada desde el otro lado de la platea, ahora hecha lienzo.

Un vacio narrativo que llena su ansia de saber con el trazo lineal y curvo como una espiral del destino que da forma visual a la materia de un paisaje a priori irreal. Idílico, pero que en realidad es la base de su etapa americana, donde encontramos claroscuros en una gama cromática con predominio de penumbra en tonos grises, negros y blancos  con salpicados de azul estelar que aportan, en conjunto,  un refinamiento, sutileza de la incidencia de la luz, que juega un papel trascendental al reflejar el estado de ánimo como una partitura, los puntos del ritmo acompasados, marcando los tiempos, ahora acelerado, ahora retraído, el orden y del desorden dentro de un caos arbitrario, conocido,  junto a obras también matizadas, llenas de color que marcan el inicio de una nueva etapa artística “me siento bien en Madrid, la ciudad me quiere, es reciproco”.

El frontal de galería nos anuncia antes de virar a la izquierda, con dos obras de espléndido formato, al otro participe creador con un denominador común la ciudad de Nueva York.  Eterna fuente de inspiración en numerosas disciplinas, aunque afirma que en su obra también ha retratado otras interesantes ciudades. En su trayectoria, destaca la imaginería de su pueblo natal.

José Domínguez

En este caso, la naturaleza viva en consonancia con el estéril asfalto, titulo, lo es todo y supone una vuelta a los inicios.  La búsqueda de la luz en ambos escenarios, lo urbano y rural, situaciones cotidianas marcadas por la singularidad, el arrojo, de ambos entornos, tan distintos, que éste profesor andaluz de dibujo y pintura trata de captar con alta precisión rozando casi un impresionismo “de la realidad” con sello propio. Domínguez es miembro de la Sociedad Nacional de Bellas Artes de Francia y académico superior de Grecci-Marino, academia de Arte italiana y sus obras aparecen referenciadas en numerosas publicaciones internacionales como el 4º Diccionario de escultores y pintores del S.XX o el enciclopédico italiano de Arte Moderno y Contemporáneo.

 La ciudad o el campo se pierden, se diluyen en este neoimpresionismo con  reflejos, brumas y destellos como un terrón de azúcar, dando paso a la fuerza natural como algo imparable, acompañado de dos elementos clave, intemporales, el agua y la luz. Elementos básicos del quehacer diario.

El difícil arte de plasmar el verdadero sentido de lo natural y la emoción que esta despierta.  Con unas pinceladas maestras, evaporadas, en cálidas tonalidades.

Un mundo envolvente que ya llamaba a su yo interior desde muy temprano, que paso de mero hobby a su real faceta profesional, con un estilo muy peculiar, que la vida tan solo ha certificado en su forma y concepto, con numerosas exposiciones individuales (desde 1981) y reconocimientos en museos de diferentes partes del mundo como Portugal, Rusia, Corea o México.

Escenas cotidianas de la Gran Manzana que albergan el bullicio reinante a diferentes horas, a juzgar por el empleo de la luz sostenida  y el tiempo envolvente de ejecución lluvia o soleado  que se transforma en silencio y quietud al contemplar la campiña  de su tierra jienense  marcada por un brillo especial que consigue con el dominio de morados y azules que dan paso a ocres y verdes para reflejar la actitud etérea del instante.

Con ambas obras exploramos el equilibro que puede surgir del contraste entre energía y silencio en busca de esa emoción quizá pérdida o añorada.  El eterno dilema de la atracción de los opuestos. La ciudad, el campo, la luz, las tinieblas.

Dos universos pictóricos con un lenguaje diferente, pero que bucean en un lugar común, la emoción hecha forma que destapa las tensiones y aflora a la luz. De la delicadeza que puede encerrar la fuerza en sí de lo natural y de lo abstracto, basada en el reclamo de la intuición para generar un nuevo concepto de mensaje visual donde reine la belleza.

Soraya Padrao “Elegance in Equilibrium

José Domínguez Naturaleza y asfalto”

Montsequi galería de Arte, C/ Alonso Cano, 42  Madrid. 

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