Marcel·lí Antúnez Roca: un campamento para tocar la tierra en la Sala Oval

Por Alfredo Llopico 

Entrar en la Sala Oval del MNAC es atravesar un umbral inesperado: uno deja atrás la solemnidad habitual del museo para encontrarse con un campamento vivo, un territorio hecho de madera, papel, colores y relatos que respiran. Natura Centrum Est. Campamento Oval, de Marcel·lí Antúnez Roca, no es solo una exposición: es una invitación a situar la naturaleza, la comunidad y la acción directa en el centro de nuestra experiencia cotidiana.

Antúnez, cuya trayectoria abarca desde performances mecatrónicas hasta robótica escénica, ha desarrollado en los últimos años un arte más cercano, festivo y colaborativo. Esta instalación es fruto de la participación de colectivos diversos: migrantes, personas en riesgo de exclusión, campesinos, ecologistas urbanos y rurales. La obra recuerda que la verdadera innovación artística surge del encuentro, del diálogo, de la implicación de muchos cuerpos y miradas. Aquí, la creatividad es colectiva, y el resultado no se mide solo por la espectacularidad, sino por la capacidad de generar comunidad y conciencia.

La Sala Oval se transforma en un campamento donde cada elemento tiene vida propia. Los visitantes deambulan entre telones que se abren como libros pop-up, descubren dibujos gigantes que mutan al ser activados y se enfrentan a la monumental figura de Vulcano, de doce metros de altura, que se impone como un guardián del espacio. Cada pieza es un fragmento de historia, un gesto de resistencia, un testimonio de vidas que han dialogado con la naturaleza de manera intensa y concreta. Historias de campesinos que tocaron la tierra con las manos, de ecologistas que dedicaron sus vidas a protegerla, de innovadores que encontraron soluciones humildes y brillantes para convivir con el mundo natural.

El eje de la exposición es la colectividad. La naturaleza es el centro, y las pantallas, los algoritmos, nos alejan de ella. Por eso Antúnez propone un arte tangible, hecho de materiales sencillos como madera y papel, que funciona como herramienta de movilización: un recordatorio de que reconectar con lo real implica participación, tacto, gesto. Los desfiles diarios, acompañados de música en vivo, convierten al público en protagonista, y la obra solo se completa cuando se activa con el cuerpo, con la curiosidad, con la imaginación.

Entre los relatos que se despliegan en Natura Centrum Est se encuentran figuras poco conocidas pero extraordinarias: Llum de la Selva, que vivió más de cien años consumiendo solo lo que producía en su huerto; Akira Miyawaki, botánico japonés que aceleró el crecimiento de bosques autóctonos; campesinos anónimos que reinventaron métodos de cultivo o resistieron frente a la industrialización. Antúnez los sitúa en un panteón contemporáneo, otorgándoles visibilidad y dignidad, y recordándonos que la historia de la naturaleza está hecha de gestos modestos y de conocimiento transmitido de generación en generación.

La exposición articula tres dimensiones que se entrelazan: la monumentalidad de las piezas, los objetos de propaganda y la reinterpretación de la iconografía folclórica. Antúnez recurre a tradiciones populares —rituales, iconografías, festividades— para transformarlas en un lenguaje contemporáneo, festivo y reivindicativo. Así, la obra mantiene la energía de sus orígenes callejeros al tiempo que dialoga con el marco museístico, demostrando que lo popular, lo ritual y lo poético pueden coexistir con la reflexión social y ecológica.

Natura Centrum Est es una celebración de lo vivo: del arte, de la naturaleza y de la comunidad. Invita al visitante a tocar la tierra, aunque sea a través de un telón; a participar en la creación; a sentir que la obra existe también en el gesto de quien la activa. La instalación no es un objeto estático, sino un organismo que respira y crece con la implicación de cada visitante. Antúnez logra así trasladar la energía de la calle al museo sin diluir la esencia de su obra: la festividad, la colectividad y la atención a la naturaleza como centro de nuestras vidas.

En este campamento de historias, colores y movimientos, uno se encuentra con la poesía de lo cotidiano, con la potencia de lo colectivo, con la evidencia de que la naturaleza no es un decorado: es un eje, una memoria, un presente y un futuro posible. Natura Centrum Est nos recuerda que la experiencia artística puede ser inmersiva, lúdica y utópica a la vez, y que el arte tiene la fuerza de acercarnos a lo esencial: tocar la tierra, compartir, participar y, sobre todo, sentir que somos parte de un mundo que merece nuestra atención y cuidado.

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