Isabel Tejada, comisaria y Javier Garcerá en CentroCentro. Foto, M.Espinosa.

Javier Garcerá: los muchos rojos del rojo.

Por Carlos Jiménez

Esta exposición está marcada fuego por la decisión de Javier Garcerá de pintar cuadros completamente rojos. Aunque no a la manera monacal de los monocromos de Kasimir Malevich o de Barnett Newman. Sus cuadros ciertamente son enteramente rojos, pero en ellos el rojo funciona no como un simple plano sino como una pantalla o un filtro puesto sobre una lente para que todo lo que se ve a través de ella aparezca rojo. Su mundo, el mundo de variadas imágenes que la imaginación de Garcerá proyecta sobre la tela, es un mundo enteramente rojo. Como parecía serlo Marte, el llamado planeta rojo, hasta cuando los penetrantes telescopios y las sondas espaciales enviadas a observarlo permitieron descubrir que el rojo puede tener infinitos matices. Como los tienen los rojos de estos cuadros de Garcerá. Que no son los rojos flamígeros del apasionamiento y la ira sino, como él afirma y desea, rojos que paradójicamente invitan al sosiego y la meditación.

Vista de la exposición de Javier Garcerá en CentroCentro. Foto, M. Espinosa.

No en vano la exposición se titula “El pico del aire”, que es una de las dos versiones existentes de un verso del Cantico espiritual de san Juan de la Cruz. La otra es “El cuello reclinado” y si se las confunde o si se dan por equivalentes es porque ambas versiones, la prosaica y la metafórica, trasmiten la actitud de espera y aceptación de la esposa que se entrega gozosamente al esposo. Para el propio san Juan de la Cruz – y desde luego para sus lectores religiosos de entonces y de ahora – la amada y el amante son símbolos del alma y de Cristo por lo que el amor que los une no puede sino ser espiritual. Aunque sin dejar de ser corporal.

El Cántico se solaza en la descripción tanto del paisaje que recorre ansiosa la esposa en busca de su esposo como del esplendido jardín donde consuman su unión. Aquí se da otra vez la mayor paradoja del barroco: la exaltación del espíritu que es al mismo tiempo de la sensualidad. La sensualidad que, para el asceta, por el contrario, ciega el camino al espíritu. Con sus cuadros rojos, Garcerá prueba su compromiso con las paradojas barrocas e incluso con la modalidad más extrema de las mismas: el oxímoron. Si san Juan de la Cruz celebra la “música callada” o la “soledad sonora”, el rojo para él no es el color de la ira sino, como ya dije, del apaciguamiento y la meditación. La clase de paradoja sugerida por estos versos del Cántico: “En purpura teñido/ Nuestro lecho florido”.

Javier Garcerá mostrando uno de sus libros. Foto, M.Espinosa

Garcerá divide sus cuadros rojos en esta magnífica exposición en dos grupos: los dedicados al paisaje y los que son productos del taller o vienen directamente de él. El contraste entre ambos permite comprender mejor cuál es su estrategia artística y específicamente con el sosiego, la contemplación y la meditación. Los cuadros paisajísticos no ofrecen en realidad al espectador un paisaje natural sino lo que podríamos calificar con cierte reserva de naturaleza muerta. Por cuanto son una aglomeración de arquitecturas, objetos y cosas diversas, compuesta siguiendo una lógica geométrica, en vez de la lógica azarosa que guía la composición de los collages cubistas. Que pueden ofrecer una lección ética sobre la caducidad inevitable de los asuntos y los intereses mundanos, representadas por el contenido de estas aglomeraciones. Invitarnos a la contemplación detenida del cuadro y al ejercicio de una mirada escrutadora, que se extravíe en sus vericuetos y se interrogue por el propósito final al que obedece el conjunto. Si es que tiene alguno, si es que finalmente se puede descifrar. O pueden simplemente deleitarnos en la contemplación de los infinitos matices del rojo que inevitablemente resulta de la yuxtaposición en el mismo cuadro de tantas imágenes dispares.

Vista de la exposición de Javier Garcerá en CentroCentro. Foto, M. Espinosa.

Los cuadros que Garcerá llama del taller prescinden del asunto o del tema, para mostrarse solo como planos de color que atraen y subyugan por los sutiles matices de rojo que nos ofrecen. Aunque también son productos de la voluntad del pintor de reivindicar al taller como lugar inspiración y creación. Con ellos él viene a decirnos que no es la naturaleza la que le inspira, no es el supuesto o real a plein air el lugar de la creación, es el taller. El aislamiento y la soledad aseguradas por el taller son las condiciones sine qua non de realización de la pintura. Aquí, en este punto crucial, Garcerá ofrece el ejemplo de una mística que, como la preconizada por Teresa de Ávila, no divorcia la introspección de la acción, sino que hace de la introspección la condición inequívoca de la acción.

Del 18 de diciembre de 2025 al 3 de mayo de 2026

Javier Garcerá, ‘El pico del aire’

Comisaria, Isabel Tejeda

Centrocentro, Madrid.

Carlos Jiménez

Carlos Jiménez Moreno

Arquitecto, Historiador y crítico de arte. Director del Simposio de arte y ciencia del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas de Madrid CNIO. Ha ejercido la crítica de arte en los principales periódicos y revistas de España y América Latina. Ha publicado diez libros sobre arte contemporáneo.

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