
Dora Román. Últimas miradas (de Gerda Taro)
Territorios de la mirada insomne: Elvira Megías y Dora Román en La Cafebrería Ad Hoc
Por Jesús Cámara.
La Cafebrería Ad Hoc se convierte estos días en un espacio de vigilia. Bajo el título “Territorios de la mirada insomne”, el comisario Carlos Jiménez reúne las obras de Dora Román y Elvira Megías, dos fotógrafas que, desde lenguajes y pulsiones distintas, coinciden en un mismo desafío: sostener la mirada incluso cuando la noche o la historia pesan sobre los párpados. La exposición es, en sí misma, un diálogo entre dos formas de entender el blanco y negro: una, melancólica y espectral, otra, áspera y frontal.
La propuesta de Dora Román, artista multidisciplinar,se adentra en un episodio de la historia de la fotografía marcado por el riesgo y la tragedia. Esta serie “Últimas miradas (de Gerda Taro)” de 13 fotografías, de las que aquí se muestran cinco, imagina los últimos momentos de la fotoperiodista que, junto a Robert Capa, documentó la Guerra Civil española y que murió a los veintisiete años tras un accidente en el frente de Brunete. Román no recrea la escena con literalidad; lo que hace es evocar la percepción de Taro mientras era trasladada herida de muerte hacia el hospital de El Escorial. Estas creaciones que parecen emerger de una penumbra de plata, me recuerdan la textura de los ferrotipos del siglo XIX y así lo comenté a Dora quien me confirmó que era una referencia intencionada: negros profundos, luces crepitantes y una pátina que convierte cada instantánea en reliquia y en presentimiento. No trata de ilustrar la historia, sino de sugerir la visión apenas consciente de quien la está abandonando. Por ello en cada instantánea, la artista la concibe con una suerte de superposición de imágenes.


Dora Román. Últimas miradas (de Gerda Taro)
Entre las piezas de Román destaca, sin embargo, una fotografía en blanco y negro que introduce un matiz revelador. Se trata de una manipulación de un autorretrato de la propia Gerda Taro, procedente de la Irme Schaber Collection. Román ha intervenido la imagen con un gesto mínimo pero decisivo: aumenta el detalle del ojo, como si lo observáramos a través de una lupa y lo gira en sentido inverso. El resultado es perturbador. La fotografía parece interrogarnos a nosotros, espectadores de un siglo después, y nos devuelve la pregunta por la visión y por la memoria. ¿Quién mira a quién cuando el pasado se amplifica de este modo? No es extraño que el comisario la haya situado -con todo acierto- en la pared que domina toda la sala. Nos atrae la atención nada más entrar y nos invita a subir el escalón del espacio que preside.
Frente a esta deriva espectral, las obras de Elvira Megías proponen otra clase de vigilia. También en blanco y negro, sus fotografías se centran en el cuerpo femenino y se articulan a partir de un binomio radical de luz y sombra, evitando deliberadamente los matices grises. En sus imágenes no hay término medio: el contraste es el lenguaje. Las mujeres que retrata se nos presentan con una expresión contenida, poderosa pero sin estridencias, territorio de signos y de silencios. No hay concesión al dramatismo ni al gesto excesivo; todo se juega en la intensidad del rostro, en la tensión de la postura, en el sosiego de un encuadre calculado. Megías trabaja el blanco y negro no solo como una cuestión estética, sino como una ética de la claridad: cada fotografía es una declaración de presencia, un cuerpo que resiste a ser diluido en la ambigüedad. De los dos polípticos que presenta, selecciono tres fotografías. En una de ellas, la figura de espaldas, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, revela tanto vulnerabilidad como una fuerza interior: la piel desnuda dialoga con las líneas tensas de las manos adornadas con anillos y pulsera, y el fondo negro concentra la mirada en el puro gesto. En otra, un torso desnudo sostiene frente al rostro una gran pieza ósea, máscara y tótem a la vez. La blancura del hueso, perforado en dos grandes orificios, contrasta con la penumbra y multiplica las lecturas: identidad que se oculta, naturaleza que reclama su lugar, ritual de metamorfosis. La última imagen (no menos incisiva) continúa este juego de ocultamiento y revelación, explorando la potencia simbólica del cuerpo femenino envuelto en tul negro con concesiones narrativas evidentes.

Elvira Megías.
La convivencia de estas dos miradas en un mismo espacio genera una fricción fértil. Por un lado, Román se sumerge en la memoria y en el sueño; por otro, Megías insiste en el presente absoluto de las mujeres que retrata. La una nos invita a atravesar las brumas de la historia; la otra, a sostener la mirada en la nitidez de lo real. En ambos casos, el blanco y negro no es un recurso nostálgico, sino una forma de precisión: la luz como frontera, la oscuridad como verdad.
El comisariado de Carlos Jiménez refuerza este diálogo. La disposición de las obras permite que los ecos entre ambas series se multipliquen: los grisáceos indefinidos de Román encuentran su contrapunto en los contrastes severos de Megías; la intensidad de las miradas femeninas resuena con la pupila ampliada de Gerda Taro, como si todas compartieran una misma vigilia. En La Cafebrería Ad Hoc, el visitante circula entre dos modos de insomnio: el de la historia que se niega a apagarse y el de la identidad que se afirma sin titubeos.
“Territorios de la mirada insomne” es, en definitiva, una exposición sobre la persistencia. Persistencia de la imagen de la mujer frente a la violencia y el tiempo y qué mejor empleo para ello del blanco y el negro. En las paredes de este café con su magnífica librería y sala de exposiciones inteligentemente dirigido por la escritora Lola Vivas, la fotografía no duerme.
“Territorios de la mirada insomne”. Dora Román y Elvira Megías
Comisario, Carlos Jiménez
Cafebrería Ad Hoc.Buen Suceso,14. Madrid

Jesús Cámara
Jesús Cámara ha desempeñado cargos de presidencia en asociaciones artísticas, conservación de colecciones pictóricas, dirección de museos y exposiciones, y ha participado activamente en el ámbito de la crítica de arte a nivel nacional e internacional. Trabajó en el Ministerio de Cultura como cordinador de exposiciones y en el Museo Nacional Reina Sofía. Ha sido Conservador de la Colección de Pintura de Unión Española de Explosivos desde 1995 hasta 2005, Director del Museo Salvador Victoria durante el periodo 2003-2010, Director de Exposiciones del Distrito de Ciudad Lineal entre 2009 y 2012, Ha sido Patrono de la Fundación Caballero-Thomás de Carranza.


Ciertamente bello, descrito con sabiduria, la experiencia es sabia.
Muchas gracias. Una pena exposición muy recomendable.