
RODRÍGUEZ-MÉNDEZ. Foto: Luis Francisco Pérez
RODRÍGUEZ-MÉNDEZ. HUMORES Y ESPESORES
Por Luis Francisco Pérez
A veces ocurre que en determinadas exposiciones de arte, especialmente las que poseen la ambición y el deseo de revisar la obra de un artista en un amplio marco temporal, no captamos la esencia de la muestra por medio de un plano general y abarcador (eso llega después, cuando lo visto permite un cierto pensamiento especulativo sobre lo contemplado), sino que vamos entrando en ella con la
promiscuidad intelectual que permiten los “primeros planos”; con la cercanía, excitada y excitante, que demandan no pocos de los trabajos con los que nos vamos encontrando. Se diría entonces que las obras expuestas reclaman un mínimo compromiso afectivo y sentimental, o una mirada lo suficientemente
humana para saber “leerlas” desde la inteligente dimensión piadosa y poética que su hacedor nos ofrece. Esta cualidad -la exposición como un cuerpo que respira, siente y padece-, es mucho menos habitual de lo deseable, pero afortunadamente dicha cualidad sí está presente en una de las más bellas y complejas muestras que ahora se pueden ver en Madrid: “Humores y espesores”, del artista gallego
Rodríguez-Méndez (As Neves, Pontevedra,1968), que comisariada por Ángel Calvo Ulloa la podemos ver en el CA2M de Móstoles.
Cuando visité por segunda vez la exposición (la primera en realidad, pues el día de la inauguración hubiera sido imposible reparar en lo que diré a continuación) me llamaron la atención unos pequeños orificios practicados en las paredes de la sala. Unos orificios contenían como pequeños fragmentos de ramas o arbustos, mientras otros únicamente el vacío del orifico. Intenté por medio del catálogo conocer más de estos misteriosos agujeros, pero nada se informaba al respecto.
Decidí entonces contactar con el artista, el cual me lo aclaró muy bien. Se trataba de una acción realizada por hombres y mujeres mayores de 80 años, que luego de realizar los orificios introducían pequeñas ramas de cerezo. No todos los participantes conseguían introducir las ramitas, de ahí que algunos de los orificios fueran solamente eso, un hueco circular en la pared. La acción se titula “Os
insinos” y fue realizada antes del montaje del inicio de las obras expuestas.


RODRÍGUEZ-MÉNDEZ. Foto: Luis Francisco Pérez
Antes de conocer esta información lo primero que me vino a la mente fue el recuerdo en la cultura japonesa del “tokonoma” que yo descubrí gracias a un poema memorable y muy bello de Lezama Lima, “El pabellón del vacío”, en el cual el gran escritor cubano (y genial “espíritu barroco”) considera el “tokonoma” a partir únicamente de su carácter de nicho diminuto, un vacío producido por la uña
donde imaginar un refugio para sentir nuestro gozo, placer y paz:
“De pronto, recuerdo,
con las uñas voy abriendo
el tokonoma en la pared.
Necesito un pequeño vacío,
allí me voy reduciendo
para reaparecer de nuevo,
palparme y poner la frente en su lugar.
Un pequeño vacío en la pared”

RODRÍGUEZ-MÉNDEZ. Foto: Luis Francisco Pérez
“Humores y espesores” es una exposición que no se deja definir fácilmente (tampoco “explicar” desde una vertiente “impresionista”), quizá porque muchas de las propuestas surgen de un fondo, o bajo fondo, que el artista consigue “formalizar” cuando únicamente las obras han subido trabajosamente a la
superficie que permite su visualidad. Si a ello le añadimos el innegable “hermetismo” de no pocas de las obras que se exhiben (en parte debido a que son mucho más que producciones artísticas: son evocaciones y memorias que se auto presentan desde una radicalidad que une lo intelectual con lo sentimental), entonces bien podemos afirmar que no es tarea fácil la recepción de los trabajos.
como tampoco la “explicación” de las singularidades formales de los mismos.
Ahora bien, no renuncio a un posible rótulo que pudiera servir para “enmarcar” la entera exposición, y asumiendo el más que probable fracaso de este temeroso epígrafe. “Humores y espesores, entonces, me atrevería a decir que es una fisiología de un cuerpo político que respira y recuerda por todos y cada uno de sus órganos: las obras que contemplamos, y que a su vez demandan algo más que una contemplación pasiva.

RODRÍGUEZ-MÉNDEZ. Foto: Luis Francisco Pérez
A partir de esta rotulación es cuando, finalmente, podemos hacer referencia a algunos de los trabajos presentados, que han sido realizados durante algo más de una década. La referencia será sucinta y lo más clara posible, pues en el muy completo catálogo podemos leer (lo recomiendo) el magnífico texto de Laura Vallés haciendo una extraordinaria hermenéutica de las obras. Comencemos, aleatoriamente, por “Del hijo, la respiración”: una acción donde dos grandiosas y teatrales sábanas blancas sirven de telas (en su sentido pictórico) para mostrar el impacto que sobre ellas recibe el vertido de aceite vegetal. En el vídeo “Hombres sentados” vemos a hombres mayores de setenta años filmados de modo que solo
contemplamos su cabeza o cuero cabelludo emitiendo sonidos ininteligibles (una confesión personal: son los mismos sonidos que emite mi madre que padece alzheimer y demencia senil). En “Las orillas” observamos en una serie de fotografías en blanco y negro de la línea divisoria entre los nichos en cementerios gallegos. Se trata de un delicado trabajo sobre el “limes” en el sentido dado por Eugenio Trías: el límite entre lo que puede decirse y lo que puede callarse, o un acceso a lo inaccesible en toda naturaleza simbólica. En “Proposición. Saltar”, una serie (bellísima) de obras en papel, recoge las huellas y las manchas de la cotidianidad de tomar la sopa por el padre del artista. En “Región de validez”, por
último, somos testigos de una ofrenda de amor tan bella como conmovedora: los noventa y seis paquetes enviados al artista por su madre durante una década que contienen prendas de vestir, paquetes que jamás serán abiertos ni las prendas usadas.

RODRÍGUEZ-MÉNDEZ. Foto: Luis Francisco Pérez
“Humores y espesores” es, en mi opinión, una de las exposiciones de arte más radicales y estremecedoras que ahora se pueden ver en Madrid (también es un lúcido análisis sobre “el hecho escultórico” pero ello alargaría en demasía este escrito). Son, ciertamente, “fragmentos de un discurso amoroso”, pequeños y necesarios “tokonomas” para encontrar refugio y paz y piedad. Cuando hablo de
“radicalidad” me estoy refiriendo al inteligente planteamiento de artista y comisario para escenificar lo hermosamente “ilegible” que es, en puridad, la mejor creación artística. Barthes, al que indirectamente acabamos de citar, decía que toda subversión creativa debe producir su propio claroscuro. “Humores y espesores” produce su propia complejidad a partir del deseo de reunir fragmentos de vida para crear un tejido, un texto poético, una narración existencial, un plural argumento de la cotidianidad que, paradójicamente, también puede llegar a ser de una gran abstracción (otro punto que también dejaré sin tocar: la dialéctica presente en toda la exposición entre representación y ausencia de significado).
Acabemos el comentario de esta bella exposición (sí, muy bella, no tengamos miedo a utilizar según que palabras o expresiones) con unos versos del poema citado de Lezama Lima:
“Tener cerca de lo que nos rodea
y cerca de nuestro cuerpo,
la idea fija de que nuestra alma
y su envoltura caben
en un pequeño vacío en la pared”
Rodríguez-Méndez. Humores y espesores
Comisario: Ángel Calvo Ulloa
1 Marzo 2025 – 12 Octubre 2025
MUSEO CA2M. Móstoles

Luis Francisco Pérez
Crítico y teórico del arte contemporáneo principalmente. Aunque también es comisario de exposiciones. Desde mediados de los ochenta ha escrito y colaborado en y con todas las revistas españolas de arte. .Algunas publicaciones: “Espacios de significado. Ensayos de exposiciones de arte en España, 1983-2003” (Exit Editorial) / “Crítica en el muro. Escritura sobre arte en FB”, (Exit Editorial)

