
Juana González y Fernando Castro Flórez. Foto, Carlos Jiménez©
El bosque encantado de Juana González
Por Carlos Jiménez
“La incertidumbre deja las puertas abiertas a la interpretación, convive con el misterio, no constriñe ni limita la mirada” Juana González.
Juana González ha ido componiendo cuadro a cuadro un verdadero bosque encantado. El intrincado laberinto donde tienen lugar fábulas en las que la belleza se entrelaza con el horror, la imaginación con la fantasía y esta con el delirio, y la contunde verosimilitud de las figuras humanas con el misterio que inevitablemente se apodera enteramente de cada escena. En uno de sus cuadros de restallante colorido, vemos en un claro de su bosque a una mujer leyendo un libro, sentada en el suelo y apoyada en el tronco de un árbol, mientras delante suyo otra mujer, de cuclillas ante el tocón de un árbol, juega el juego letal de clavar a toda velocidad un cuchillo entre los dedos de su mano. En otro un científico, sentado en su escritorio con un libro entre las manos, tiene delante de sí a un auténtico demonio. Un hombre musculoso pintado enteramente de rojo, desnudo hasta los tobillos, y con la cabeza azul de felino. En otro, un hombre mete el dedo en un agujero humeante del que podría ser un volcán y que sin embargo ocupa el lugar de la cabeza y el tronco de un hombre arrodillado delante de él. En el fondo remoto, una fuente situada en la encrucijada de los caminos de un parque o de un jardín.

También ha pintado una escena que sería la más normal y doméstica del mundo, si no fuera porque el hombre que prepara meticulosamente la maleta de un viaje tiene las manos y los antebrazos separados completamente de los brazos. Anomalía que se repite como un ritornelo en otros tantos cuadros y que, sin embargo, alcanza el punto del delirio o la parodia en el cuadro que representa a un pintor delante de la tela en blanco de un cuadro puesto en el caballete. Viste un traje de color marrón, sus ojos lanzan rayos verdes y la mesa al alcance de su mano, es también una paleta mayúscula, con mezclas de colores, pegotes de óleo, un bote con pinceles y otro de aguarrás o tinta o quien sabe qué. Detrás del pintor, una decena de hombres vestidos uniformemente de azul de la cabeza a los pies, con gafas y capucha y los brazos cruzados sobre el pecho, miran sin mirar, impasibles. Como si nada de lo que hace el pintor pudiera interesarles. ¿O son acaso un jurado impenetrable, dispuesto a condenar o absolver lo que hace o, peor aún, deja de hacer el pintor? Y en la lejanía, en una esquina remota del cuadro y a punto de salirse de él, vemos a un grupo de fieles encendiendo cirios delante de unos cuadros que podrían ser de santos. Nunca lo sabremos. Y ella jamás nos lo contará.
Lo que sí podemos decir – llevando la interpretación hasta los límites del delirio – es que este cuadro es una alegoría de lo que es para Juana González ser pintora. Así de impotente se siente ella delante de la tela en blanco, así de inapropiadas le resultan sus manos para pintar lo que quiere pintar, así de observada se siente por un jurado imponente que le respira en la nuca. Y así de deseosa está de que su pintura sea objeto de la misma devoción que los fieles rinden a las imágenes sacrosantas.

Indómita pintura, el título de su exposición en CentroCentro de Madrid, añade a los cuadros mencionados otros tantos hasta componer una muestra muy representativa de su arte. Pero hace más: le ha permitido incursionar en los dominios de la escultura y la instalación. Montaña invertida, es el titulo de una escultura de hierro y escayola que soporta una paleta de pintor usada por 12 años. Genera una imagen lujuriosa. Suelo es, tal y como su nombre indica, un trozo de suelo de baldosas coloreadas, cuyo dibujo – según Fernando Flórez, el comisario- evoca los suelos de las casas donde la artista vivió su infancia. En este listado hay que incluir igualmente S/T, el collage de papeles recortados y pegados al muro en los que ha dibujado distintas escenas a campo abierto. Y sobre todo la pieza mas arriesgada y desafiante: Soñar. Esta instalada en una encrucijada del recorrido de la exposición y representa para Juana González la imagen de alguien que está durmiendo. Las largas telas que cuelgan del techo como hamacas, serían como sus sueños. Sueños que serían tan dislocados y atormentados como lo es la figura humana yacente, un collage de materiales y detritus todo lo incongruente que pueden ser la condición humana después de su estallido. De su inaudito Big band.
Indómita pintura. Exposición individual de Juana González. CentroCentro. Madrid. 28.10. 2026-18.04.2027.
Comisario Fernando Castro Flórez

