
Abigail Lazkoz. Cordero, mitad gato, casi perro
Por Saray Díaz García
Hay algo profundamente extraño en querer ser aquello que uno no es. O quizá en no saber muy bien qué se es. En 1917, Franz Kafka escribió Una cruza, un relato protagonizado por un animal singular, mitad cordero y mitad gato. Una criatura heredada de dos naturalezas aparentemente irreconciliables que, sin embargo, conviven en un mismo cuerpo. Pero hay un detalle todavía más desconcertante: el animal quiere ser también perro.
Esta tercera posibilidad es importante. Porque rompe la aparente dicotomía y nos sitúa ante algo mucho más complejo que una simple mezcla de contrarios. No hay síntesis definitiva ni identidad a la que regresar. Hay una criatura que permanece en una suerte de incertidumbre ontológica, suspendida entre lo que es, lo que ha heredado y lo que desearía llegar a ser.
De ese animal kafkiano parte Abigail Lazkoz para construir Cordero, mitad gato, casi perro, la exposición que puede visitarse en Azkuna Zentroa. Una propuesta que revisita y expande su trayectoria artística, poniendo en relación trabajos de diferentes etapas con nuevas producciones. Más que una retrospectiva, es un ejercicio de extrañamiento sobre la propia obra: volver a lo conocido para descubrir que tampoco uno mismo permanece intacto.

La exposición se articula en cinco salas que funcionan como capítulos de un mismo recorrido. Cada espacio propone una atmósfera propia y permite adentrarse progresivamente en el universo visual de Abigail Lazkoz, donde dibujo, narración e imaginación se entrelazan para construir un paisaje abierto a múltiples interpretaciones.
En la primera sala Singular nos encontramos algo casi duchampiano en esta operación de cuestionamiento de las categorías. La posibilidad de que las cosas sean otra cosa, de que una obra no tenga por qué quedar encerrada en la definición que le hemos asignado. La creación como una lucha constante contra la clasificación, contra la tentación de convertir lo complejo en algo fácilmente reconocible.
En la segunda sala Animal la obra parece abandonar cualquier expectativa de conciliación. Un animal en conflicto; las formas angulosas, casi picassianas, salvajes. El espacio adquiere una tensión distinta. Hay algo de guerra, de conflicto y de desconcierto en estas composiciones, como si la artista nos colocara ante un territorio desconocido cuyo lenguaje todavía no sabemos interpretar.
La violencia formal parece hablar también de una experiencia vital: el tránsito por escenarios inciertos, la imposibilidad de anticipar lo que viene y la necesidad de avanzar sin conocer del todo el camino. La identidad deja de ser una cuestión estable para convertirse en un campo de batalla.

En la tercera sala Cordero, mitad gato regresamos a la criatura de Kafka. Y aquí me interesa especialmente una cuestión: el modo en que cada espectador construye su propia interpretación. Las obras parecen suspendidas entre distintos estados del ser, como si no desearan llegar nunca a una conclusión definitiva. Cada pieza ocupa un lugar ambiguo desde el que invita al visitante a abandonar la necesidad de nombrar y clasificar. Son formas que dudan, que mutan, que se resisten a ser una sola cosa.
En este escenario, los opuestos no se enfrentan: conviven. Lo frágil y lo monumental, el silencio y la saturación, el vacío y la acumulación establecen una conversación constante. Nada busca resolverse. Al contrario, la exposición encuentra su fuerza precisamente en esa tensión sostenida, en esa sensación de extrañeza que surge cuando aquello que contemplamos escapa a las categorías conocidas.
En este sentido, la sala parece dialogar con la idea deleuziana del devenir: una existencia que no se define por lo que es, sino por aquello en lo que puede llegar a transformarse. Como la criatura híbrida de Franz Kafka, las composiciones de Lazkoz parecen desenvolverse en un profundo caos que, paradójicamente, alcanza un equilibrio perfecto. Armonía y contradicción no se excluyen. Conviven. Lo que a primera vista podría parecer una acumulación de elementos encuentra una lógica interna, una organización que no elimina el desconcierto, sino que lo incorpora.
La cuarta sala, Casi perro: regresar al origen, parece llevarnos a los cimientos de todo. Los grabados y los trabajos más tempranos de la artista permiten acercarse a un momento anterior de su trayectoria, cuando el dibujo parece concentrar toda la energía de la creación.

Aquí desaparece el color. La mirada se detiene en la intimidad del trazo, en la línea y en sus posibilidades. Las figuras son livianas, los gestos parecen sencillos, pero las líneas esconden una complejidad que contradice su aparente simplicidad.
Hay una tensión constante entre lo onírico y lo real, entre la percepción del yo y aquello que permanece fuera de nosotros. Los dibujos parecen moverse en ese espacio donde la realidad todavía no ha terminado de separarse del pensamiento.
En trabajos como Toque de queda aparece una dimensión especialmente íntima. Es quizá el momento más personal del recorrido: una aproximación a la artista a través de aquello que permanece cuando desaparecen los elementos más llamativos. Sin color, sin estridencias, con el dibujo reducido a su condición más esencial. Volver al origen no significa necesariamente volver a empezar. A veces significa descubrir que los cimientos contienen ya todas las contradicciones que después desarrollaremos.
La última sala introduce otra transformación. La garrapata, asociada a la producción más reciente, nos devuelve al color, al garrapateo y a una geometría que parece reclamar su propio espacio. Hay resonancias kandinskianas y mondrianianas en determinadas composiciones. El lenguaje geométrico aparece como una posibilidad de orden, aunque ese orden nunca termina de imponerse por completo. Las formas se despliegan, se relacionan y parecen absorber el ritmo del relato. Un
picnic geométrico. Una convivencia de figuras que, lejos de resolver las tensiones anteriores, las trasladan a otro territorio.
El color adquiere aquí una presencia determinante. Ya no estamos ante la intimidad del dibujo en blanco y negro, sino ante una superficie que se expande y reclama atención. El garrapateo introduce una energía distinta, casi indisciplinada, que parece poner en cuestión cualquier intento de organización definitiva. Es como si lo deconstruido cediese ante la imposibilidad de poner límites a la finitud del acto creativo. La geometría intenta ordenar, pero la pintura siempre parece encontrar una salida. Las figuras quedan atrapadas en ese pulso entre construcción y descomposición, entre estructura e impulso.

La nada por el todo. O quizá el todo intentando explicarse a través de sus fragmentos, agasajado por ese demonio pictórico que se resiste a cualquier domesticación.
Al terminar el recorrido queda una sensación difícil de resolver. La criatura que permanece. Hemos atravesado distintas naturalezas, lenguajes y momentos de una trayectoria artística que se resiste a ser explicada mediante una única categoría. Y quizá esa sea precisamente la propuesta de Abigail Lazkoz. Aceptar que una trayectoria no es una línea recta, que una obra puede contradecir a otra y que el pasado no tiene por qué funcionar como una explicación definitiva del presente.
El animal de Kafka continúa ahí, mitad cordero, mitad gato, casi perro. No termina de ser ninguna de las cosas que lo componen y, sin embargo, es todas ellas. Su existencia no necesita una solución. Tal vez crear consista precisamente en eso: en sostener la contradicción sin apresurarse a resolverla. En aceptar que la identidad, como la propia obra, es un territorio en permanente construcción.
Como en los relatos de Kafka, la creación artística surge de un territorio ambiguo donde lo familiar se vuelve extraño. El artista transforma la realidad para revelar sus grietas, sus contradicciones y sus posibilidades ocultas. Kafka entendió que toda transformación encierra una verdad. También el arte: un espacio donde la imaginación altera el mundo para hacerlo más visible. Un profundo caos en un equilibrio perfecto. Y la sospecha de que, después de todo, quizá no haya nada más parecido a la libertad.
Abigail Lazkoz (Bilbao, 1972). Cordero, mitad gato, casi perro
Azkuna Zentroa, Bilbao
Del 21 de octubre de 2026 al 17 de enero de 2027
Comisaria: Yara Sonseca

