
¿Por qué España necesita más coleccionistas, no solo más visitantes de museos?
Por Elizabeth Donaire
Hemos trabajado durante décadas para acercar la cultura a la sociedad. Quizá ha llegado el momento de preguntarnos también cómo acercar la sociedad a la adquisición de arte.
Durante años hemos medido buena parte del éxito de nuestras políticas culturales contando visitantes.
Cuántas personas entraron en un museo, cuántas asistieron a una exposición, cuántas participaron en una actividad cultural.
Tiene sentido conseguir que más personas conozcan, disfruten y comprendan el arte, es una conquista que no deberíamos minusvalorar. Pero, ¿cuántas de esas personas se plantean alguna vez adquirir una obra de arte?
España ha avanzado mucho en democratizar el acceso a la cultura como experiencia. Sin embargo, seguimos asociando la adquisición de arte a un territorio bastante más reducido: coleccionistas consolidados, personas con elevada capacidad económica o especialistas que conocen los códigos de un mercado que desde fuera continúa pareciendo complejo.
Y ahí tenenemos uno de los problemas.
Visitar no es adquirir
Un museo lleno es una excelente noticia. Una feria con público también. Lo mismo ocurre cuando una exposición consigue atraer a personas que normalmente no entrarían en una galería.
Pero ninguna de esas situaciones garantiza que exista un mercado capaz de sostener la creación que estamos contemplando.
Los y las artistas necesitan visibilidad, reconocimiento e instituciones que estudien y difundan su trabajo. Pero también necesitan compradores/as.
Y una sociedad que quiera conservar una parte significativa del arte que produce necesita que algunas de esas obras encuentren un lugar fuera del estudio del/de la artista.
No todo el patrimonio cultural se conserva en instituciones públicas.
Las colecciones privadas, familiares y empresariales han participado históricamente en la conservación, circulación y transmisión de obras de arte. Muchas piezas que hoy encontramos en museos pasaron antes por manos privadas. Alguien decidió adquirirlas cuando todavía no sabíamos qué lugar terminarían ocupando en la historia.
Por eso creo que necesitamos ampliar nuestra idea de participación cultural. Contemplar arte es participar en la cultura, pero adquirirlo también.
El problema empieza con la palabra «coleccionista»
Pregunto con frecuencia a personas interesadas por el arte si alguna vez han comprado una obra.
Muchas responden que no son coleccionistas.
Me interesa esa respuesta porque nadie les ha preguntado si lo son.
Parece que antes de comprar una primera obra hubiera que adquirir una identidad: conocer el mercado, manejar determinados códigos, disponer de un presupuesto considerable y saber exactamente qué colección queremos construir.
Pero ocurre justamente al revés.
Primero se adquiere una obra. Después, quizá, aparece el/la coleccionista.
Puede empezar con una fotografía, una obra gráfica, una pieza de pequeño formato o el trabajo de un artista emergente. No existe una cantidad mínima que convierta una adquisición en culturalmente relevante.
Lo importante es empezar a desarrollar criterio: Conocer al artista. Preguntar. Comparar. Entender qué estamos comprando. Pedir asesoramiento cuando sea necesario. Aprender a distinguir precio de valor y gusto personal de calidad artística.
España necesita crear compradores
En mi artículo anterior para artepuntoes analizaba cómo la fiscalidad puede facilitar o dificultar la adquisición de arte. Pero los impuestos son solo una parte del problema.
Podemos reducir barreras económicas y seguir sin crear nuevos compradores si no reducimos también las barreras de conocimiento y confianza.
Necesitamos un mercado más fácil de comprender para quien se acerca por primera vez: acompañamiento, no intimidar al comprador/a novel, mayor cultura de adquisición en las empresas, profesionales que aporten valoración, contexto y seguridad. Y una conversación pública sobre arte en la que comprar una obra deje de percibirse como algo reservado a una minoría.
También necesitamos hablar de precios.
Ocultarlos sistemáticamente no ayuda a normalizar la adquisición. Si queremos que alguien contemple la posibilidad de comprar su primera obra, debe poder entender qué puede adquirir con 500, 2.000, 5.000 o 10.000 euros.
La transparencia también construye mercado.
Del público al patrimonio
No propongo sustituir una política de públicos por una política de compradores.
Necesitamos ambas.
Una sociedad culturalmente rica necesita una ciudadanía que entre en los museos, conozca a sus artistas, visite exposiciones y desarrolle sensibilidad hacia la creación. Pero también necesita personas y empresas dispuestas a dar el siguiente paso: Comprar.
Porque cuando una obra se adquiere sucede algo muy concreto: el/la artista vende, la organización intermediaria puede continuar desarrollando su actividad y una obra comienza una nueva etapa dentro de un patrimonio privado.
Y quizá, años después, esa misma obra sea prestada para una exposición, pase a la siguiente generación, vuelva al mercado o termine formando parte de una institución.
España tiene una sociedad que consume cada vez más experiencias culturales.
El siguiente reto debería ser conseguir que una parte mayor de esa sociedad se sienta también legitimada para adquirir.
No necesitamos que toda persona visitante de museo se convierta en coleccionista.
Necesitamos que muchas más sepan que podrían llegar a serlo.

