
Ramón Isidoro. Niemeyer
Del 22 de septiembre al 26 de octubre de 2026
Galería Amaga
C. José Manuel Pedregal, 4, 33401 Avilés.
Comisaria Laila Bermúdez
La arquitectura del vacío
La obra de Ramón Isidoro no solo se observa, se vive. En la Galería Amaga de Avilés, este artista asturiano nos invita a un viaje de introspección donde lo material y lo inmaterial se enfrentan en un diálogo. Con el título de esta exposición, que se presenta como una continuación y culminación de su emblemático proyecto de Intervención en la cúpula del Centro Niemeyer, Isidoro nos sumerge en su obsesión más profunda y universal: el vacío.
Las obras que podemos encontrar en la galería Amaga son entidades independientes, «trabajos al unísono» que surgieron de una conexión con el espacio arquitectónico de Niemeyer. Si en la cúpula de Avilés el artista logró que el propio espacio se convirtiera en un actor y coautor, aquí, en la galería, somos testigos de la semilla y el eco de ese diálogo. Cada pieza funciona como una parte y, al mismo tiempo, como un todo, reflejando lo conceptual y lo espacial de una experiencia que, como dice la comisaria Laila Bermúdez, fue casi iniciática.
El discurso de Isidoro se construye a través de un equilibrio tenso y fértil. La luz y su ausencia, el sonido primordial y el silencio, la pintura y la instalación, la música y la literatura. Su paleta encuentra en el negro su forma más escurridiza. Un negro velazqueño, circular y envolvente, que no solo define la forma, sino que también la tensa. Es el agujero esperanzador, el fiel de los opuestos donde se anulan la nada y el todo, el vacío y el destello. Las composiciones se mueven con la misma energía dinámica que la arquitectura que las concibió, explorando ese «negro sobre negro» que, en realidad, es una búsqueda desesperada de la luz.
La exposición en Amaga se presenta como un recorrido a través de las diferentes etapas de la obra de Isidoro: desde la abstracción lírica de sus primeras pinturas hasta la fusión contemporánea de diversas disciplinas. El color y la textura se despliegan en el espacio de la galería, invitando al espectador a detenerse y contemplar la belleza –quizás eterna– de un vacío que, en lugar de ser una ausencia, se convierte en una plenitud.

