Las sombrías doctrinas de la regresión tecnofeudalista.

Carlos Fernández Liria: Contra la Ilustración oscura. Marx y Nietzsche frente al transhumanismo aceleracionista, Ed. Arpa, Barcelona, 2026. 315 páginas.

Por Fernando Castro Flórez.

En la primera de las conferencias de la Crítica de la razón instrumental, Max Horkheimer, tras sugerir que el spleen (la protesta del no conformismo del individuo) ha sido reglamentado y convertido en el patético hobby, declara que la estandarización de la humanidad (en el comienzo de la época consumista, cuando la industria cultural iniciaba con entusiasmo su proyecto de engañar sistemáticamente a las masas) ha impuesto unas modalidades de “diversión” que son, a la postre, peor que regresivas: abismalmente aburridas. “La gente del keep smiling –apostilló el director del Instituto para la Investigación Social en el exilio norteamericano- comienza a tener un aspecto triste y tal vez incluso desesperado”. Convendría repasar minuciosamente la Dialéctica de la Ilustración, el impresionante libro que escribiera con Theodor W. Adorno, en la década de los cuarenta del siglo pasado, para conseguir articular una genealogía de nuestra situación en la que el problema principal ya no es la mitologización de la razón sino el devenir (descaradamente) totalitario de los planteamientos ultra-tecnológicos.

                  El fenómeno del tecnofeudalismo, tematizado entre otros por Varoufakis, no es una “moda” de la (escasa) retórica crítica. Poca importancia tendría el “Manifiesto Palantir”, una síntesis del insulso libro La república tecnológica, si su autor no fuera el propietario de la empresa del software militar que ha facilitado la masacre en Gaza o la “caza” de migrantes perpetrada por el ICE. Aproximarse a las chulescas declaraciones de Alex Karp (pretendido “discípulo” de Habermas y, en realidad, acomplejado pseudo-filósofo que sueña con la basileia platónica) o a las apocalípticas elucubraciones de Peter Thiel puede sumirnos en una mezcla de incredulidad y nausea. Nada nos obligaría a administrarnos páginas de opiniones penosas o, mejor, siniestras si no fuera porque estos tipos se sientan en las mesas de la toma de decisiones del Imperio trumpiano.

                  Carlos Fernández Liria ha tenido el coraje intelectual necesario para “cartografiar” el tecnofeudalismo aceleracionista, ofreciendo una síntesis clarificadora de planteamientos (manifiestamente doxográficos) que son, todo hay que decirlo, confusos o incluso delirantes. Contra la Ilustración oscura es, en verdad, un libro oportuno (nada oportunista, especialmente cuando es nietzscheanamente “intempestivo) que nos ayuda a completar lo que Foucault llamaba una ontología del presente. La cita de Tony Judt con la que se abre esta ácida y lúcida meditación sobre el totalitarismo “cibernético” nos recuerda que cuando dejamos cuando se antepone lo privado a lo público, “estamos abocados a no entender por qué hemos de valorar más la ley (el bien público por excelencia) que la fuerza”. La apasionada y necesaria defensa de la educación pública con la que concluye este texto de impecable actitud resistente es un ejemplo admirable de una pedagogía crítica que sintoniza con aquella obligación brechtiana de vencer las dificultades para decir la verdad.

                  Los dos primeros capítulos, titulados respectivamente “Dioses terrestres” y “Aceleracionismo”, son una estupenda exposición de las “ideas recibidas” (aludiendo a la recopilación de estupideces en las que se deleitó Flaubert) de los emprendedores siliconianos. Fernández Liria comienza revisando el Manifiesto tecno-optimista de Marc Andreessen (traducido en el referencial volumen de la revista El Gran Continent que ha publicado Editorial Arpa en 2025 con el título de El imperio de la sombra. Las fuerzas que modelan el futuro geopolítico en la era de la IA) en el que declara la absoluta enemistad con el “ultimo hombre” nietzscheano que cree haber descubierto la felicidad y, en último término, bosteza en el abismo del nihilismo. Más contundente es todavía Peter Thiel, “heredero” de las teorías del sacrificio de Rene Girard y, además, obsesionado con el Anticristo, cuando en su conferencia “La educación de un libertario” (2009) (también recogida en el volumen anteriormente citado de El Gran Continente, organizado por Giuliano da Empoli) afirma, sin vacilación, que la libertad y la democracia ya no son compatibles. La pulsión radicalmente antidemocrática de estos “transhumanistas” (embarcados en el proyecto de “superar la mortalidad”) implica también el absoluto desprecio al wokismo y a todo aquello que frena el “progreso”. Por supuesto, no tenemos que decelerar, sino, al contrario, acelerar, gastar más, producir más, reproducirnos más, construyendo, como declara el atolondrado “tecno-optimista”, todas aquellas centrales nucleares que por culpa de los ecologistas quedaron “paralizadas”. Las distopías de Black Mirror están sedimentadas en las mentes paranoides de estos tecno-tiranos.

                  La “utopía” (mucho más inquietante que la de Un mundo feliz de Huxley) de estos acelerados (turbopropulsados por ese “capital de riesgo” que ya nos llevó al austericidio hace década y media) incluye unas indecentes líneas de fuga: la colonización de Marte que planifica Elon Musk (aquel personaje que, en el colmo de la “histerización”, realizó un saludo inequívocamente nazi) o la construcción de plataformas “soberanas” en los océanos. También tienen intereses en Groenlandia donde podrían construir un “falansterio” (con el nombre de Praxis, una ciudad para unos 10.000 habitantes que se dividiría en “guerreros, sacerdotes y comerciantes” en una patética actualización de la República “platónica) para oligarcas y otros monstruitos empeñados en la gobernanza algorítmica de un mundo desquiciado.

                  Todo huele a podrido (recordando aquel íncipit shakesperiano en el drama de la venganza, la melancolía furiosa y las rivalidades “envenenadas”, espoleadas por el fantasma del Padre asesinado) en estos discursos libertarios cuando el “bufón” ya no es Yorick sino Milei (un absoluto desquiciado con una sierra mecánica en la mano como si fuera a retomar La matanza de Texas). La disección que realiza Carlos Fernández Liria de este zombi computacional le obliga a meter mano a las más infectas extremidades, esto es, tiene que leer las estupideces de Nick Land y las soflamas abyectas de Curtis Yarvin, el bloguero cretino al que prestan atención Trump y sus secuaces.

                  La confusa o narcótica propuesta de Nick Land es la de acelerar para “definir nuestro horizonte biónico”, esto es, desplazarnos más allá de lo humano (una vez más el “tufillo” para-nietzscheano), algo que estaría destinado a los “elegidos”. Comparte con Thiel la certeza de que el capitalismo es el factor de aceleración y la democracia lo que hace que nos ralenticemos. “Un día no muy lejano -escribe Carlos Fernández Liria resumiendo las elucubraciones de Land- despertaremos de esta pesadilla de lo políticamente correcto, incluyendo aquí la ideología religiosa a la que se llama “derechos humanos””. Ahí detecta el autor de Contra la Ilustración oscura, la inspiración de Trump para proponer que Gaza se convierta (tras un implacable genocidio perpetrado por el Estado de Israel con la complicidad de Estados Unidos y el apoyo tecnológico, como ya he indicado, de Palantir) en un resort turístico.

                  “La “Ilustración oscura” es -indica Fernández Liria-, en efecto, una pátina filosófica para el programa más burdo y demencial de la extrema derecha que se autodenomina “libertaria””. Puede que en la conformación de esta turbulenta ideología tuviera uno de sus orígenes en las “malas digestiones” producidas por la lectura de aquel pasaje de Mil Mesetas en el que Deleuze y Guattari hablaron del capitalismo como una fuerza desterritorializadora. No podemos seguir acelerando como dementes cuando ya “hemos visto demasiado”. La apología de la injusticia que viraliza el anarcocapitalismo tiene que ser contestada y no podemos, en ningún sentido, tragarnos estas píldoras regresivo-infantilizantes que sueltan idiotas como Curtis Yarvin y toda esa secta abducida por el “glamour” de los hobbits.

                  Frente a estos aceleracionistas siniestros, Steve Bannon (vocero extremo-derechista en los años del desembarco trumpiano en la Casa Blanca) puede parecer hasta “sensato”. En la sección que dedica al “tecnofeudalismo”, Fernández Liria rescata unas declaraciones de Bannon en las que localiza el origen de este “desastre libertario” en los pactos que Obama hizo con Wall Street para “parchear” la crisis del capitalismo financiero en 2008: se permitió que las empresas de Silicon Valley tomaran proporciones de monopolios. “Poco a poco se avanza -indica Fernández Liria- hacia el paraíso anarcocapitalista, hacia la completa desregulación de los movimientos de capital, la supresión de todo derecho laborar y la privatización de la escuela y la sanidad pública, la privatización de la policía y el ejército, la sustitución de los tribunales de justicia por empresas privadas de mediación de conflictos, etc. Es decir, la radicalización exasperante del programa neoliberal de toda la vida”. Puede parecer una letanía pesimista, pero, lo más inquietante, es que se trata de una verdad incómoda.

                  Precisamente la cuestión de la verdad atraviesa el cuatro capítulo de Contra la Ilustración oscura en la minuciosa interpretación que Carlos Fernández Liria hace de la breve e intensa sección del Crepúsculo de los ídolos titulada “Historia de un error. De cómo el mundo verdadero terminó convirtiéndose en fábula” en la que Nietzsche concluía que, al eliminar al eliminar el mundo verdadero, hemos eliminado también el aparente. Efectivamente nos hemos quedado, literalmente, enganchados en el scrolling de nuestros teléfonos móviles que, valga la paradoja, nos “sedentarizan”. Estamos tan hiper-conectados como ultra-desubicados, atrapados en el día de la marmota o girando sin fin en la rueda del hámster. Tristes por diseño como diagnosticara Geert Lovink, “siguiendo” a influencers que son más tontos que mandados hacer de encargo.

“Cuando todo lo sólido -apunta con brillantez Carlos Fernández Liria en una parodia de una conocida fórmula de Marx- se disuelve en el aire, el ser humano pierde sus ritos colectivos, pero no para alumbrarse con las Luces, sino para hundirse en el abismo más abyecto de los ritos privados lobotomizados e indignos”. No puede sorprendernos que la superstición amplie sus sombras en el desierto del “terraplanismo”. La conspiranoia está “normalizada” en un mundo en el que todo es sospechoso. No es banal recordar, como hace Fernández Liria (retomando la “filosofía de la sospecha” de Marx, Nietzsche y Freud) que la Ilustración Oscura no es, ni mucho menos, un invento de Nick Land. Algo barruntaba, por ejemplo, Goya cuando grababa aquellos sueños de la razón que generaban monstruos.

                  La humanidad del “último hombre” queda sombríamente descrita como una “superstición si colectivo”: “En lugar de Ilustración, tenemos capitalismo. En lugar de ciudadanía, proletarización. En lugar de cosmopolitismo, economía global. En lugar de soberanía del poder legislativo, soberanía de macropoderes privados que se autodenominaban, sin serlo, “los mercados” o, ahora, los “nubelistas” del tecnofeudalismo o los imperalistas del tecnoautoritarismo”. Somos seres neuróticos, “libres para nada”, alumnos de Llados (el “estoico” de los burpees al amanecer), tik-tok-eando como sonámbulos, intentando tragarnos el mantra del “fracasa otra vez, fracasa mejor”.

“Nadie dudaría -escribió Mark Fisher en Realismo capitalista- que el lenguaje de los “flujos” y la “creatividad” se encuentra exhausto precisamente porque las “industrias creativas” del capitalismo se lo han apropiado”. El aceleracionismo (pretendidamente) izquierdista ha fracasado estrepitosamente. Con meridiana claridad expusieron Luc Boltanski y Ève Chiapello, en El nuevo espíritu del capitalismo, la apropiación de la “crítica cultural” sesentera por parte del neoliberalismo. En resumen burdo: la sentencia de Joseph Beuys según la cual “todo hombre es un artista” ha terminado por quedar asimilada con el fervor horizontalizante de las start ups regadas por el capital de riesgo.

Cuando el libertario Peter Thiel (entregado actualmente al extractivismo mineral en Argentina) declaró que el hippismo había ganado la “batalla” setentera, estaba (sin desearlo) abriendo una rendija para recalibrar (retroactivamente o, por emplear términos benjaminianos, históricamente “a contrapelo”) la posibilidad de lo que Fisher llamó “comunismo ácido”. En el capítulo sobre el “ciudadano superhombre”, Fernández Liria comparte las apreciaciones de Fisher en sus clases sobre el deseo postcapitalista, cuando sostiene que la izquierda tendría que haber sintonizado, como también Marcuse insistiera, con la contracultura y, especialmente, con el hippismo.

                  No es una mera inercia nostálgica la que lleva a Carlos Fernández Liria a proponer una reinvención de las fiestas. Su intención es la de ofrecer una línea de fuga a la ciénaga nihilista o, en otros términos, a ese mundo despreciable que no ha cambia tras la (nietzscheana) muerte de Dios. “Jamás la humanidad se había visto sumida -apunta con un tono de rabia en la página 180 de su alegato contra la Ilustación oscura- en un espectáculo tan repulsivo. Hay que hacer un détournement situacionista, o una epojé husserliana, una toma de distancia heideggeriana, para mirar todo esto con objetividad y caer en la cuenta del espanto que representa”. Parece que no hemos asimilado (críticamente) la doctrina del shock (expuesta de forma muy clara por Naomi Klein hace años) y que estamos encantados comulgando en el “Olimpo denigrante” que nos “regala” Mercadona. Sobre-vivimos ajustando nuestra sonrisa estúpida, cuando ya ni siquiera hace falta llevar el pin del “Don´t worry be happy” para confirmar que estamos (absolutamente) cretinizados.

Me temo que la (mínima) esperanza que Carlos Fernández Liria tiene en el détournement situacionista está “desactivada museísticamente”. Aquellos levantamientos que Georges Didi-Huberman revisó en la exposición que montó en el Jeu de Pome (2016) conduce a una “estetización de la política” que es absolutamente cómplice con la catástrofe planetaria. Sabemos, gracias al diagnóstico que Marx estableciera en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, que la historia se repite (dramáticamente) como farsa. En el oscuro-siniestro tiempo del imperio trumpiano, cuando lo más sórdido no es “el último hombre” que ni siquiera tiene la voluntad de desaparecer de una vez para siempre, experimentamos una sorda indignación. La linterna que deja “de la mano de Dios” el loco (sublevado, en La Gaya Ciencia, contra las risitas de “asesinos” obtusos) nos ilumina: Incipit Tragoedia. Tenemos que reinventar, en las antípodas del tecno-optimismo y sin caer en el pesimismo apocalíptico, la jovialidad o, por lo menos, reclamar los derechos que la Ilustración prometió. Ese esfuerzo histórico por una libertad fraterna no fue en vano.

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