
MIguel Ángel Tornero: Saeta, 2025. Impresión sobre dibond troquelado, barnizado y ensamblado, 75x115x50 cm.
Miguel Ángel Tornero. El estado de las cosas
Hasta el 11 julio de 2026
Galería Juan Silió
C/ Sol 45, bajo. 39003 Santander.
Miguel Ángel Tornero, desafía nuestra forma habitual de ver las cosas. Con el título «El estado de las cosas», este artista alicantino se sumerge en una investigación que ya había compartido en Madrid y en las fachadas del Palacio de Cristal, pero que aquí cobra una nueva dimensión: la tridimensionalidad.
Armado con su inseparable iPhone, Tornero se convierte en un cazador de momentos invisibles. Captura detalles urbanos que ni los residentes ni los visitantes suelen notar —como un reflejo en un charco, la textura de un muro, una sombra alargada o un cartel desgastado—, todo sin una conexión aparente. Luego, de manera manual, el artista une esos fragmentos que pasan desapercibidos para crear nuevos paisajes. No son collages convencionales, sino superposiciones de planos fotográficos que, aunque al principio parecen inconexos, terminan dialogando entre sí de una manera extraña y reveladora.
Como menciona Juan de Andrés en el texto de sala, esas «imágenes-objeto cobran sentido en compañía de otras». La fotografía deja de ser un simple registro plano para transformarse en un «cuerpo escultórico». Las montajes se asientan sobre el suelo como si alguien las hubiera colocado ahí con un simple clic o un toque en la pantalla, simulando objetos de realidad aumentada. El espectador no observa la obra desde un solo punto de vista, sino que la recorre. Se mueve entre las piezas como si estuviera haciendo un escáner 3D, rodeándolas y descubriendo ángulos que revelan nuevas relaciones entre las formas.
Este recorrido alrededor de los montajes fotográficos convertidos en volúmenes es, en sí mismo, un paseo por las visualidades de nuestro tiempo. Tornero nos invita a habitar lo que normalmente ignoramos, a reconocer que el estado de las cosas —el aparente caos urbano, la acumulación de estímulos sin orden— puede reconfigurarse en un paisaje coherente. Es una exposición que no solo se mira, sino que se transita, y al hacerlo nos deja con una pregunta: ¿qué otros fragmentos de nuestra propia realidad estamos pasando por alto?

