
Marina Vargas. Ni animal ni tampoco ángel. Anatomía de la imagen
Del 14de febrero al 23 de mayo de2026
Galería ADN
Mallorca, 205, 08036, Barcelona
La exposición de Marina Vargas en la galería ADN presenta dos conjuntos de obras que, aunque separadas por el tiempo, trazan una línea continua en su exploración de la representación del cuerpo femenino, el canon y la enfermedad. La muestra comienza con las esculturas de la serie Ni animal ni tampoco ángel, que abordan la construcción del género a través de la apropiación y manipulación de estatuas clásicas. Estas figuras, hechas de un material rosado que oscila entre lo magmático y lo etéreo, se exhiben de espaldas y reflejadas en un espejo, desafiando la herencia simbólica de la estatuaria grecorromana y los arquetipos que ha perpetuado: objeto de deseo, ángel del hogar o redención del pecado. Vargas demuestra que el género, lejos de ser una esencia, es un marco de violencia y relaciones de poder, y propone un espacio alternativo, un limbo que resiste la clasificación y exige una lectura política de la imagen. La artista se apropia del monumento, concebido para perdurar, para revelar lo que el canon ha invisibilizado. En contraste con la tradición que otorga a los hombres nombres y hazañas mientras reduce a las mujeres a meras alegorías, Vargas reivindica un cuerpo situado, encarnado, que no es un constructo, sino un sujeto. El material ambiguo que surge de estas esculturas, que se desarrolla ante la resistencia del mármol inerte, adquiere un carácter visionario. En esta capacidad de anticipación, la obra se conecta con una genealogía de mujeres cuyas visiones fueron desacreditadas o silenciadas: desde las Sibilas y Hildegarda von Bingen hasta Casandra. La serie puede interpretarse como una premonición de la enfermedad que la artista abordaría más adelante.
El segundo núcleo de la exposición está formado por impresionantes fotografías de gran formato, creadas con la técnica del colodión húmedo sobre metal y cristal negro. En estas imágenes, el cuerpo de la artista, que ha pasado por cirugía, quimioterapia, radioterapia y tratamientos hormonales, se transforma en un campo de batalla simbólico. Vargas se presenta desnuda, a veces reclinada como una venus, y otras junto a la Victoria de Samotracia, de la que surge un ala que se inserta en su espalda. También se fusiona con el Torso de Belvedere, que la envuelve en una composición que evoca la Piedad o un abrazo amoroso. El cuerpo que captura la cámara no es perfecto ni idealizado: muestra cicatrices, vello púbico y una cabeza rapada. Es un cuerpo que pesa, que no se entrega a la mirada, sino que la desafía, que se erige y levanta el puño. Rebelde, real, carnal, individualizado en el dolor y la falta. El silencio de estas imágenes es abrumador. Vargas no intenta cerrar el trauma, sino habitarlo y hacerlo visible. Al crear una imagen de lo vivido, la artista realiza una forma de reparación y resistencia, evidenciando que tanto la enfermedad como los tratamientos para abordarla tienen un género. Así, la exposición traza un camino que va desde cuestionar el canon hasta afirmar el cuerpo propio, confirmando su trabajo como una exploración constante de lo que las palabras no logran expresar.

