Del Mausoleo archivístico a la estética de lo humilde

Fernando Castro Flórez. Maestros Antiguos. Editorial Casimiro. 102 páginas

Por Rafael López Borrego

Podríamos pensar, viendo el título del libro, que iba a tratar profusamente algunos de los autores más renombrados a lo largo de la historia del arte.

Pero esto no es totalmente cierto, ya que el último trabajo de Fernando Castro Flórez comienza realizando una crítica a la museografía contemporánea, conectada con la falta de memoria. Podríamos relacionar esta idea con lo que Walter Benjamin denominaba la crisis de la experiencia de la que se dio cuenta el autor alemán cuando los soldados que regresaban de la primera guerra mundial ya no eran capaces de contar historias. No es este un fenómeno que haya mejorado con el tiempo y, aunque Benjamin habló de ello en el año 1936, la capacidad de atención, percepción y expresión no parece haber mejorado. Fernando nos habla de recuerdos banales, de pequeñas anécdotas creando lo que denomina un horizonte del tedio.

No se trata solo de que el museo tenga connotaciones negativas tal como decía Theodor Adorno al relacionarlo con la palabra mausoleo, un lugar plagado de objetos con los que el espectador ya no tiene relación. Pero no es este el único mal de lo museal sino que nos acercamos a las ideas de Guy Debord al darnos cuenta de que la espectacularización del presente no ha sido capaz de dejar fuera de su espectro este ámbito de la cultura. El museo no ha podido librarse de una patología consumista y parece que en muchos casos se ha convertido en un contenedor de archivos, corriente hegemónica del arte contemporáneo, fármaco frente a las patologías consumistas, capaz de sobrevivir junto con la experiencia instalativa a otras corrientes ya desaparecidas como lo abyecto (sobre estas corrientes o la desaparición de las mismas existe un excelente análisis de Juan Martín Prada en su libro Teoría del arte y cultura digital).

Uno de los temas pocos estudiados en la Historia del Arte es la presencia y la importancia del marco en la obra, ese espacio límite que centra la atención en lo realmente importante. El marco aísla y nos permite el paso al territorio real del cuadro, actúa como una frontera misma del arte. Eliminar el marco como hace el arte moderno y contemporáneo comienza a establecer el verdadero significado de aquellas obras en las que cualquier cosa puede ser presentada como arte, una presentación que tampoco necesita el cubo blanco para poder ser apreciado.

Esta idea del marco nos ayuda a comprender o bien a valorar la obra de Velázquez, no sólo en Las Meninas, donde enmarcados aparecen los rostros de los reyes que quizás llegaban a la habitación donde trabaja el artista. El marco sirvió al autor también en su primera época para representar una dobles escenas en el cuadro con trabajos como La Mulata o Cristo en casa de Marta y María. Allí se mezcla lo cotidiano con lo religioso.

Velázquez, como vemos, se preocupa desde sus inicios por la experiencia de lo cotidiano. Frente al idealismo o la espectacularidad de los grandes temas religiosos o mitológicos, el autor sevillano realiza una oda a la gente humilde y laboriosa. Cuando la llegada de la modernidad a mediados del siglo XIX se produzca por la introducción de lo cotidiano en obras como el Entierro de Ornans de Courbet o en la figura de Olimpia de Manet, doscientos años antes Velázquez pintaba a los trabajadores de una herrería en medio de los cuales se presenta Apolo en La fragua de Vulcano o llena de auténticos borrachos tomados de una taberna El triunfo de Baco, donde contemplamos cómo el autor humaniza a los dioses olímpicos.

La dignidad no se encuentra solo en la representación de los bufones sino en todos y cada uno de los personajes que representa. Si Benjamin y Herman Broch nos advierten de la estetización de la política usada por el facismo para colonizar conciencias, Velázquez estetiza la política para mostrarnos la decadencia de la dinastía Austria, tratando de imbuirles de dignidad sin saber que su linaje desaparecerá en pocos años.

La representación de los humildes también se hace presente en la obra de Caravaggio. En sus obras, de un realismo extremo, muestra a los personajes de los bajos fondos con los que el autor tenía relación. Sus pinturas representaban el escándalo porque eran demasiado verdaderas. Pero no era solo cuestión de la representación de la realidad sino la calaña de los personajes que aparecían en sus obras. Su carácter atrabiliario puede que tenga mucho que ver en ello. Como indica Fernando Castro, siguiendo el ejemplo de San Carlos Borromeo realiza obras religiosas cuyos protagonistas son gente corriente, ejemplos de pobreza militante.

El escándalo de los pies sucios, compartido por otros autores como Bartolomé Esteban Murillo cuando representa a los pillos post epidemia de peste negra en la ciudad de Sevilla, proponen una materialización de lo sagrado o una estética de lo humilde.

Finalmente el autor siempre ha confesado que hay un grabado de Goya que le persigue de forma constante, se trata de un anciano que trata de caminar apoyado en dos bastones, mientras arriba a la derecha aparece un lema que debería perseguirnos como el destino de Edipo, un  lema tan elocuente y esperanzador que dice Aún aprendo. Frente a la representación del dolor, de un artista atormentado por sus problemas físicos y traicionado por sus ideas liberales, la lección del aprendizaje hasta el mismo momento de expirar, convierte en muy atractivo el alcance de la sabiduría.

Rafael López Borrego

Rafael López es licenciado en historia del arte por la Universidad de Salamanca y ha trabajado como docente en diferentes centros. También ha sido coordinador de exposiciones y actividades de un centro de arte contemporáneo y dirigió una feria de arte contemporáneo. Sus intereses se centran en el mundo del arte, la estética y el pensamiento contemporáneo. Tiene una canal de YouTube con 40.000 seguidores y miles de visitas mensuales.

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