Las cenizas del Ángel. Un diálogo sobre arte y filosofía, de Jordi Teixidor y Rafael Herrera Guillén.

Las cenizas del Ángel. Un diálogo sobre Arte y Filosofía, Jordi Teixidor y Rafael Herrera Guillén, Editorial Tecnos. Madrid. 2025. ISBN: 978-84-309-9254-6

Por Ignacio Valdés

El diálogo como modo de hacer filosofía, veterano paradigma que, como indicaba Sócrates, resulta una forma viva de enfrentar los interrogantes. En este caso, se. contrapone el artista Jordi Teixidor, referente de la abstracción patria, al filósofo Rafael Herrera Guillen, intelectual de notable trayectoria. No obstante, las categorías para clasificar a los dos protagonistas se diluyen e intercambian durante todo el texto, pues el creador se aproxima a la filosofía y el pensador a la creación. El nexo se localiza en la búsqueda, en la persecución de la verdad en muchos casos inefable, aunque presente bajo su escurridiza condición. Se vuelcan los anhelos, las dudas, las contradicciones y las perspectivas de dos mundos unidos por el coraje de un par de vidas entregadas sin ambages a la vocación. En este caso, el encuentro nace de una decepción que no implica una claudicación, sino un cambio de ritmo para mantener la ruta hacia la verdad –sea esta lo que sea ya que resulta difícilmente apresable y registrable–. Se trata, por tanto, de una obra valiente que desnuda emocionalmente a sus actores para ofrecer los entresijos de dos existencias volcadas en la reflexión.

La pretensión no es otra que ofrecer, por medio de las dubitaciones y la flexibilidad del diálogo, el modo en que la intelectualidad se muestra por distintos medios: artísticos o filosóficos. Ahora bien, se huye del prejuicio como nicho para la creación estereotipada por defenderse la profundidad y la autenticidad en los medios empleados para el desvelamiento de una realidad intrincada y, en muchos casos, inaccesible. El artista y el filósofo se lanzan contra el muro de lo indescifrable con la pretensión de brindar un sentido. La propuesta de Heidegger flota entre las líneas y los párrafos. Esta disposición, cargada por la responsabilidad tácita del intelectual comprometido, tal y como propuso Edward Said, se levanta frente a la voluntad de ignorar de la sociedad presente opuesta al esfuerzo pensador. Arte y reflexión filosófica,
en su forma literaria, establecen un límite contra esta terrible tendencia contemporánea traducida en la ausencia de cultura y el yermo reflexivo –terreno abonado para la manipulación–.


Las promesas incumplidas de la filosofía, también del arte, han sumido a los dialogantes en una inversión de inclinaciones y medios para el ejercicio intelectual. Del lado filosófico se produce la saturación lingüística, la sentencia en forma de verbo que pretende atrapar lo real, aunque, como decía el de Röcken, conlleve la conceptualización pétrea e inamovible incapacitada para la aprehensión de la verdad
anhelada. Se revaloriza, en un sentido platónico –evidenciado en la forma del texto– el diálogo y la filia frente a la violencia ejercida por la palabra escrita. El filósofo se erige frente a la decepción y prosigue su marcha por canales alternativos. Lo mismo acontece con el pintor que, desafiado por la búsqueda infructuosa, se pertrecha con otras herramientas, en este caso propias del quehacer filosófico, para mantener el vagabundeo reflexivo. Denuncia lo político incrustado en el arte, aunque sabe de la imposibilidad de sustraerse de esta realidad, y se mantiene firme en su compromiso; la autenticidad que
comparte con su compañero de parlamento. Por su parte, el pensador muestra su hartazgo y se refugia en el arte debido a su potencia y hondura intelectual. De alguna manera, la conversación ejemplifica el anverso y el reverso de la misma moneda: valentía, honestidad y autenticidad. Requisitos indispensables para la reflexión que, sin embargo, está condenada, por su propia naturaleza, a darse de bruces contra el muro de lo inescrutable. De aquí emerge la perentoria exigencia de alterar la forma, pero no el fondo para contribuir a la aletheia presentida.


Se establece un proceso deconstructivo por medio del arte y la filosofía. Se huye de las rutas fáciles y transitadas del reconocimiento ajeno en el terreno de la intelectualidad. En ambos casos, el compromiso es genuino y no claudica ante los cantos de sirena de la adulación. Es preferible, como fantasea Rafael Herrera y como ha hecho Jordi Teixidor, arrasar la propia obra antes de la venta de la integridad. Los dos
saben que no podrían enfrentarse a su propio reflejo, a la proyección de la derrota, pues en el camino emprendido se encuentra la victoria. Es la disposición arrojada del intelectual comprometido opuesto al orgánico que ofrece sus ocurrencias al mejor postor. Aquí nos topamos con un proyecto de una envergadura colosal, con dos vidas entregadas con determinación al desvelamiento de lo oculto tras las apariencias. Una tarea titánica y profunda cuajada de innumerables fracasos, pero también de éxitos
incontestables. En este sentido, cabe apuntar al ejemplo marcado con este empeño quijotesco. Si bien los dos están saciados por su propia deriva, no queda más remedio que admitir esta inclinación a la indagación connatural a algunos seres humanos. Esto, por supuesto, evita la aniquilación de la pintura y la filosofía por tratarse de medios privilegiados para la consecución de esta meta indefinida y abstracta. Debe aceptarse la vigencia del arte y la filosofía ya que la reflexión se muestra por innumerables canales y la pintura es uno de los medios privilegiados. El arte encierra un sentido profundo, en ocasiones escurridizo, ajeno a la sistematicidad y la conceptualización. La verdad se ofrece de muchas formas. Es imprescindible la duda como acicate para prender la mecha de una intelectualidad que no coincide con lo académico porque este ámbito mata la verdadera reflexión de igual manera que el mercantilismo devasta el sentido último de la pintura.

Es necesario el vínculo ético y estético extraño a la contemporaneidad. Las cenizas del Ángel reivindica el posicionamiento intelectual del artista que se levanta contra la injusticia. Debe procurarse la conexión con el receptor, la segunda vida de la obra de arte replicada en la alteridad. Es así como nace el carácter indagatorio del sabio o filósofo que ofrece belleza por medio de la honestidad de su propuesta. Se reclama la intencionalidad ética en el arte empeñado en desvelar. Emerge la noción del auténtico intelectual capaz de sostener la mirada de su propio reflejo. En cualquier otro caso faltará la hondura y la legitimidad, pero este no es el caso de los conversadores que superan la violencia de la imposición de sentido para abrazar la libertad.

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