
Isabel Muñoz y el teatro de los orígenes
Por Fietta Jarque
Añadir al misterio, la experiencia. Isabel Muñoz (Barcelona, 1951) se adentra en esta ocasión en el santuario más antiguo del mundo, Göbleki Tepe y el cercano Karahan Tepe, en la Anatolia turca. Unas estructuras con columnas y muros circulares en piedra utilizadas hace doce mil años, en los albores del neolítico –seis mil años antes que Stonehenge-, y sepultadas de forma deliberada dos milenios después de su construcción. Tras su muestra en noviembre de 2024 en Madrid, en el Museo Nacional de Antropología, el trabajo de Isabel Muñoz se expone ahora, dentro de la programación de PhotoEspaña 2025, en un edificio anexo al Museo de Altamira, Espacio 1973, creando una relación dialógica entre dos de las cumbres del arte prehistórico.
El escenario es un poderoso complejo monumental en piedra con pilares en T de hasta tres metros de altura, algunos de ellos con alto y bajorrelieves representando animales como jabalíes, toros, leones, zorros, gacelas, serpientes, arañas y aves. También se encuentran representaciones humanas o figuras antropomorfas, cabezas, hombres y mujeres sexuados. Hoy es un amplio territorio árido y desolado pero en la antigüedad tuvo suficiente densidad vegetal como para albergar dicha fauna y ser visitado y usado por nómadas cazadores-recolectores. Capaces, ya entonces, de crear una colección de símbolos y una asombrosa iconografía. En la síntesis formal de las imágenes, los primigenios artesanos fueron capaces de representar el miedo de un personaje ante la embestida de un toro o el de otro acorralado entre dos leones.
Las fotografías en blanco y negro del paisaje desprenden sequedad, olvido, abandono. Pero las deidades hoy excavadas se levantan en esta fantasmagoría desértica, resucitadas y ominosas. En un marco tan difuso como la oscuridad, Muñoz ha querido revivir la mística del ritual usando solo la luz del firmamento y unas rudimentarias antorchas eléctricas para sus tomas nocturnas que le permiten extraer del tiempo y la geografía las imágenes que van surgiendo de las piedras. “La luz y la roca forman parte de la misma sustancia”, escribe François Cheval en el catálogo.

Para otorgar nuevos relieves y significados a las ancestrales formas, enriquece algunas estas imágenes con técnicas derivadas de la platinotipia que le han permitido la impresión sobre arena del lugar –llamadas por eso tepetipias– y otras fotografías positivadas sobre cristal y polvo de oro de 24k, con el efecto ambiguo del desocultamiento de lo sagrado.
La muestra va más allá del documento y la teatralización con piezas audiovisuales como Nebulosa, una proyección sobre el suelo de imágenes cósmicas cedidas por NASA, ESA y The Hubble Heritage Team, situando la dinámica estelar ante la insignificancia de nuestras cronologías. El mismo cielo oscuro, estrellado, en el neolítico y ahora.

Su aproximación plástica y conceptual a este trabajo es un amago de rituales superpuestos que culminan en la instalación Cerebro donde la artista hace un mapeo de su actividad cerebral durante una conversación con el arqueólogo Necmi Karul, cuando este le relata que los restos óseo encontrados pertenecen a antepasados nuestros de 300 generaciones atrás. Muñoz superpone este video a la imagen de una de las cabezas de piedra del yacimiento, según ella, “para que los científicos del futuro puedan explorar las emociones de una fotógrafa española que se enamoró de una civilización a la que tuvo el privilegio de acceder”.
“Toda la obra de Isabel Muñoz es totémica”, afirma Cheval. Y, mirando atrás en la trayectoria de esta artista, incansable viajera, observadora de lo profundo en el ser humano, de las fantasías de los cuerpos, bien se puede asentir a esta expresión. Es una peregrinación al origen y al primitivo ritual en torno a las figuras en su representación, el germen de lo que hoy llamamos arte, el enigma humano.
Isabel Muñoz
Una nueva historia
Museo de Altamira, Cantabria
Espacio 1973
Comisaria: Blanca Berlín
Hasta el 26 de octubre

