Martín Chirino

El escultor de las dudas en espiral.

Martín Chirino: La memoria esculpida. Conversaciones con Antonio Puente, Ed. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2019. 135 páginas.

Por Fernando Castro Flórez.

Tal vez tenía razón Joseph Beuys cuando afirmaba que “la mejor obra del mundo es una buena conversación”. En un momento en el que se reacciona antes de comprender, cuando no se escucha otra cosa que el ruido de la violencia y campa por sus respetos la idiotez (colectiva), recuperar el sosegado intercambio conversacional puede tener la condición de una forma de la resistencia. Al comienzo del libro que recoge las conversaciones de Martín Chirino con Antonio Puente está oportunamente colocada una cita del texto capital que el escultor publicara en el número que Papeles de Son Armadans (la mítica revista dirigida por Camilo José Cela) dedicó a El Paso en 1959: “Nada de lo que digo podrá entender quien no sienta en su piel el viento helado de la angustia. Cuesta dolor, ciertamente, el estar hecho de distinta manera y vivir en el vértigo ante el abismo de lo distinto”. Todo comenzó, para Martín Chirino al borde del mar, tumbado en la playa o admirando la construcción de grandes barcos en el astillero de Las Palmas de Gran Canaria donde trabajaba su padre. Su imaginario fue ajustándose en una pugna material que le permitía reciclar cosas encontradas en la chatarra, elementos abandonados como los que empleó en el temprano homenaje a Miró que realizó en 1953 o aprendiendo de los rejeros de Cuenca, a los que José Ayllón calificó como “firmes, serenos, precisos”, en aquellos años durísimos del franquismo.

Ángel Ferrant dijo que “la naturalidad personal de Martín Chirino se transmitió a sus hierros, en los que no hay nada fingido. Suya y de ellos es la sencillez y la austera serenidad que los caracteriza: la efusiva expansión en que se distinguen”. Conviene recordar la vinculación de Chirino con el Paso, el gran momento del informalismo español, aunque su extraordinaria capacidad para dibujar en el espacio no le lleva hacia una tonalidad nihilista, sino que más bien dibuja un camino en espiral que nos transmite una enigmática esperanza. Martín Chirino recuerda, en La memoria esculpida, que  cuando se instaló en Madrid, comenzó a plantear la escultura como una abstracción que no renuncia a la materia analógica, tan leve como contundente: “Se sucederán –afirma con lucidez-, entonces, el tributo a Julio González y su concepción de la escultura como “dibujo en el espacio”, mi adscripción al “Less is more” (“Menos es más”), la proclama de Mies van der Rohe como enseña de la escuela de la Bauhaus: ocupar el máximo de espacio con la menos materia posible”.

Antonio Puente señala que Martín Chirino, autocalificado como “un estoico apasionado”, estaba entusiasmado con la posibilidad de publicar las conversaciones que mantuvieron desde principio de 2015 hasta mediados del 2018. La memoria esculpida puede considerarse, sin exageración, como el testamento estético de este escultor que moduló de forma poética la espiral, haciendo que el hierro se volviera, literalmente, alado en la prodigiosa serie de los aeróvoros. Chirino tuvo siempre una radical querencia por el pensamiento, algo que quedó completamente claro en su Fundación hermosamente instalada en el Castillo de la Luz de su ciudad natal. Este creador “errante y cosmopolita” que asumió en los años ochenta, cuando ya era considerado un verdadero maestro de la escultura, la difícil tarea de “reflotar” el Círculo de Bellas Artes para embarcarse en la creación del Centro Atlántico de Arte Moderno (inaugurado en 1992 con una excepcional exposición sobre el Surrealismo entre el viejo y el nuevo mundo, comisariada por Juan Manuel Bonet), declaraba, en sintonía con Goethe, que “sin pasión no hay vida” y, ciertamente, toda su obra está atravesada por un viento poético, vale decir por un deseo de trascendencia en el que se fusiona el recuerdo de la raíz (la energía de lo local) y el compromiso cosmopolita (la apertura de horizontes de posibilidades).

Chirino define su obra como “orgánica en sus formas”, siendo más una presencia que un gesto, sin sentirse, como oportunamente ha señalado Dore Ashton, nunca atraído por los ensamblajes. Dominando el hierro, Martín Chirino impone su voluntad que termina por sedimentarse, por ejemplo, en las Herramientas poéticas e inútiles, realizadas entre 1956 y 1957. Chirino señaló, en “La reja y el arado”, que la inspiración está relacionada con las herramientas necesarias y humildes: “Mi escultura se aproxima más a las herramientas en sus orígenes. Está hermanada con el arado o la reja. Mi obra podría tener lo que esos instrumentos tienen de prolongación humana. Unen al hombre a la tierra en una armoniosa y necesaria tarea. Ella también –la escultura- va entrelazada con el espíritu humano en su dimensión más radical, la de los aperos… Están en consonancia con lo útil elevado a rango de símbolo. Los he buscado en el pueblo”. Martín Chirino ha entendido que su trabajo tiene que estar sostenido desde la “pura pasión” y así está totalmente confrontado con la “banalización” contemporánea con una voluntad simbólica manifiesta o, por decirlo de otro modo, con el afán de generar una composición de un cosmos. Una obra seminal, por tanto, con voluntad cósmica, el trabajo de un herrero que emprende una tarea titánica.

Conviene tener presente que la literatura y, especialmente, la poesía siempre fue muy importante para este escultor; admirador de Cocteau, lector de Nietzsche y conocedor de la poesía de John Ashbery, en diálogo, durante algunos años, con Manuel Padorno cuyo primer libro Oí crecer palomas (1955) fue financiado por Chirino e ilustrado por Millares. En el análisis de Jean-Luc Nancy y Philippe Lacoue-Labarthe la poesía tenía que hacerse mitología para resistir a la abstracción para crear sus propias formas de conciencia sensible. Las esculturas de Chirino simbolizan el viento con un tono poético-musical que remite tanto a lo aborigen cuanto dialoga con la modernidad radical y acaso son “útiles” para resistir en un mundo que producía hondos miedos, metamorfoseando la chatarra de la época (esa España pobre y sombría que evoca este artista en el discurso que pronunció en 2011 cuando fue investido doctor honoris causa en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria) en alegorías de una cierta esperanza.

Las lúcidas conversaciones de La memoria escultórica permiten recorrer la totalidad de la vida apasionada de un escultor que comenzó a encontrar su “tono” en el marco del existencialismo informalista, manteniendo siempre una concepción del arte, tal y como le manifestara a Ángel Antonio Rodríguez en un diálogo que se publicó en el catálogo de la exposición que hiciera en el Museo Barjola de Gijón (2007), como vivencia al borde del misterio y del peligro. Subir y bajar, peso y levedad, están unidos en esculturas de enorme intensidad poética, en un ensueño que nos lleva del vuelo al viento, de la expansión horizontal del aeróvoro a la forma en espiral que viene en la mente de Martín Chirino desde una lejana inspiración. “En el año 59 –señala Martín Chirino- hice la primera espiral erguida, después de convivir con las formas espiraliformes durante toda mi infancia, descubriendo el viento en los rincones de mi tierra y en las culturas milenarias. La espiral es una concepción mítica, principio y fin de la vida. He forjado formas en espiral que, lógicamente, se han ido transformando en mi taller y poco a poco, han venido enriqueciendo su significado iniciático. Al principio eran vestigios, elementos de la naturaleza que descubrí en las culturas milenarias. Concepción mítica de principio y fin de la vida para los primeros hombres y mujeres de mis ancestros. La espiral hoy es, o puede ser, una galaxia, una estela, un sentimiento que ha pasado de lo físico a lo espiritual. Un gesto inquietante de origen oscuro, que emerge de la memoria de civilizaciones hoy olvidadas para convertirse en enseña de la antigua patria de estos pueblos y razas”. Juan Eduardo Cirlot, que destacó el “lirismo del gesto” en las obras de Chirino, reconstruye el símbolo de la espiral para concluir que en ella surge el intento por conciliar la rueda de las transformaciones con el centro místico y el motor inmóvil o, al menos, constituye una invitación a esta penetración hacia el interior del universo, esto es, en pos de su intimidad.

Chirino encuentra en la espiral la huella del origen, sintonizando con aquella observación de Bachelard, en La poética del espacio, de que cuando el hombre se adentra en sí mismo yendo hacia el centro de la espiral con frecuencia se torna errabundo y parece que accede a un anómalo “encierro en el exterior”. La espiral remite a las islas canarias en un doble sentido: es motivo iconográfico de la cultura guanche, de las pinturas que se conservan en el Museo Canario, pero es también la consistencia del viento que tensa y comba las plantas, sus ramas, que riza las olas, que estalla contra las rocas. El hierro candente es, también, una materia que suena, sometido en la forja, plegado en una imponente musicalidad; así Chirino, en sus conversaciones con Antonio Puente, declara que “la herramienta danza con tu mano como un instrumento musical sobre la partitura del dibujo; estás ahí haciendo sonar el astil del martillo con mucha intensidad… Cuando se desliza, la música se hace más hermética; se vuelve, de pronto, música atonal”. En el centenario del nacimiento de Martín Chirino, cuando merecidamente se le rinden homenajes con exposiciones (en el Centro Atlántico de Arte Moderno, en el Centro Niemayer de Avilés o en el Círculo de Bellas Artes de Madrid), sigue llegándonos, en toda su belleza, el tono poético de sus obras. Experimentamos la necesidad vital de ese viento en espiral que adquiere una potencia arquetípica en el imaginario de Martín Chirino, una imagen que entrelaza la infancia y el deseo del vuelo, el laberinto de la existencia y la prehistoria canaria, la energía cósmica y la concentración meditativa. De forma oportuna, otra de las citas que abren La memoria esculpida, extraída del ensayo ¿Qué? La Eternidad de Marguerite Yourcenar, nos hace cobrar conciencia de que el trazado de una vida es tan complejo como la imagen de una galaxia: “Si la mirásemos de cerca, nos percataríamos de que esos grupos de acontecimientos, esos encuentros percibidos en un principio como sin relación unos con otros, están unidos entre sí por unas líneas tan tenues que le es difícil al ojo seguirlas y que tan pronto dejan, al parecer, de conducir a alguna parte, como se prolongan más allá de la página”. A través de las páginas de estas conversaciones crepusculares y magistrales percibimos la hermosura de la “galaxia” Chirino, admiramos la vida de un artista que, como declara en el final de este fecundo libro en el que incluso propone un “epitafio”, está “hecho de una pieza, pero también lleno de dudas”. Esculturas en espiral y pensamientos de la máxima honestidad a los que tendremos que volver una y otra vez, sin duda.

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